domingo, 12 de abril de 2026

Verborrea eclesial - congregacional, diocesana,… -.

Verborrea eclesial - congregacional, diocesana,… -



Mina cantaba en los años 70 «Parole, parole, parole», a dúo con el actor Alberto Lupo. Esta canción narraba una historia de amor que se arrastraba vacía y sin pasión, llena únicamente de palabras empalagosas, pero igualmente vanas… y así, la mujer reaccionaba con ingenio ante los halagos de su hombre, haciéndole notar que algún gesto más concreto habría sido más apreciado que tantas palabras dulces; sin embargo, él permanece sordo a tales advertencias y sigue contemplando a su amada.

 

Es una metáfora musical. Nada más. para los nostálgicos éste es un vídeo de la mencionada canción: https://www.youtube.com/watch?v=NbOiYJofNSw&list=RDNbOiYJofNSw&start_radio=1  


Y a mí me ayuda a realizar una reflexión eclesial (también congregacional) quizá importante y actual: de hecho, a menudo en nuestra Iglesia (Vida Consagrada, Diócesis,…) se emplean, ¿o será se desperdicia?, demasiadas palabras, pero hay poca verdad y pocos hechos concretos… Y, sin embargo, en la relación entre palabras y hechos, son estos últimos los que tienen mayor peso.

 

Alguien me dirá, y con razón, que se trata de un problema que afecta a toda la población en la vida cotidiana, tanto a nivel privado como público. Sin embargo, si bien en lo que respecta a la vida privada de una persona, sea correcto o incorrecto, cada uno es responsable de sus propias acciones y las decisiones son estrictamente personales, cuando se trata de una esfera más amplia como, por ejemplo, la Iglesia que abarca más hechos y más personas, entonces el problema hasta se vuelve incluso grave.

 

En el ámbito de nuestra sociedad lo vemos al encender la televisión, leer los periódicos y escuchar acalorados debates, donde lo importante no es lo que se dice, ¡sino conseguir tener la última palabra!

 

Pero, mutatis mutandis, ocurre también en nuestras asambleas, congresos, simposios, …


Aquel proverbio «mucho humo y nada de asado» o «salir con la cabeza caliente y los pies fríos» hasta cobra vida no solamente en nuestra sociedad sino también en nuestros ambientes eclesiales, círculos congregacionales,… A menudo, sin embargo, el problema no se refiere únicamente a las muchas palabras y las pocas acciones concretas, sino también a la importancia de las palabras utilizadas.

 

En un momento de campaña electoral resulta fácil poner como ejemplo a los políticos que, con tal de conseguir un voto más, están dispuestos a prometer lo imposible. ¿No se agradecería más escuchar promesas quizá más modestas, pero que ofrezcan una realización segura?

 

También en la Iglesia abusamos, por ejemplo, de las palabras comodín (‘sinodalidad’ es un ejemplo de ello de un tiempo a esta parte) o de titulares estrella (del tipo, por ejemplo, ‘necesitamos afianzar y contagiar el radicalismo evangélico y la misión profética de nuestra vida’, ‘la vida religiosa puede renacer de sus debilidades’).

 

En general, creo que hay una sobreabundancia de obviedades que pretendiendo decir algo… vienen a decir la nada aunque envuelta en papel de erudición, y que otra verdadera carencia está en ser lo suficientemente abstractos y genéricos… que brilla por su ausencia toda concreción posible y real.

 

Nuestras reflexiones suelen levitar sin hacer pie y sin tocar con las propias manos la realidad de las cosas… Y, llegados a este punto, no estaría de más recordarnos (y por supuesto también yo) que, sin caer en lo banal, es mejor abrir la boca solo para pronunciar hechos posibles, reales, veraces,... más allá de lo política o eclesial o congregacionalmente correcto.


 

Es fácil hablar. Y estamos muy acostumbrados a que nos pongan un micrófono delante de los labios, o una grabadora ante nosotros, o a estar delante de una audiencia afín y entregada… pero luego son los hechos los que cuentan… incluso, a veces, obstinada y tercamente.

 

Y entonces, como Mina intentaba hacerle entender a su hombre que los gestos concretos serían mucho más apreciados que esas palabras cantadas al viento, ya que habría obtenido una verdadera demostración de ese amor tan comentado, así, para poder dar un giro a la situación eclesial (congregacional, diocesana…) actual hasta sería bueno reducir las asambleas, congresos, simposios,…, y aumentar las acciones, y, si realmente se tiene ganas de hablar, hablar y hablar, entonces que se haga solo para decir cosas con el sentido de lo concreto, posible y real.

 

Llegados a este punto tampoco estaría mal bajar la guardia y ser más humildes. Dejar de comportarnos como niños, en esas reflexiones repetitivas hasta la saciedad, donde lo único que se quiere demostrar es la propia erudición, pero donde al mismo tiempo se pierde el hilo de la realidad concreta y ya ni siquiera se sabe al final qué se ha sacado en claro… salvo que el ponente, en el mejor de los casos, habla convencido de lo que dice.



Porque también la palabra es eficaz si es mesurada, sobria. Quienes usamos demasiadas palabras - y en la Iglesia (Congregaciones, Diócesis,…) hasta puede haber un exceso de verborrea - deberíamos recordar (o a prender) que nuestra palabra no es tan poderosa como creemos. Otra cosa es la Palabra de Dios. Pero, eso mismo, es otra cosa. Siempre existe el miedo a que no nos consideren lo suficientemente inteligentes si usamos tres palabras… Por eso usamos cientos y miles de palabras…

 

Quizá es la debilidad de nuestras palabras lo que nos empuja a exagerar, a usarlas en exceso, a abusar de ellas para darles una fuerza que acaba desnaturalizándolas. 


Mientras que debería ser su fragilidad lo que nos indujera a usarlas cuando hace falta: precisamente para aumentar su eficacia. 

Recuerdo cómo solía repetir socarronamente un misionero claretiano ya difunto: «parturiunt montes, nascetur ridiculus mus» - ese proverbio latino derivado de una fábula de Esopo y popularizado por Horacio que significa «parieron los montes y nació un ridículo ratón» -.


Está por ver si mientras hablamos la realidad va cambiando al compás de nuestras palabras... Por lo menos, es una manera hasta confortable de pasar el tiempo.


 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Verborrea eclesial - congregacional, diocesana,… -.

Verborrea eclesial - congregacional, diocesana,… - Mina cantaba en los años 70 « Parole, parole, parole », a dúo con el actor Alberto Lupo. ...