Un rostro que reconocer y una historia que acoger
A estas alturas uno ya ha comenzado a aprender que, desde siempre, no es el pan el que va hacia los pobres, sino que son los pobres los que acuden hacia el pan; desde siempre, cuando los hombres tienen la esperanza de encontrar una vida mejor en otro lugar, están dispuestos a arriesgarse a la aventura de la migración, incluso a un coste humano altísimo.
Son el sufrimiento, la miseria, las hambrunas, los
conflictos internacionales, las luchas étnicas, la inseguridad y la violencia
los que acentúan periódicamente la presión hacia la emigración.
En realidad, los occidentales somos corresponsables de
estas tragedias, de estos éxodos que a menudo terminan para muchos hombres y
mujeres ahogados en el Mediterráneo: responsables tanto de forma directa como
indirecta.
Basta con pensar en la distribución de la riqueza y
los bienes en el planeta, o en las políticas económicas internacionales.
Al menos deberíamos tener el valor de pedir perdón por
aquellos de entre nosotros, los europeos, que llegan a mostrarse irreverentes
ante estas tragedias que se repiten cada día, y que llegan incluso al escarnio
y al sarcasmo, como escuchamos a diario en los medios de comunicación de boca
de figuras públicas.
Lo primero que debemos asumir es que la presencia de
los extranjeros nos despierta temores y miedos, porque el extranjero es
verdadera y radicalmente «otro» respecto a mí, porque estaba
lejos y ahora está cerca, porque era un desconocido y ahora lo tengo a mi lado.
Pero hay que tener en cuenta no solo «mi» miedo, el miedo de quien acoge, sino también, y quizás sobre todo, «su» miedo, el miedo de quien llega a un mundo ajeno, donde no se siente como en casa, un mundo del que sabe poco o nada, un mundo que no le ofrece ninguna protección y en el que no sabe cómo desenvolverse.
Este importante fenómeno migratorio crea un terreno
resbaladizo en el que predominan dos miedos enfrentados.
Y no basta con invocar elementos ideológicos,
principios religiosos o éticos para exorcizar el miedo.
El miedo no debe ser objeto de burla ni minimizarse,
ni sublimarse con discursos demasiado teóricos, sino que debe tomarse en serio,
afrontarse, racionalizarse: solo así podremos comprenderlo y vencerlo. Hay que
abordarlo como una toma de conciencia de la distancia, de la diversidad, de la
ignorancia y, por tanto, de la falta de fiabilidad. El miedo al otro es una
sensación paralizante que hay que superar no reprimiéndola, sino asumiéndola.
Negar la existencia del miedo conlleva dos riesgos: la
absolutización del otro o, por el contrario, la absolutización de la propia
identidad.
En ambos casos se olvida que la identidad (entendida a
varios niveles: personal, comunitario, social) siempre se ha forjado
históricamente en el encuentro y se renueva a diario en el encuentro, en el
diálogo, en la relación con los demás, con los diferentes, con los extranjeros.
De hecho, la identidad no es estática, sino dinámica,
en constante evolución, plural, y es una ilusión pensar que la identidad es
monolítica, porque es un tejido formado por muchos hilos y muchos colores.
Cuando el fantasma de la identidad lleva a reducir las relaciones sociales a la materialidad del dato étnico, a la homogeneidad de la sangre o de la religión practicada, entonces se llega inevitablemente a formas de política, de cultura y de sentimientos intolerantes.
Son caminos estériles que tienden a la exclusión del
otro y siempre desembocan en un autismo social, en el que se vive un
autoaislamiento que se supone dorado, pero que en realidad se traduce en un
sistema cerrado, en un espacio asfixiante en el que solo puede avanzar la
barbarie.
¿Por qué el hombre está llamado a acoger al otro
hombre?
Porque el ser humano es un ser relacional; porque no
hay un hombre sin los demás hombres, y cada hombre forma parte de la humanidad,
forma parte de una realidad en la que están los demás. Y el ser humano es, en
sí mismo, relación: basta con pensar en las tres formas fundamentales de
relación, que permiten al hombre construir su propia identidad y vivir:
- la
relación consigo mismo, con su íntimo, es decir, la vida interior;
- la
relación con quienes comparten su vida cotidiana: la familia, los parientes,
los amigos, los vecinos;
- la
relación con todos los demás, aquellos con quienes se cruza en su camino, los
que están lejos, la sociedad, el mundo;
- por
último, para los creyentes, la relación con Dios, la alteridad de las
alteridades.
