No: Juan es su nombre - Dios interviene únicamente poniendo novedad -
En el Nacimiento de San Juan Bautista vemos con nuestros propios ojos cómo Dios se abre camino en una historia que conoce el drama de la esterilidad, es decir, el drama de no ver un futuro porque el tiempo de la fecundidad ya ha quedado muy atrás.
Precisamente la historia de Juan sugiere una forma
diferente de afrontar la historia. Algunos pretenderían imponerle el nombre de
su padre, Zacarías, que significa «Dios recuerda», pero Isabel es
tajante: «No, se llamará Juan», que significa «Dios hace gracia».
Solo Dios nos da el verdadero nombre, es decir, nos asigna nuestro lugar y nuestra tarea en la historia, nadie más.
A quienes
pretenden reducir la vida e interpretarla únicamente a partir de las
costumbres, las tradiciones arraigadas o el clan, se les recuerda que nadie es
dueño indiscutible del misterio de una existencia.
La tarea de cada uno de nosotros es ayudar a descubrir
el verdadero nombre - el nuestro y el de quienes nos han sido confiados - que
se nos ha asignado y llevarlo a buen término.
¿Qué nos dice esta diferencia de nombres?
Llamarlo como a su padre significaba interpretar el
presente a partir del pasado. ¡Cuántas veces hay un pasado que se cierne sobre
nosotros y nos condiciona! Del tipo: ¿acaso puedes esperar algo diferente con
premisas semejantes? ¿Cuántas veces se ha dicho y seguimos diciendo “siempre se
ha hecho así” o aquello de “desde siempre…”?
Llamarle con un nombre nuevo, en cambio, sugiere la
conciencia de que la intervención de Dios no queda relegada únicamente a una
historia memorable y gloriosa, sino que sigue actuando: Dios no deja de
intervenir en favor de su pueblo.
El problema, en todo caso, es darse cuenta de ello y
reconocerlo.
Cuando el ángel anuncia el nacimiento de Juan, le
atribuye a este último una tarea muy concreta: la de «convertir el corazón de los
padres hacia los hijos». Habríamos esperado lo contrario. Pero Juan nos recuerda que es el presente el que arroja nueva luz sobre el pasado,
el que da sentido a lo que parecía no tenerlo. Es el aquí y ahora lo que nos
hace comprender que, en verdad, «todo contribuye al bien de quienes aman a
Dios», incluso la vejez de Zacarías y la esterilidad de Isabel.
¿Y si hubiera una forma diferente de interpretar
nuestras limitaciones, lo que a nosotros nos parece, es decir, solo un
obstáculo, un impedimento?
Es la nueva vida que surge ante nuestros ojos la que
nos devuelve la perspectiva adecuada con la que abordar lo que ha sido.
Ponerle el nombre de «Juan» al niño significa confesar que, por mucho que nadie nazca sin bagaje, nadie es esclavo de sus condicionamientos pasados. Ese hijo, ya inesperado, no es el último eslabón de una historia pasada a la que siempre tendrá que estar en deuda, sino el fruto inesperado al que la historia pasada debe mirar, reconociendo que, aun entre mil resistencias, dudas e incredulidad, Dios se abre camino entre los hombres.
Allí donde nosotros estaríamos convencidos de que no
hay solución de continuidad, el Evangelio atestigua que Dios interrumpe un
mecanismo condicionado por un cierto fatalismo: «No hay nadie de tu familia que se
llame así», objetan los parientes y vecinos, como queriendo recordar
que las cosas deben permanecer inalteradas.
Que Dios siga concediendo su gracia significa que
ningún fatalismo puede prevalecer: lo que influye en nosotros no serán solo los
inevitables condicionamientos de un entorno o una cultura, sino, mucho más, los
de la gracia, de la propia obra de Dios. Entre lo que precede a nuestro
nacimiento y lo que le sigue, existe el admirable entrelazamiento entre la
acción de Dios y mi libertad.
Mi existencia no es un libro cerrado cuyo índice ya esté escrito. Si no me aparto de la presencia de Dios en mi vida, las mejores páginas aún están por escribir.
Basta con pensar en el buen ladrón: una
historia inevitablemente marcada por el mal, que conoce un desenlace diferente
gracias al encuentro con la Gracia en el último instante. O cabe pensar en Zaqueo, o en la mujer
sorprendida en adulterio, o…
No estoy llamado a ser lo que alguien ya ha escrito,
sino a convertirme en lo que Dios desea para cada uno de nosotros: «luz de las naciones».
Cada uno está llamado a abrir caminos de novedad allí donde el Señor lo ha
colocado.
Al igual que Juan, nuestra tarea es también preparar
el camino al Señor. No estamos llamados a promocionarnos a nosotros mismos,
sino a hacer que otros puedan saborear la alegría de conocer al Señor.
«Él debe
crecer, yo disminuir»: que no nos
asuste, por tanto, todo aquello que parezca rebajar nuestras pretensiones y
expectativas.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
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