¿Y si ésta es la política que tenemos porque es la que nos merecemos?
Predicar el Evangelio son palabras. Dar testimonio del Evangelio son hechos.
Es otra manera de decir que la luz de la verdad solo
resplandece en los hechos, no en las palabras.
O, para los latinistas, «Res non verba».
A estas alturas uno sigue creyendo que la primera
regla del buen político es «servir, no servirse».
Con ese fin, la razón moral nunca debería ser obviada,
mucho menos pisoteada, por la razón política ni por la razón económica. Si
estas dos razones la obvian, o la pisotean, tarde o temprano se revelan
carentes de razón, es decir, carentes de racionalidad. Y carentes de moralidad porque
demuestran no ser razonables.
Esto no es una teoría abstracta o utópica, sino un
hecho confirmado por la Historia, que ha visto a tantos Ícaro elevarse cada vez
más alto para luego precipitarse.
¿Cuántos líderes políticos han creído que la regla
maquiavélica del fin que justifica los medios (carentes de racionalidad y, por
tanto, de moralidad) podría funcionar...?
También a estas alturas uno quiere creer que al mundo
político le corresponde la tarea de no separar las decisiones morales de las
decisiones de gobierno, de actuar siguiendo la «recta razón», es decir,
actuando con racionalidad.
Una de las verdaderas fuentes de los problemas para
los gobernantes y los gobernados siempre ha sido esta separación.
Los ideales de justicia social y de libertad responsable no se han alcanzado ni se alcanzarán jamás con la receta de Maquiavelo.
Para Maquiavelo la virtud del político no era moral en
el sentido cristiano del término, sino la capacidad de adaptarse a la suerte,
al azar, a las circunstancias y a los vaivenes de los acontecimientos.
Hoy en día, esa tensión no ha desaparecido, sino que
simplemente se ha trasladado a otros ámbitos.
La suerte en la que actúa el político se ha vuelto
cada vez más cambiante y está cada vez más ligada a un contexto de continuas
interferencias de todo tipo.
Con el desarrollo tecnológico y la era digital, el
político debe luchar hoy también en otro frente, el mediático, captando la
atención en un ecosistema saturado donde una publicación en X suele valer más
que un discurso parlamentario y donde la simplificación no es una elección
retórica, sino una condición para la supervivencia comunicativa.
La visibilidad se ha convertido en un componente
esencial de la virtud maquiavélica, pero no el único.
Por último, precisamente porque el ruido mediático
está por todas partes, resurge con renovada fuerza la cuestión de la sustancia:
los ciudadanos, a menudo más escépticos de lo que se cree, siguen buscando en
sus representantes algo que vaya más allá de la forma.
La capacidad de interpretar la realidad, de explicar
decisiones difíciles sin esconderse tras eslóganes, sigue siendo un recurso
político valioso y, tal vez, hoy en día, también escaso.
Pero es innegable que explicar la complejidad y
obtener consenso son dos operaciones que rara vez coinciden.
Quienes gobiernan saben que las decisiones difíciles
—como una subida de impuestos, una reforma de las pensiones, una medida
impopular pero necesaria, o la independencia estratégica en materia de energía—
requieren tiempo, argumentación y, sobre todo, confianza institucional.
Pero el tiempo, en la era de las redes sociales, es un
recurso agotado.
El resultado es una política cada vez más acrobática:
se dice una cosa en el Parlamento y se comunica otra en Instagram; se gobierna
con complejidad y se gana con eslóganes.
En este espacio se insinúa el riesgo más antiguo de la
política: el del egocentrismo del líder.
Cuando el consenso se convierte en un fin en sí mismo,
cuando la comunicación prevalece sobre el fondo, la frontera entre el interés
público y el narcisismo personal acaba difuminándose peligrosamente.
No es un vicio nuevo, pero hoy se ve amplificado por
algoritmos que priman la emoción sobre la razón, la provocación sobre el
análisis, y así es como el político corre el riesgo de convertirse en
prisionero de su propio personaje.
No, no soy especialmente optimista.
En la era de
TikTok y de la creciente polarización, la tentación de hacer malabarismos no
está ausente. Por ejemplo las campañas de referéndum demuestran hasta qué punto
la simplificación emocional puede prevalecer sobre la argumentación racional.
La pregunta, pues, sigue abierta: ¿son capaces los políticos de hoy
en día de conciliar la virtud maquiavélica con la responsabilidad pública?
La respuesta depende también de nosotros, los
ciudadanos.
Porque al final tendremos el gobierno político que
queramos. ¿O no será que tendremos aquel gobierno político que merezcamos?
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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