En primer lugar, hay que reconocer al otro en su singularidad específica, reconocer su dignidad como persona, el valor único e irrepetible de su vida, su libertad, su diferencia: es un hombre, una mujer, un niño, un anciano, un creyente, un no creyente, etc.
Si existe esta actitud preliminar, entonces llega el
momento de vivir la aventura de la escucha. Y nunca se repetirá lo suficiente,
pero la escucha no es un momento pasivo de la comunicación, no es solo apertura
hacia el otro, sino que es un acto creativo destinado a establecer una «con-fianza»,
una confianza mutua entre el anfitrión y el extranjero.
La escucha es un «sí» radical a la existencia del otro
como tal; en la escucha, las respectivas diferencias se entremezclan, pierden
su carácter absoluto, y lo que son límites para el encuentro pueden convertirse
en recursos para el propio encuentro.
Escuchar a un forastero no equivale, por tanto, a
informarse sobre él, sino que significa abrirse a una presencia, abrirse al
relato que él hace de sí mismo, abrirse a la humanidad compartida
Al escuchar al otro, hay que renunciar a los
prejuicios que nos habitan.
Es inútil negarlo: estamos habitados por prejuicios
heredados del pasado y que son consecuencia de la memoria colectiva. Se trata,
por tanto, de suspender las imágenes que tenemos de nosotros mismos y del
extranjero, y de reflexionar críticamente sobre los condicionamientos
culturales, psicológicos y religiosos a los que estamos sometidos.
Y cuando se suspende el juicio, surge lo esencial para
mirar al otro con ojos nuevos (sym-pátheia), con un sentir juntos.
La escucha requiere una actitud que se alimente de una observación
participativa, que acepte incluso no entender al otro, porque acoger no es lo
mismo que comprender.
Cada uno debe comprometerse con humildad a confrontarse y a acoger la verdad que siempre precede y trasciende a todos: es precisamente este camino compartido hacia la verdad el que puede dar sentido a nuestra vida. Es en este camino común donde podrá manifestarse la humanidad que hay en nosotros: la humanidad compartida.
Cuando se produce la escucha recíproca en el
reconocimiento mutuo, es entonces cuando podemos hablar de diálogo. Es el
diálogo el que permite pasar a compartir los valores del otro, no para hacerlos
propios, sino para comprenderlos. Dialogar no es anular las diferencias y
aceptar solo las convergencias, sino dar vida a las diferencias al mismo nivel
que a las convergencias: el diálogo no tiene como fin el consenso, sino una
acogida recíproca, un avanzar juntos, una comprensión mutua.
Así, en el diálogo se abren caminos inexplorados de
conocimiento mutuo. Dia-lógos: palabra que se deja atravesar por otra palabra; es
un camino de conversión y de comunión; la única vía eficaz contra la violencia
que siempre surge de espacios donde está ausente el intercambio de palabras.
Emmanuel Lévinas escribía: «Yo soy en la medida en que soy
responsable del otro». Esto es lo que estamos llamados a vivir en la
escucha, en el encuentro y en el diálogo con los demás, con todos los demás,
incluso con el extranjero.
Encontrarse con el otro significa asumir la
responsabilidad hacia él sin esperar reciprocidad.
La responsabilidad hacia el otro se manifiesta como
una relación asimétrica en la que no se exige reciprocidad, una relación
desinteresada y gratuita. Así, la experiencia del encuentro con el otro se
convierte en epifanía de la humanitas, manifestación de la humanidad
compartida y, para quien cree, encuentro con Dios.
Seguramente para abordar los problemas relacionados con la acogida del extranjero se necesita creatividad y audacia para recorrer los caminos de la escucha, el diálogo y la convivencia entre personas diferentes; se necesita discernimiento ante una realidad extremadamente compleja como la de la globalización.
Pero el discernimiento fundamental que un cristiano
debe llevar a cabo es el de reconocer en el rostro del otro la presencia de
Cristo: la exigencia evangélica de acercarse a quien sufre, el ejemplo de la
comunidad primitiva de Jerusalén, en la que no había nadie necesitado porque
todo se ponía en común… siguen siendo, de hecho, para el cristiano, llamadas
constantes —y nunca plenamente satisfechas— a hacer que su conducta sea digna
de un auténtico discípulo del Señor Jesús.
El cristiano sabe que también será juzgado por la
relación que mantiene con el extranjero, porque Jesús profetizó: «¡Venid,
benditos, porque era forastero y me acogisteis!».
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF



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