¿Una necesaria llamada de atención? - San Mateo 21, 28-32 -
A menudo nos asalta la tentación de trazar una línea divisoria clara para distinguir, basándonos en criterios que nosotros mismos establecemos, lo que está dentro y lo que está fuera, el sí y el no, quién está de nuestro lado y quién no.
El Evangelio, sin embargo, nos advierte contra una
actitud así, señalándonos como criterio para determinar una posible pertenencia
no una profesión de fe ostentosa ni una frecuentación inveterada de lugares
sagrados, sino la capacidad de hacer lo que le importa a Dios.
Es la capacidad de compartir los sentimientos del Señor Jesús el criterio para determinar
si cumplimos o no la voluntad del Padre.
¿Qué amo? ¿Qué busco? ¿Qué deseo? ¿Qué me importa de
verdad? ¿Qué sentido puede tener un culto impecable cuando en nuestras relaciones
impera la injusticia? ¿De qué sirve llevar una cruz al cuello si esta no
influye en nuestras decisiones?
Todos corremos el riesgo de vivir un cristianismo de
habituación y, por tanto, de desinterés. La fe reducida a una tradición: como
si bastara con tener en casa los símbolos de la fe (la cruz, las imágenes de
los santos) sin tener un corazón que ame, que acoja.
Nos quejamos de que las nuevas generaciones han
marcado una especie de ruptura con las expresiones de la vida cristiana, pero ¿nos
hemos preguntado alguna vez si hemos transmitido, con nuestro estilo de vida,
la belleza de ser creyentes?
Es el riesgo que corremos los que hemos nacido en un
país cristiano: seguimos utilizando un lenguaje que, a primera vista, parece
identificarnos como creyentes, mientras hacemos nuestro un estilo de vida que
no tiene nada que ver con lo que más resuena en nuestros labios.
Las palabras, de hecho, siempre resultan ambiguas. Las
palabras cautivan, pero siempre son frágiles y pueden ser desenmascaradas.
Nuestro riesgo es construirnos un sistema de vida
impermeable al Evangelio: seguimos teniendo a Dios en los labios, pero nuestro
corazón está lejos de él. Discutimos sobre muchas cosas de la Iglesia, pero
siempre dando por sentado que nuestra forma de pensar es la correcta y que
nuestras decisiones son las mejores.
Jesús tenía ante sí a personas que, en nombre de un
cargo - príncipes de los sacerdotes y
ancianos del pueblo -,
parecían defender las prerrogativas de Dios y, precisamente en nombre de ello,
rechazaban la posibilidad de abrirse a algo nuevo que Dios mismo les ofrecía.
Les gustaría ser ellos quienes establecieran a través
de qué vías se le permite a Dios hablar al corazón del hombre.
Y ante esto, Jesús descubre con asombro que precisamente quienes estaban marcados a simple vista - publicanos y prostitutas - logran dar el salto que las personas religiosas son incapaces de dar, aferradas como están a sus convicciones.
No hay nada peor que anclar la propia existencia al
clavo de las propias certezas y principios sin vivir el contenido de esos
valores.
¡Cuidado con esa presunción que no nos permite
mirarnos de forma realista y llamar a las cosas por su nombre!
A veces estamos convencidos de que la disposición al
cambio es consecuencia de la magnitud de los acontecimientos a los que nos
enfrentamos.
Pero el Evangelio nos atestigua que, si esa
disposición no existe de antemano, podrías tener ante ti incluso a Jesucristo y
nada se conmovería en tu interior. Es tu disposición a dejarte interpelar por
los acontecimientos lo que marca la diferencia.
Pero allí donde esta disposición se ha endurecido,
ningún acontecimiento por sí solo puede hacer nada.
Podemos recordar la parábola del rico Epulón y del
pobre Lázaro. Jesús le dirá al rico que hubiera querido avisar a sus seres
queridos que aún seguían con vida: ni
siquiera si alguien resucitara de entre los muertos se convencerían.
Seguramente habrá que aprender a cuestionarse a uno
mismo. Siempre. Sin dar nunca nada por sentado. Ni el sí ni el no.
Porque vivimos en la medida en que somos capaces de
contradecirnos a nosotros mismos y de cambiar de opinión, de arrepentirnos, de
conmovernos y de avergonzarnos cada vez que nos dejamos alcanzar por la palabra
del Evangelio.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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