Oyente discípulo ante la Palabra
Por la noche, cuando las voces se apagan y el mundo parece volver poco a poco a su silencio, se hace más evidente que la comprensión de la Palabra es la clave de todo.
No basta con escuchar.
La escucha puede quedarse en el umbral, puede
deslizarse por encima como un ruido más entre otros, como un sonido que
atraviesa el aire sin encontrar un lugar donde quedarse.
Comprender, en cambio, significa dejar que la Palabra
penetre en lo más profundo de la vida, allí donde se forman los deseos, los
miedos, las decisiones, la forma secreta en que cada uno se mira a sí mismo, a
los demás y al Misterio.
Esta comprensión no es solo un ejercicio de la
inteligencia.
Ciertamente, la razón está llamada a velar: debe
cuestionar, discernir, buscar el sentido de las palabras escuchadas.
Pero la razón, por sí sola, no basta.
Si permanece aislada, corre el riesgo de reducir la Palabra a un objeto que poseer, a un concepto que explicar, a una doctrina que ordenar cuidadosamente en las estanterías de la mente.
La Palabra, en cambio, pide un hogar más grande: pide
el corazón, el cuerpo, el tiempo, las relaciones, las decisiones cotidianas.
Pide un estilo de vida capaz de sostener su luz.
Por eso es el discípulo quien puede comprender
verdaderamente la Palabra y vivirla.
No quien pasa junto al Maestro por un instante, no
quien lo escucha distraídamente entre muchas ocupaciones, sino quien permanece
con él.
Uno se convierte en discípulo en las horas dedicadas a
Él, en las pausas silenciosas, en la familiaridad paciente con su voz.
Uno se convierte en discípulo dejándose educar no solo
por las palabras del Maestro, sino por su forma de habitar el mundo: por su
libertad, por su misericordia, por su atención a los pequeños, por su capacidad
de ver lo que los demás ya no ven.
La Palabra comprendida no queda sin efecto.
Cuando se asimila, comienza a obrar en nuestro interior, lentamente, como una luz encendida en plena noche. Modifica los criterios de elección, purifica las intenciones, desenmascara las falsas apariencias, libera de los hábitos que aprisionan.
Cambia la forma de estar en el mundo con los demás: ya no como amos, ya no como jueces, ya no como espectadores indiferentes, sino como hermanos y hermanas capaces de reconocer en el otro una presencia que acoger, una historia que respetar, una dignidad que custodiar.
Este es el fruto maduro de la Palabra comprendida: una
nueva forma de estar en el mundo.
No se trata simplemente de saber más, sino de ver de
otra manera. La Palabra asimilada genera una nueva mirada, una nueva capacidad
para interpretar la realidad que nos rodea.
Donde antes solo se veía una amenaza, comienza a
aparecer una posibilidad de bien; donde antes se fijaba el límite, se vislumbra
una promesa; donde antes se condenaba la fragilidad, se descubre una llamada a
la compasión.
San Agustín, al comentar el Evangelio de Juan, ofrece
una imagen intensa: el Evangelio es como un colirio para los ojos de los
discípulos. No añade un mundo diferente ante ellos, sino que sana su forma de
mirar.
La realidad sigue siendo la misma y, sin embargo, ya
no es la misma, porque la mirada ha sido purificada. La oscuridad no desaparece
por arte de magia, pero en medio de ella se aprende a reconocer una luz más
profunda, aquella con la que Jesús mira todas las cosas.
¿Cómo ve Jesús el mundo? Lo ve en su bondad originaria.
Ve que todo lo que existe sigue llevando, incluso bajo
capas de heridas y sombras, el signo de la creación. Ve en las personas la
imagen de Dios, incluso cuando esta imagen está empañada, oculta o deformada
por los miedos, el pecado y las durezas acumuladas a lo largo de los siglos.
Su mirada no es ingenua: conoce el mal, lo atraviesa,
lo denuncia. Y, sin embargo, no permite que el mal tenga la última palabra
sobre la realidad.
La mirada de Jesús purifica las incrustaciones que se
han formado en el mundo y en las personas. Quita el polvo de los prejuicios, derrite
la dureza de las condenas, abre rendijas de misericordia allí donde todo
parecía cerrado.
Ver como Jesús significa aprender a buscar el bien
incluso cuando es frágil, a reconocer la bondad incluso cuando está oculta, a
custodiar la esperanza incluso cuando la noche parece larga.
Entonces, la comprensión de la Palabra se convierte
verdaderamente en la clave de todo, porque abre no solo el texto sagrado, sino
la vida misma.
Abre los ojos, abre el corazón, abre las manos.
Produce en los discípulos el fruto más raro y más
necesario: la capacidad de ver el bien en el mundo y la bondad en las personas.
Y tal vez, precisamente en la noche, cuando todo ruido
se apaga y toda apariencia pierde fuerza, la Palabra sigue obrando en silencio,
como un colirio de luz, hasta que también nuestros ojos aprenden a ver el mundo
tal y como lo ve Jesús.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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