viernes, 25 de septiembre de 2026

¿Una necesaria llamada de atención? - San Mateo 21, 28-32 -.

¿Una necesaria llamada de atención? - San Mateo 21, 28-32 -

A menudo nos asalta la tentación de trazar una línea divisoria clara para distinguir, basándonos en criterios que nosotros mismos establecemos, lo que está dentro y lo que está fuera, el sí y el no, quién está de nuestro lado y quién no.

 

El Evangelio, sin embargo, nos advierte contra una actitud así, señalándonos como criterio para determinar una posible pertenencia no una profesión de fe ostentosa ni una frecuentación inveterada de lugares sagrados, sino la capacidad de hacer lo que le importa a Dios.

 

Es la capacidad de compartir los sentimientos del Señor Jesús el criterio para determinar si cumplimos o no la voluntad del Padre.

 

¿Qué amo? ¿Qué busco? ¿Qué deseo? ¿Qué me importa de verdad? ¿Qué sentido puede tener un culto impecable cuando en nuestras relaciones impera la injusticia? ¿De qué sirve llevar una cruz al cuello si esta no influye en nuestras decisiones?

 

Todos corremos el riesgo de vivir un cristianismo de habituación y, por tanto, de desinterés. La fe reducida a una tradición: como si bastara con tener en casa los símbolos de la fe (la cruz, las imágenes de los santos) sin tener un corazón que ame, que acoja.

 

Nos quejamos de que las nuevas generaciones han marcado una especie de ruptura con las expresiones de la vida cristiana, pero ¿nos hemos preguntado alguna vez si hemos transmitido, con nuestro estilo de vida, la belleza de ser creyentes?

 

Es el riesgo que corremos los que hemos nacido en un país cristiano: seguimos utilizando un lenguaje que, a primera vista, parece identificarnos como creyentes, mientras hacemos nuestro un estilo de vida que no tiene nada que ver con lo que más resuena en nuestros labios.

 

Las palabras, de hecho, siempre resultan ambiguas. Las palabras cautivan, pero siempre son frágiles y pueden ser desenmascaradas.

 

Nuestro riesgo es construirnos un sistema de vida impermeable al Evangelio: seguimos teniendo a Dios en los labios, pero nuestro corazón está lejos de él. Discutimos sobre muchas cosas de la Iglesia, pero siempre dando por sentado que nuestra forma de pensar es la correcta y que nuestras decisiones son las mejores.

 

Jesús tenía ante sí a personas que, en nombre de un cargo - príncipes de los sacerdotes y ancianos del pueblo -, parecían defender las prerrogativas de Dios y, precisamente en nombre de ello, rechazaban la posibilidad de abrirse a algo nuevo que Dios mismo les ofrecía.

 

Les gustaría ser ellos quienes establecieran a través de qué vías se le permite a Dios hablar al corazón del hombre.


Y ante esto, Jesús descubre con asombro que precisamente quienes estaban marcados a simple vista - publicanos y prostitutas - logran dar el salto que las personas religiosas son incapaces de dar, aferradas como están a sus convicciones.

 

No hay nada peor que anclar la propia existencia al clavo de las propias certezas y principios sin vivir el contenido de esos valores.

 

¡Cuidado con esa presunción que no nos permite mirarnos de forma realista y llamar a las cosas por su nombre!

 

A veces estamos convencidos de que la disposición al cambio es consecuencia de la magnitud de los acontecimientos a los que nos enfrentamos.

 

Pero el Evangelio nos atestigua que, si esa disposición no existe de antemano, podrías tener ante ti incluso a Jesucristo y nada se conmovería en tu interior. Es tu disposición a dejarte interpelar por los acontecimientos lo que marca la diferencia.

 

Pero allí donde esta disposición se ha endurecido, ningún acontecimiento por sí solo puede hacer nada.

 

Podemos recordar la parábola del rico Epulón y del pobre Lázaro. Jesús le dirá al rico que hubiera querido avisar a sus seres queridos que aún seguían con vida: ni siquiera si alguien resucitara de entre los muertos se convencerían.

 

Seguramente habrá que aprender a cuestionarse a uno mismo. Siempre. Sin dar nunca nada por sentado. Ni el sí ni el no.

 

Porque vivimos en la medida en que somos capaces de contradecirnos a nosotros mismos y de cambiar de opinión, de arrepentirnos, de conmovernos y de avergonzarnos cada vez que nos dejamos alcanzar por la palabra del Evangelio.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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