El susurro del Misterio de la Vida
En el atardecer de la vida, cuando las voces del mundo se acallan y las cosas pierden el contorno agresivo de las apariencias, resulta más fácil intuir el paso del Misterio.
No llega con estruendo, no se impone con la fuerza, no
busca el escenario iluminado donde todos miran.
Más bien pasa a través de lo pequeño, lo frágil, lo
oculto; atraviesa los pliegues silenciosos de la existencia, los lugares que
nadie mide, los gestos que nadie aplaude, las fidelidades que no hacen ruido.
Es aquí, en el seno oscuro y discreto de la vida,
donde se revela una de las grandes enseñanzas del Maestro: lo que salva no
siempre brilla, lo que es verdadero no siempre se ve, lo que es profundo a
menudo permanece guardado en la sombra.
La masa busca grandeza, cantidad, visibilidad.
El mundo ama lo que se expone, lo que ocupa espacio,
lo que conquista la mirada.
Pero el corazón de la vida no habita necesariamente allí donde todo parece importante. Lo profundo y lo auténtico no se encuentran en la superficie bulliciosa de las cosas, ni en la grandeza aparente que promete sentido y a menudo solo deja vacío.
Hay una verdad que madura lejos del ruido, como una
semilla enterrada en la tierra, como una lámpara encendida tras una ventana
cerrada, como una palabra guardada en el silencio antes de hacerse carne.
Quien sigue al Maestro aprende poco a poco a hacerse
pequeño a los ojos del mundo.
No por desprecio a la vida, ni por miedo a la
historia, sino porque entra en una nueva dimensión, donde el valor ya no
coincide con el reconocimiento y la fecundidad no depende de las apariencias.
Hacerse pequeño significa dejarse liberar de la
pretensión de estar en el centro, aceptar que la propia existencia esté
habitada por Otro, permitir que la búsqueda interior excave en profundidad.
Esta búsqueda exige silencio: no un silencio vacío,
sino un silencio lleno de escucha, un silencio que vela, que espera, que
discierne en la noche la voz suave del Maestro.
Al mismo tiempo, quien sigue al Maestro se vuelve oculto al mundo.
Es como si su vida se volviera invisible, no porque
carezca de sentido, sino porque su sentido ya no pertenece a los criterios
inmediatos de la mirada común.
El mundo pasa de largo, no percibe, no comprende.
Y, sin embargo, precisamente en esta invisibilidad se
está gestando algo decisivo.
La vida oculta no es ausencia de acción, sino acción
depositada en manos del Espíritu; no es huida, sino morada más profunda en el
seno de la historia; no es renuncia a la fecundidad, sino espera de frutos que
no nacen según los tiempos de la impaciencia humana.
La labor de quienes siguen al Maestro solo se aprecia
desde la distancia.
Al igual que ciertas estrellas que siguen emitiendo luz incluso tras largos tramos de oscuridad, así la transformación que se opera en secreto se hace reconocible con el tiempo.
No se mide de inmediato, no se sopesa en lo inmediato,
no produce resultados que exhibir.
Trabaja en nuestro interior, moldea lentamente nuestra
humanidad, rompe las durezas, purifica los deseos, educa la mirada para
reconocer la presencia del Misterio en los bajos fondos de la historia, allí
donde la vida está herida, olvidada, excluida.
Caminar tras el Maestro significa dejarse llevar
adonde espontáneamente no iríamos.
Él no nos retiene en las zonas luminosas de la
seguridad, sino que nos lleva hacia las periferias de la existencia, a los
lugares bajos y oscuros en los que la historia muestra sus heridas más
auténticas.
Allí se moldea nuestra humanidad. Allí aprendemos que
la profundidad no es evasión espiritual, sino disponibilidad concreta a la acción
de su Espíritu. Allí comprendemos que el silencio no nos separa de los demás,
sino que nos hace más capaces de escuchar el grito oculto de la vida.
Cuando la conciencia se abre a la escucha atenta de la Palabra del Maestro, se convierte en un espacio acogedor para la acción silenciosa del Espíritu.
La Palabra desciende como el rocío en la noche, sin
violencia, sin coaccionar, pero penetrando. Entra en las estancias cerradas del
alma, llega a lo que estaba rígido, ilumina lo que estaba confuso, consuela lo
que estaba cansado.
Y el Espíritu, obrando sin ruido, nos transforma y nos
recrea. No se limita a añadir algo a nuestra vida: nos genera de nuevo, nos
devuelve a nuestra verdad más profunda, nos hace capaces de una fecundidad que
no nace de la eficiencia, sino de la comunión.
Por eso, la pequeñez no es una derrota y el
ocultamiento no es inutilidad. Son la forma nocturna a través de la cual el
Misterio prepara el amanecer.
Lo que ahora parece perdido, lo que ahora parece
insignificante, lo que ahora permanece invisible a los ojos del mundo, puede
convertirse con el tiempo en raíz de vida nueva.
La transformación guardada en el secreto dará frutos duraderos, frutos que no se consumen con el éxito, no se disuelven con el cambio de las modas, no son destruidos por el tiempo.
Serán frutos
indestructibles porque no nacen de la voluntad de aparecer, sino de la lenta
fidelidad de quien, en la noche, sigue al Maestro.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

No hay comentarios:
Publicar un comentario