La compasión como una nueva inteligencia - San Mateo 14, 13-21 -
El relato comienza con la mención de que Jesús se marcha en una barca y se retira a un lugar apartado, desierto, tras enterarse de la muerte de Juan el Bautista (cf. Mt 14,13).
Al igual que se había retirado tras enterarse de la detención de Juan (Mt 4,12), ahora, al enterarse de su ejecución capital, se retira de forma análoga, se recluye.
La relación de Jesús con Juan es profunda incluso a distancia. Es como si la presencia de Juan habitara en Jesús: la noticia de su muerte provoca en Él un eco profundo, una resonancia sin duda de carácter afectivo, pero no solo eso.
Inmerso en el Jordán por Juan, Jesús fue su discípulo, y su encuentro fue un acontecimiento espiritual en el que cada uno reconoció la vocación del otro y ambos se obedecieron mutuamente con el fin de cumplir la voluntad del Padre (cf. Mt 3,13-17).
Ahora, tras la muerte de Juan, Jesús busca la soledad para tomar distancia del acontecimiento de la ejecución del Bautista y poder así asumir su propia responsabilidad ante el vacío que ha dejado Juan. Es como si la muerte de Juan se convirtiera en un mensaje para Él, un paso del testigo.
Cuando, al ver a las multitudes que le habían seguido —alejándole de hecho de la soledad que buscaba—, Jesús renuncie a su propósito de retiro para ocuparse de ellas, lo hará también adoptando una actitud pastoral hacia unas personas que, como especifica Marcos en su relato evangélico, «eran como ovejas sin pastor» (Mc 6,34) porque se habían quedado huérfanas del Bautista.
En cualquier caso, ésta es la expresión de esa búsqueda de soledad y retiro que caracterizó la vida de Jesús (Mt 14,23; Mc 1,35.45; 6,31; Lc 5,16; Jn 11,54). Jesús no huye ante el vacío que supone el duelo por la pérdida de su amigo y maestro, no se aturde, sino que, buscando la soledad, intenta dar sentido a esa pérdida. Jesús cultiva el vacío de la muerte de Juan y, de este modo, esa muerte se convierte en generadora y productora de vida.
No es casualidad que el relato evangélico, que comienza con la noticia de la muerte de Juan, concluya con el acto mediante el cual Jesús da vida a las multitudes curando a los enfermos y alimentándolos.
Y así como Jesús asimiló la muerte de Juan convirtiéndola en un acto de responsabilidad que le comprometió ante las multitudes, del mismo modo impulsará a sus discípulos a asumir una responsabilidad análoga ante la gente hambrienta diciéndoles: «Dadles vosotros de comer» (Mt 14,16).
Se difunde la noticia de que Jesús se ha marchado a un lugar solitario y las multitudes, a pie, siguen a Jesús, quien, en cambio, se ha trasladado en una barca. Nos encontramos, pues, en los alrededores del lago de Tiberíades.
El «seguimiento» que las multitudes hacen de Jesús, en este caso, contradice la intención de Jesús. Y la contradicción se manifiesta en toda su «violencia» cuando, al final del relato, nos enteramos de que aquellas multitudes estaban formadas por miles de personas (Mt 15,21).
Jesús no busca a las multitudes; es más, a veces desalienta a las multitudes numerosas que lo buscan y les advierte (cf. Lc 14,25). Jesús ciertamente no se deja cautivar por el gran número de oyentes, pero tampoco se sustrae a su clamor, a su necesidad, a su sed.
De hecho, cuando baja de la barca, «siente compasión» por ellos y acepta «cambiar de planes», mostrando flexibilidad y capacidad para percibir, en la multitud que le distrae de su propósito de soledad y silencio, una llamada a la que hay que escuchar y a la que hay que obedecer.
La soledad y el retiro son una necesidad para Jesús, pero no es tan rígido como para convertir sus propios proyectos —por muy justos y justificados que sean— en una barrera que le impida escuchar las necesidades de los demás.
Y, por amor, hace una excepción a su proyecto de retiro. Es más, al sentir compasión —es decir, al sentirse conmovido en lo más profundo al ver a las multitudes que lo buscan suplicando su presencia—, también siente su sufrimiento, entra en contacto con su carencia y, al tiempo que cuida de ellos y les hace el bien, sin duda también se hace bien a sí mismo.
Afligido por la muerte de Juan, Jesús se muestra especialmente dispuesto y abierto a sentir el sufrimiento de las multitudes, su necesidad, y a actuar en consecuencia.
No hay ningún atisbo de fastidio ni de rebelión ante las numerosas multitudes, sino la aceptación de la realidad para convertir esa contradicción en una ocasión de vivir la obediencia a Dios.
También en otros pasajes, Mateo relata la compasión de Jesús por las multitudes (por ejemplo, en Mt 9,36) y este profundo movimiento del alma no debe reducirse a un simple sentimiento, a una mera conmoción interior, sino que debe entenderse también en su dimensión cognitiva.
