“Quedaos conmigo y permaneced en mí”
En la noche de la Última Cena, cuando la oscuridad parecía envolver la mesa como un pesado manto, Jesús entregó a sus discípulos una palabra sencilla e inmensa: «Quedaos».
Quedaos conmigo cuando la luz se va apagando, cuando
el corazón tiembla, cuando la historia parece precipitarse en manos del miedo.
Quedaos no solo en los momentos de consuelo, sino en
todas las etapas de la vida: en el entusiasmo y en el cansancio, en la claridad
y en la confusión, en la alegría compartida y en la soledad que nadie ve.
En aquella noche, atravesada por el presagio de la
traición y la promesa del Espíritu, el Maestro no pidió a los suyos que huyeran
del mundo, sino que habitaran en Él permaneciendo unidos a Él, como sarmientos
a la vid, porque solo de esta comunión puede nacer un fruto capaz de perdurar.
Ese fruto aún espera florecer en la noche del mundo.
Es la vida nueva del Evangelio, una vida que no se impone por la fuerza, no conquista espacios con lógicas de dominio, no busca aplausos ni reconocimientos, sino que fermenta silenciosamente en lo más profundo.
Ella transforma el mundo en amor, justicia y paz, no
como un programa exterior que se aplica desde arriba, sino como un nacimiento
interior que cambia la mirada, purifica los deseos y transforma la forma de
relacionarse con los demás.
El Reino no comienza por las estructuras visibles,
aunque luego las atraviese y las juzgue; comienza por la conciencia del
discípulo, allí donde la Palabra desciende como rocío nocturno y fecunda la
tierra árida del corazón.
Por eso, la transformación radical no puede reducirse
a un cambio social o político, como si bastara con cambiar las formas externas
para que la humanidad se renovara.
El Evangelio profundiza más: llega al lugar secreto de
las intenciones, al punto donde nacen las relaciones, los miedos, las
rivalidades, los juicios y las exclusiones. Allí, el discípulo aprende una
justicia que no humilla, no mide, no separa; una justicia que se manifiesta
como misericordia, como cura de las heridas, como fin concreto de las
desigualdades que oscurecen el rostro de los hermanos y las hermanas.
Buscar la justicia según el Maestro significa dejarse
llevar hacia una fraternidad desarmada, en la que nadie queda reducido a su
mérito, a su culpa o a su utilidad.
Es como si, en el contacto vivo con el Evangelio,
volviera a brillar en nosotros la imagen del Misterio a partir del cual hemos
sido moldeados.
Bajo las cenizas de los hábitos, bajo el polvo de las lógicas mundanas, bajo el ruido de las pretensiones y las defensas, permanece una chispa originaria: la semejanza con Dios, la capacidad de amar sin poseer, de servir sin dominar, de ver al otro no como adversario, sino como promesa.
Al acoger el Espíritu del Señor, esta imagen se
despierta lentamente e ilumina lo que somos, lo que vemos y lo que hacemos.
Entonces, incluso la noche ya no es solo oscuridad: se convierte en seno, en
espacio de escucha, en lugar donde la luz aprende a nacer desde lo más
profundo.
Permanecer unidos al Maestro significa renunciar para
siempre a las lógicas opresivas, antagónicas y meritocráticas del mundo.
Significa no dejarse seducir por la fuerza que aplasta, por la competencia que
aísla, por la necesidad de imponerse, por el juicio que solo otorga valor a
quien produce, gana o posee.
Es una elección radical y, precisamente por eso, no
nace de un endurecimiento moral, sino de una relación de amor. Nace de la
escucha atenta y constante de una Palabra que proviene del corazón del mundo y,
al mismo tiempo, lo trasciende; una Palabra que se ha hecho carne en la
historia, ha caminado por los caminos de hombres y mujeres y ha trazado un
sendero indeleble en la noche de la humanidad.
Permanecer en este camino es la tarea del discípulo.
No con la presunción de poseer ya la luz, sino con los
ojos fijos en el Maestro, con la conciencia abierta, con las manos dispuestas a
reconstruir lo que la injusticia ha destrozado.
Día tras día, el Espíritu nos enseña a recrear las
relaciones, a replantearnos los criterios de discernimiento, a reconocer dónde
el Evangelio nos pide que hagamos nuestra morada.
Así, el discípulo se convierte en centinela de un
amanecer posible: no se anuncia a sí mismo, no defiende privilegios, no repite
las palabras del poder, sino que custodia el fuego apacible del Maestro.
Y ese fuego, si permanece encendido en la conciencia,
aún puede transformar la tierra en una casa de amor, de justicia y de paz.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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