El fruto que madura
Hay un momento en la vida en el que todo parece quedarse en silencio.
Aún no es el amanecer y, sin embargo, la noche ya no
es solo oscuridad: es un seno, una espera, una profundidad.
En esa hora, el hombre comprende, quizá por primera
vez, que vivir no significa quedarse suspendido ante todas las posibilidades,
como ante un cielo lleno de estrellas inalcanzables, sino aceptar que una sola
estrella se convierta en orientación, dirección, destino.
La metáfora del grano que muere para dar fruto habla
precisamente de esta misteriosa ley de la existencia: nada se vuelve fecundo si
antes no acepta perderse.
La semilla, cuando se siembra en la tierra,
desaparece. No conserva su forma, no defiende su pequeña integridad, no
permanece encerrada en la seguridad de su cáscara. Entra en la oscuridad, se
deja cubrir, se entrega a una transformación que se asemeja al final. Y, sin
embargo, es precisamente allí, en esa pérdida silenciosa, donde comienza la
nueva vida.
Así ocurre también con cada persona.
Llega un momento en el que ya no basta con atesorar sueños, hipótesis y deseos dispersos. Hay que elegir. Hay que reunir las fuerzas dispersas, las energías interiores, las intuiciones, las heridas, las esperanzas, y hacerlas converger hacia un punto preciso.
La elección definitiva no surge de la improvisación:
es el fruto secreto de años en los que el alma ha tenido tiempo de madurar, de
cuestionarse, de leer, rezar, meditar, equivocarse, levantarse de nuevo,
enfrentarse a experiencias capaces de abrir brechas en la conciencia.
La adolescencia y la juventud son tiempos interiores
de preparación. Son la larga vigilia previa a la decisión, el camino en la
noche en el que se aprende a escuchar lo que realmente nos llama.
Quien nunca ha tenido tiempo de adentrarse en sí
mismo, de cuidar de su alma, de habitar el silencio y el cuestionamiento,
difícilmente podrá algún día elegir con profundidad. Quizás se sienta atraído
por muchos caminos, pero será incapaz de entregarse a uno solo.
Elegir, por eso, es como morir. No porque la elección
destruya la vida, sino porque la libera de la indeterminación.
Toda decisión auténtica conlleva una renuncia: al
elegir un camino, abandono para siempre todos los demás caminos posibles. Lo
que podría haber sido queda atrás como una constelación lejana.
Pero solo quien acepta esta pérdida puede llegar a ser adulto.
El adulto no es aquel que ha dejado de desear, sino
aquel que ha comprendido que el deseo, para no consumirse en el sueño, debe
encarnarse en una dirección.
La decisión permanente en el tiempo no elimina las
crisis; al contrario, a menudo las atraviesa todas.
Habrá noches en las que el camino elegido parezca
demasiado estrecho, días en los que el peso de los límites personales, de los
fracasos y de las contradicciones haga vacilar el corazón.
Pero precisamente en esos momentos, aferrarse a la
decisión tomada significa reconocer que la existencia humana no está hecha para
dispersarse en mil posibilidades inconclusas. Está hecha para una sola vida y,
sobre todo, para vivirla de forma auténtica.
La autenticidad no es una pureza ideal, ni la
pretensión de no caer nunca. Es coherencia con uno mismo, capacidad de aceptar
los propios límites, de reconocer las propias sombras, de incluir en la
elección también lo que duele.
La elección auténtica no borra los fracasos: los
asume, los asimila, los transfigura. Así como la tierra no rechaza la semilla
que se pudre, sino que la acoge para que se convierta en raíz, así también la
vida acoge lo que en nosotros parece perdido y lo convierte en parte de una
fecundidad mayor.
Quien no decide permanece prisionero de una juventud
sin plenitud. Cree ser libre porque mantiene abiertas todas las posibilidades,
pero esa libertad, si nunca llega a tomar forma, se convierte en una habitación
cerrada.
El mito de poder elegir siempre mañana consume lentamente el presente. Al final, quien no siembra su semilla en la tierra descubre que la ha conservado intacta, sí, pero estéril.
Quien cree salvarse al no elegir nunca, en realidad se
pierde. Quien no elige, muere sin haber dado fruto.
Hemos nacido para amar, y el amor es siempre una
elección.
No es una emoción pasajera, ni una luz repentina que
encanta y luego se desvanece, sino una entrega que absolutiza un rostro, una
vocación, un camino, un bien.
El amor toma el infinito de las posibilidades y lo
concentra en un «sí».
Por eso da miedo: porque pide dejar atrás el resto.
Pero precisamente por eso salva: porque impide que la vida se disuelva en la nada de las alternativas nunca vividas.
También la libertad, si quiere ser verdadera, debe
cruzar este umbral. No consiste en permanecer eternamente disponibles para
todo, sino en desear realmente algo, en vincularse a lo que se reconoce como
bien, en decir: este es mi camino, esta es la tierra en la que acepto caer,
este es el lugar en el que deseo dar fruto.
La libertad sin elección es un cielo sin amanecer; la
libertad que elige, en cambio, conoce la noche, pero precisamente a través de
la noche prepara el día.
El grano de trigo, pues, nos enseña que la vida
auténtica no se posee reteniéndola, sino entregándola. No se salva
permaneciendo intacta, sino dejándose transformar.
Cada elección definitiva es una pequeña muerte y, al
mismo tiempo, una promesa de resurrección: algo termina para que algo pueda,
por fin, comenzar. En el corazón de la noche, bajo la tierra, invisible a los
ojos, la semilla muere. Pero es precisamente allí donde la vida, en silencio,
prepara su fruto.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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