El camino que conduce a la Vida
Hay un camino que conduce a la vida. No se ve a primera vista, no se deja reconocer en el bullicio del día, cuando las cosas gritan su nombre y pretenden serlo todo. Es más bien un camino que se vislumbra por la noche, cuando el mundo baja la voz y el alma, por fin, empieza a escuchar.
Entonces, en el denso silencio de las horas oscuras,
se comprende que la vida no coincide con lo que se ve, con lo que se posee, con
lo que pasa por las manos y se desvanece al instante.
Hay una vida más profunda, una fuente oculta que no se
agota, una luz que ni siquiera la oscuridad más densa logra apagar.
Puede parecer una afirmación frágil, casi absurda:
decir que existe un camino en la historia capaz de conducir a la vida
auténtica, aquella que nunca muere.
Y, sin embargo, no es un sueño ingenuo.
Este camino ya ha sido trazado. Atraviesa el tiempo como un sendero grabado en la roca, a veces cubierto por el polvo de los acontecimientos, a veces oculto por las brumas de la superficialidad, pero nunca borrado.
Es el camino de quienes no se conforman con
sobrevivir, de quienes sienten que el aliento biológico no basta, que el latido
del corazón exige un sentido más grande que el simple hecho de perdurar.
Para emprender este camino se necesita algo esencial:
el deseo de vivir.
No un deseo cualquiera, no el ansia de experiencias,
de éxito, de reconocimiento, sino el deseo sereno y obstinado de la vida
verdadera.
Este surge cuando, en nuestro interior, algo se rebela
contra la reducción de la existencia a materia, consumo y apariencia. Nace como
una herida luminosa, como una inquietud que no nos permite dormir del todo.
Es la percepción de que hay algo más: más profundidad
de la que muestran las superficies, más misterio del que revelan las
evidencias, más eternidad de la que concede el tiempo.
Es precisamente esta búsqueda de «algo más» la que abre el
camino.
Pero no lo hace fácil.
Quien busca la vida auténtica debe aprender a vivir la
dimensión interior de la existencia dentro de un contexto exterior que a menudo
la contradice. Es como mantener viva una llama mientras sopla un viento frío.
Fuera, la realidad exige eficiencia, rapidez,
visibilidad; dentro, el espíritu pide lentitud, escucha, verdad.
Afuera, todo parece medible; adentro, lo que importa
no se pesa, no se compra, no se muestra.
De esta fractura nace una lucha silenciosa: la
dialéctica entre interioridad y exterioridad, entre materia y espíritu, entre
superficie y profundidad.
La noche revela con mayor claridad esta tensión.
En la oscuridad, caen muchas máscaras. Lo que durante
el día parecía sólido, por la noche muestra su inconsistencia. Las ambiciones
se convierten en sombras, los miedos cobran forma, las preguntas vuelven a
llamar a la puerta.
Es entonces cuando se ve con qué facilidad la materia
puede prevalecer sobre el espíritu, hasta qué punto la vida exterior puede
ocupar todo el espacio hasta sofocar la vida interior.
No ocurre de repente: ocurre lentamente, casi sin
ruido, como una habitación que se llena de polvo si nadie abre las ventanas.
Por eso se necesita un trabajo lento y constante en la
vida espiritual.
No bastan los entusiasmos repentinos, no bastan las palabras grandilocuentes pronunciadas en los momentos propicios. Se necesita una fidelidad cotidiana, casi humilde: custodiar el silencio, educar la mirada, purificar los deseos, reconocer lo que nutre y lo que dispersa.
La vida interior no crece por casualidad; crece cuando
se la visita, se la escucha, se la defiende. Es un jardín nocturno: no todos lo
ven, pero quien vela sabe que, incluso en la oscuridad, las raíces trabajan, la
savia asciende, la semilla prepara la flor.
Y, sin embargo, esta vida auténtica no es una huida
del mundo. No es desprecio por lo material, ni rechazo de la historia.
Es más bien el descubrimiento de una profundidad que
atraviesa el mundo y lo transfigura.
Hay vida en el mundo: una vida verdadera, escondida en
lo más profundo de la conciencia, allí donde el ser humano ya no es solo
necesidad, instinto, cálculo, sino que se convierte en apertura, don, amor.
Es una vida que parece no agotarse porque crece
dándose. Cuanto más se ofrece, más se expande; cuanto más se entrega, más se
encuentra a sí misma. Su secreto no es la posesión, sino la gratuidad.
Esta es la vida que necesitamos.
La buscamos en lo más profundo de la conciencia, como
se busca, en la noche, una estrella capaz de orientar nuestros pasos. No
siempre la encontramos de inmediato.
A menudo, la búsqueda atraviesa desiertos, cansancios,
contradicciones; a menudo debe resistir a las evidencias de lo material, que
parecen definitivas e indiscutibles.
Pero quien busca el espíritu aprende poco a poco a ver
de otra manera.
Aprende a mirar más allá del espeso manto de las
cosas, a sentir con sentidos más agudos, a reconocer la esencia de la vida allí
donde los ojos comunes solo ven un límite.
De esta vida hablo: de la vida que resiste a la muerte
porque nace de una profundidad a la que la muerte no puede llegar; de la vida
que se enciende en el amor, que madura en la entrega, que se encuentra a sí
misma perdiéndose por el otro; de la vida que camina en la historia sin
pertenecer por completo a la historia. Es un camino en la noche, sí, pero no un
camino sin luz.
Quien la recorre descubre que la oscuridad no es la
última palabra: es solo el lugar en el que la luz más verdadera se hace
finalmente visible.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
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