La compasión es también inteligencia del otro. Una inteligencia que implica, como mínimo, un juicio que percibe la grave situación de necesidad del otro y una valoración de inocencia, por la que el otro no tiene culpa de la penosa situación en la que se encuentra.
Por último, la compasión implica la acción, el intervenir en favor del otro. Y Jesús, dice Mateo, cura a los enfermos (Mt 14,14). No se dice realmente que los cura, sino que los atiende, y atender significa ante todo «servir» y «honrar» a una persona, preocuparse por ella, asumir la responsabilidad sobre su persona, cuidar de ella. Y así transcurre el día y llega la noche (Mt 14,15).
Entran ahora en escena los discípulos, que se dirigen a Jesús con palabras de realismo distanciado. Le recuerdan a Jesús lo que Él sin duda ya sabía: que el lugar es solitario y que es tarde, por lo que hay que despedir a las multitudes para que se dirijan a los pueblos a comprar comida. La presencia de Jesús, maestro y guía, parece eximirlos de responsabilidad: le dicen a Jesús lo que debe hacer con respecto a las multitudes.
No se preguntan qué podrían hacer ellos mismos, sino que juntos (Mt 14,15: «los discípulos», es decir, todos), como si fueran incapaces de actuar con autonomía e iniciativa, se dirigen a Él para que haga lo que ellos quieren.
Pero la respuesta de Jesús muestra que su forma de pensar no coincide con la de los discípulos.
Y es una forma de pensar que les hace responsables, remitiéndolos a sí mismos. «No hace falta que se vayan; dadles vosotros de comer» (Mt 14,16).
Al igual que en otros pasajes de los Evangelios, la objeción de los discípulos se apela a la sensatez, al sentido común, y se nutre de esa superioridad y condescendencia mal disimuladas que se tiene hacia quienes no se dan cuenta de la realidad.
Y se convierte también en un reproche encubierto. ¿No es así cuando los discípulos le dicen a Jesús que, en medio de la multitud, alguien le ha tocado la túnica: «Tú ves a la multitud que se agolpa a tu alrededor y dices: “¿Quién me ha tocado?”» (Mc 5,31)?
Aquí la objeción se centra en la ridícula cantidad de comida de la que disponen los discípulos: «Aquí no tenemos más que cinco panes y dos peces» (Mt 14,17). Y se podría añadir: «¿Cómo vamos a encontrar en un desierto tantos panes para alimentar a una multitud tan grande?» (Mt 15,33).
Hay un realismo que es falta de fe, que se convierte en un impedimento para que el Señor intervenga en la historia, que obstaculiza el novum que Dios puede obrar. En este caso, es como si los discípulos dijeran que su pobreza, la escasez de lo que tienen a su disposición, es lo que les impide cumplir la palabra de Jesús.
Preguntémonos: ¿no es acaso una tentación que acecha a los cristianos la de considerar que la pobreza, la falta de medios, es lo que obstaculiza la evangelización, el anuncio y el testimonio del Evangelio?
Para Jesús es exactamente lo contrario: la pobreza es una condición necesaria para el anuncio evangélico. El Evangelio empobrece y despoja a quien quiere ser su testigo y siervo. Y solo así el anuncio es fecundo.
Y el camino que señala Jesús es el del compartir. Lo poco, cuando se comparte, se vuelve suficiente para todos.
Y Jesús prepara un banquete, más aún, el banquete mesiánico. Entre las tareas del Mesías se encuentra la de garantizar el pan al pueblo.
El rey David, figura del Mesías venidero, había repartido una torta de pan a cada uno de los miembros del pueblo de Israel (2 Sam 6,19).
Jesús se manifiesta aquí como aquel que lleva a cabo la obra de Dios, que «da alimento a todo ser viviente» (Sal 136,25), como el pastor que hace sentar a su rebaño en pastos verdes (Mt 14,19) y lo refuerza y sostiene (cf. Sal 23).
El texto también puede interpretarse como una prefiguración del banquete eucarístico (cf. Mt 14,19); pero puede resultar útil concluir la reflexión recordando que las palabras de Jesús «Dadles vosotros de comer» se dirigen también a nosotros hoy y se convierten en una espina clavada que interpela a las Iglesias ante la tragedia del hambre en el mundo.
Dar de comer a los hambrientos (cf. Mt 25,35.37.42) es un imperativo ético para la Iglesia universal, que responde a las enseñanzas de solidaridad y compartir del Señor Jesús.
Además, erradicar el hambre en el mundo se ha convertido, en la era de la globalización, también en un objetivo que hay que perseguir para salvaguardar la paz y la estabilidad del planeta.
La práctica mesiánica de Jesús se traslada así a la realidad eclesial y se convierte en palabra y acción proféticas.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
No hay comentarios:
Publicar un comentario