jueves, 23 de julio de 2026

Contemplación - San Mateo 14, 13-21 -.

Contemplación - San Mateo 14, 13-21 - 

En aquel tiempo, al enterarse de la muerte de Juan el Bautista, Jesús se marchó de allí en una barca y se retiró a un lugar desierto, apartado de todos. 

Muere Juan el Bautista y Jesús se retira, deja espacio al silencio y a la soledad. No aprovecha el momento para imponer una idea de Dios, no finge que la muerte no tenga un efecto devastador sobre la vida. La muerte es la vida que se retira, es la marea baja que deja al descubierto, como heridas expuestas, todos los escombros depositados en el fondo y cubiertos por las costumbres y los hábitos. La muerte revela. 

Y Jesús se deja conmover por la muerte. No finge que no pasa nada. No ofrece respuestas fáciles. 

Y cómo desearía que callaran para siempre ciertas simplificaciones sobre la muerte, ciertos consejos estúpidos sobre cómo vivir el duelo. Cierta predicación poco evangélica que menosprecia el dolor. 

Jesús, ante la muerte del profeta, se retira a un lugar desierto y apartado. Hay que dejar que quien sufre se dirija a esos mismos desiertos y hay que dejar que elija el tiempo de descanso. 

Que la comunidad cristiana vaya en la misma dirección, si así lo desea, pero que lo haga en silencio y con discreción, como quien se retira. 

Pero las multitudes, al enterarse, lo siguieron a pie desde las ciudades. Al bajar de la barca, vio una gran multitud, sintió compasión por ellos y curó a sus enfermos. 

Las multitudes se sienten atraídas por la verdad, por las personas auténticas. Y a las personas auténticas estamos dispuestos a entregarnos, a desvelar incluso la parte más enferma y frágil de nosotros mismos. 

Jesús no ofrece respuestas fáciles, pero desde ese desierto en el que habita, desde ese «apartado» de dolor y miedo, desde ese silencio desde el que contemplar la violenta caída de otro profeta más a manos del poder, desde ese espacio recóndito de soledad desde donde ya puede vislumbrar también su propio final… mezclado con lágrimas y silencios puede dar a luz el único sentimiento capaz de hacer frente a la fragilidad y a la muerte: la compasión. Sin compasión no deberíamos tener derecho a hablar. 

Al caer la tarde, se le acercaron los discípulos y le dijeron: «Este lugar está desierto y ya es tarde; despide a la multitud para que vayan a los pueblos a comprarse algo de comer». Pero Jesús les dijo: «No hace falta que vayan; dadles vosotros mismos de comer». Le respondieron: «¡Aquí no tenemos más que cinco panes y dos peces!». Y él les dijo: «Traédmelos aquí». 

Como si se avergonzaran. Como si ya hubieran dejado de servirlos. Como si se hubiera alcanzado el límite máximo de tolerancia. Como si los discípulos, los sacerdotes y los voluntarios eclesiales fueran algo distinto de esa humanidad rechazada y enferma. 

He aquí el error mortal, el pecado que está en el origen de todo fracaso pastoral: considerarse distintos de la multitud. Si nuestras fraternidades eclesiales siguen imperturbables fingiendo ser lugares para discípulos llamados a ocuparse únicamente del pueblo, seguiremos siendo traidores al Evangelio. 

Mientras las comunidades eclesiales multipliquen los proyectos pastorales para responder a las exigencias del mundo, no seremos más que patéticos funcionarios de lo religioso. 

El día en que tengamos el valor de mostrar la llaga de nuestra enfermedad, el día en que nos mostremos vulnerables y necesitados (¡pero seguimos negando lo evidente!), en ese momento seremos libres y auténticos, una multitud frágil y amada. 

Y, tras ordenar a la multitud que se sentara en la hierba, tomó los cinco panes y los dos peces, alzó los ojos al cielo, pronunció la bendición, partió los panes y se los dio a los discípulos, y los discípulos a la multitud. 

Sentaos en este prado, en esta hierba que huele a vida, no temáis al atardecer, nunca será definitivo. Esto es lo que parece querer decir Jesús. Aprender a sentarse en nuestros propios atardeceres, aprender a morir. 

Y luego tomar los panes y los peces, pero después de haberlos pedido, es decir, sin pretensiones, aprender a aceptar lo que somos, a sentir que lo poco que tenemos es un reflejo de lo Infinito. 

Y si no está claro… entonces basta con levantar los ojos al cielo. Y aprender el arte de la bendición, de hablar bien. Conseguir tener tanto cielo en los ojos como para hablar bien de la vida al atardecer. Y partir, abrirse como una semilla. Dar a luz vida. 

Todos comieron hasta saciarse, y se llevaron los restos: doce cestas llenas. Los que habían comido eran unos cinco mil hombres, sin contar a las mujeres y a los niños. 

Yo habría dejado las doce cestas llenas en aquel desierto, apartadas. En recuerdo. Y les habría dicho a los discípulos que volvieran a menudo a contemplar esos doce llenos de sobras. Doce vacíos llenos solo de pan sobrante. 

Solo se avanza si se acepta ser un resto. Solo se avanza si uno se vacía, si se convierte en una cesta hambrienta. Si uno se siente parte de la gran multitud. Sentados sobre ese mar de hierba. Hambrientos y necesitados de vida. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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