Aquella vida espiritual que educa
La vida cae lentamente sobre las cosas y las despoja de sus certezas.
Lo que antes parecía claro, ordenado, incluso
controlable, ahora adquiere contornos inciertos. Incluso el corazón, entonces,
se asemeja a una barca alejada de la orilla: lleva consigo el peso de las
decisiones tomadas, de los proyectos iniciados, de las promesas hechas, pero
basta un viento repentino para que todo parezca tambalearse.
En la vida cotidiana no hacen falta grandes
catástrofes para asustarnos.
A veces basta con una palabra fuera de lugar, un
contratiempo, una decepción, un pequeño problema que no habíamos previsto.
Nos descubrimos frágiles precisamente allí donde
pensábamos que éramos fuertes.
Nos gustaría que el camino fuera recto, que todo
transcurriera según el plan previsto, sin sacudidas, sin interrupciones, sin
olas.
Pero la realidad no obedece a nuestro deseo de
control: trae consigo turbaciones repentinas, tormentas inesperadas,
situaciones que no habíamos calculado y que a menudo nos desorientan.
Y es precisamente en medio de esta noche agitada donde aparece la imagen decisiva: Jesús camina sobre las aguas en tempestad.
No elimina de inmediato el viento, no borra al
instante el miedo, no transforma el mar en un camino seco.
Camina en medio de lo que nos asusta. Avanza allí
donde nosotros solo vemos peligro.
Su presencia nos enseña que la vida espiritual no
consiste en evitar toda tormenta, sino en aprender a atravesarla sin dejarnos
abrumar.
Caminar sobre las aguas significa mantener el
equilibrio cuando todo a nuestro alrededor se agita. Significa no identificar
el problema con la realidad en su totalidad, no permitir que una dificultad se
convierta en el nombre definitivo de nuestra vida.
La tormenta es real, el viento sopla en contra, la
noche es densa, pero no lo son todo.
Hay una orilla a la que dirigirse, un destino que no hay que perder de vista, una profundidad que hay que contemplar más allá de la superficie agitada de los acontecimientos.
Por eso, la vida espiritual educa la mirada.
Nos enseña a detenernos, a respirar, a distinguir lo
que pasa de lo que permanece.
Nos ayuda a no reaccionar solo con pánico, sino con
una calma conquistada, con una serenidad que no nace de la ausencia de
problemas, sino de la certeza de que ninguna ola puede tener la última palabra.
Cuando la mirada permanece fija en la meta, el corazón
recupera la orientación incluso en la oscuridad.
Pero caminar sobre las aguas en tormenta no es algo
que se improvise. Es el fruto de un largo trabajo interior: conocerse a uno
mismo, reconocer los propios miedos, medir las propias fuerzas, elaborar
proyectos de vida sabiendo que cada proyecto tendrá que hacer frente a lo
imprevisto.
La fe no nos hace invulnerables, pero nos hace más
profundos.
No nos libra de la noche, pero ilumina en ella un
rumbo.
Y así, incluso cuando el mar se agita y el viento
parece más fuerte que nuestra voluntad, podemos aprender a no huir, a no
hundirnos, a caminar paso a paso sobre aquello que antes nos daba miedo.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
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