jueves, 23 de julio de 2026

Hacer memoria de los gestos de Jesús - San Mateo 14, 13-21 -.

Hacer memoria de los gestos de Jesús - San Mateo 14, 13-21 - 

La vida de Jesús está estrechamente ligada a la de aquel que fue su maestro, Juan el Bautista, a quien Él definió como «el más grande de los nacidos de mujer» (Mt 11,11). Jesús inició su ministerio público inmediatamente después de que Juan fuera detenido (cf. Mt 4,12), casi como para recoger su testigo. 

Ahora, al recibir la noticia de la muerte violenta de Juan, siente la necesidad de retirarse a un lugar apartado y se dirige en barca a un lugar desierto. No se trata de una huida, sino de una pausa necesaria para meditar sobre ese acontecimiento en soledad y llegar a discernir su significado ante Dios. 

Pero las urgencias de la vida vuelven a aparecer muy pronto en el horizonte de Jesús. Las numerosas multitudes, al enterarse de su partida, lo siguen a pie, bordeando el lago de Galilea: su deseo de estar con Él parece no admitir demoras… 

Jesús no tarda en salir a su encuentro, tal vez sintiendo aún más la responsabilidad hacia estas personas, dado el vacío que ha dejado Juan. Como ya le había sucedido antes, al ver a las multitudes se conmueve de compasión y se ocupa de manera especial de los enfermos. 

La necesidad de estas «ovejas sin pastor» (Mt 9,36) lleva a Jesús a actuar concretamente en su favor: una vez más se comporta como «hombre para los demás», haciendo todo lo que está en su mano para dar paz y consuelo a los que están cansados y oprimidos (cf. Mt 11,28). 

Al caer la tarde, los discípulos le piden a Jesús que despida a las multitudes para que, una vez abandonado aquel lugar desierto, se dirijan a los pueblos cercanos a comprarse algo de comer. 

Jesús, sin embargo, los toma por sorpresa y los invita a cambiar su perspectiva, respondiendo: «No hace falta que se vayan». Los discípulos ya deberían saber que la comunión con Jesús es fuente de vida abundante, que escucharle significa comer cosas buenas, según las palabras del profeta (cf. Is 55,3). Si, pues, se adhirieran a Él con plena confianza, podrían compartir lo que tienen y hacer lo que Él les pide: «Dadles vosotros de comer». 

Pero la reacción de los discípulos —aparentemente dictada por el sentido común: «Solo tenemos cinco panes y dos peces»— muestra en realidad su incomprensión, cuyo verdadero nombre es «poca fe», esa enfermedad del corazón que Jesús les ha reprochado en repetidas ocasiones (cf. Mt 8,26; 14,31; 16,8; 17,20)… 

Entonces es el propio Señor quien toma la iniciativa, ordenando a los discípulos que traigan los pocos panes y peces disponibles y a la multitud que se siente en la hierba. Asumiendo el sentir de Dios, el Pastor misericordioso del que se canta en el salmo 23, Jesús está a punto de renovar el banquete pascual que vivió Israel en el desierto (cf. Éx 12-13), está a punto de preparar el banquete mesiánico profetizado por David (cf. 2 Sam 6,19). 

Y esta recapitulación de la historia de la salvación se lleva a cabo a través de gestos sencillos y cotidianos, que conocemos bien: «Tomó los cinco panes y los dos peces y, alzando los ojos al cielo, pronunció la bendición, partió los panes y se los dio a los discípulos, y los discípulos los repartieron entre la multitud». 

Son los mismos gestos que realizó Jesús en la Última Cena (cf. Mt 26,26), esos gestos ante los cuales los dos discípulos que se dirigían a Emaús lo reconocerán como el Resucitado (cf. Lc 24,30-31), esos gestos que repetimos en el corazón de cada celebración eucarística: son la síntesis de toda la vida de Jesús, entregada hasta la muerte por amor a los hombres. 

He aquí la gran realidad que encierra este signo del reparto de los panes y los peces: así como Jesús entregó su vida por los hombres, así también cada cristiano, su discípulo, debe entregar su vida por los hermanos… 

«Todos comieron y se saciaron; y se llevaron doce cestas», tantas como las tribus de Israel, «llenas de los restos». El don de Jesús es sobreabundante; Él es el profeta que realiza signos mucho más grandes que los de Eliseo (cf. 2 Re 4,42-44); es el Mesías prometido a Israel y a toda la humanidad, tal y como se manifestará en la otra multiplicación de los panes, que Él mismo realizó en los confines del territorio pagano (cf. Mt 15,32-39). 

Y, sobre todo, Jesús se revela cada vez más como el Mesías «manso y humilde de corazón» (Mt 11,29): es Él, que aunque es más joven que Juan por haber nacido después que Él, el más grande en el Reino de los Cielos (cf. Mt 11,11); es Él quien cuida de nosotros, dándonos su vida y pidiéndonos que adoptemos su forma de sentir. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

 

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