A la sombra de Pedro
Los Hechos de los Apóstoles relatan que la cercanía de Dios y su fuerza liberadora actuaban en la persona del Apóstol Pedro, quien «sanaba y salvaba a todos los que eran tocados por su sombra» (Hch 5,15).
Ser o hacer sombra a los demás puede significar el deseo de marginar o de apartar.
Ser, en cambio, sombra de Dios para los demás significa, en sentido positivo, la capacidad de inclinarse hacia los demás para ofrecer cercanía, alivio, protección y consuelo.
El término «sombra» aparece unas ochenta veces
en la Biblia. Es un símbolo polivalente: denota protección y refugio seguro,
y/o oscuridad y miedo. Este significado simbólico proviene de la sensación de
alivio que transmite la sombra que proyectan los árboles sobre el suelo árido y
abrasado por el sol. El significado negativo de la sombra está relacionado con
la experiencia del frío y la oscuridad, similares a la muerte.
Incluso una sombra pequeña, como la del ricino,
proporciona al profeta Jonás bienestar y refrigerio en un mediodía abrasador
(cf. Jon 4,6). La sombra es un
refrigerio esperado e invocado: «Como el esclavo anhela la sombra y como el
jornalero espera su salario» (Job 7,2; cf. Job 40,22); también las alas
abiertas de las aves generan la sombra que indica vida, movimiento (Sal 36,8). Metafóricamente, ser acogido en una casa es
como establecerse a la sombra de un techo (cf. Gén 19,8).
El significado negativo de la sombra está relacionado con la experiencia del frío y la oscuridad, similares a la muerte.
La sombra expresa poéticamente también la percepción
de la brevedad de la vida, cuyos
días son una sombra que pasa (cf. Jb 8,9; Sal 101,12; 36,7). La constatación de
la fragilidad de la vida, comparada con la sombra que pasa, se convierte en una
sabia oración: «Enséñanos a contar nuestros días y adquiriremos un corazón sabio»
(Sal 90,12).
El creyente en dificultades pide a Dios que sea para
él una sombra, es más, que pueda permanecer a la sombra de sus alas, para
disfrutar de su protección y cercanía, que dan libertad de movimiento, es
decir, vida en plenitud (Sal 17,8; 36,8; 57,2; 61,5; 63,8). «Quien
habita al amparo del Altísimo pasará la noche a la sombra del Todopoderoso»,
es decir, que Dios protege siempre a su fiel. En las pruebas más difíciles, de
las que la noche es símbolo, vive en paz (cf. Sal 91,1.9).
También las manos de Dios tienen el efecto de la
sombra que protege de los enemigos, pues esconde a la sombra de sus manos (cf.
Is 51,16). La sombra que Dios proyecta sobre el creyente comunica su cercanía y
su efecto beneficioso.
El profeta Oseas exhorta al pueblo a distinguir la
falsa paz que proviene del culto idólatra de la paz que brota de la cercanía
con Dios: «En las colinas queman incienso bajo el roble, los álamos y los
terebintos, porque buena es su sombra» (Os 4,13).
La sombra que protege y da vida y futuro es la de
Dios: «Volverán a sentarse a mi sombra» (Os 14,8). La amada del Cantar
de los Cantares anhela la cercanía de su esposo: «A su sombra anhelada me siento»
(Ct 2,3).
En el Nuevo
Testamento, la expresión «morar en la sombra de la muerte»
(cf. Lc 1,79; Mt 4,16) indica la situación de quien no conoce al Mesías, la
verdadera luz que ilumina las tinieblas.
La sombra de Dios que descenderá sobre María, la madre
del Mesías, la protegerá, al igual que la sombra de la nube en el Antiguo
Testamento protegía la Tienda (Lc 1,35).
El símbolo de la sombra, presencia eficaz de Dios,
reaparece en el episodio de la Transfiguración «cuando una nube luminosa los
cubrió con su sombra» (Mt 17,5; cf. Mc 9,7).
Jesús utiliza la imagen de la sombra como refugio en
la parábola del grano de mostaza que «cuando se siembra, crece y se hace más
grande que todas las plantas del huerto y echa ramas tan grandes que las aves
del cielo pueden anidar en ellas» (Mc 4,32; cf. Dn 4,8.18).
Quisiera leer e interpretar así la visita apostólica-pastoral del Papa León XIV a España del 6 al 12 de junio de 2026.
Un hermoso signo del bien por «atracción» que ha representado
la comunidad cristiana se encuentra en la escena en la que Pedro cura con su
sombra.
Es una escena llena de una gracia delicada.
Pedro camina, pasa (como Jesús que pasaba por las
calles de Galilea haciendo el bien), como una imagen de la multitud —en
realidad eran un puñado de hombres y mujeres— que «se añadían a los creyentes en el
Señor». Y este paso deja una sombra que protege y cura con la
delicadeza de un bien que se olvida de sí mismo. Pedro ni siquiera se da
cuenta, como quien no controla su propia sombra, porque mira hacia delante, mira
al Señor, que es el origen del bien. Pero, mientras tanto, esta sombra lleva
alivio.
Y digo que es una escena delicada porque es una bella
imagen de la sombra de Pedro, en la que esperaban los pobres y los afligidos,
deseosos de que: “cuando Pedro pasaba, aunque solo fuera su sombra la que cubriera a
alguno de ellos”.
Cuando hay lo esencial, basta con poco: la sombra de
Pedro. Y me gustaría quedarme con esta imagen, fuerte y afectuosa, de la
mencionada visita del Papa León XVI: a Él se le ha concedido el don y el
ministerio de ser la sombra de los que viven en la intemperie…
Hay seres humanos, y son muchos, a quienes les falta
incluso la sombra de alguien, que se conformarían incluso solo con la sombra,
no pretenden una presencia física, les bastaría la sombra de alguien; una
sombra protectora, una sombra que, aunque solo sea con un gesto, haga saber que
alguien se inclina sobre mí, que alguien me envuelve con algo, ni siquiera con
un manto, sino con una sombra, al menos la sombra.
No, no son pocos los que nos lanzan, a veces con un
elocuente silencio, alguna señal de su especial necesidad de ser, sobre todo,
protegidos y tranquilizados. Basta mirar a los rostros para percibir soledades
reales, profundas, angustiadas, que son la normalidad de muchos hombres y
mujeres que se deslizan con conmovedor desamparo.
Uno no sabe cómo pueden seguir a flote, y sin embargo
no piden prácticamente nada… sino una sombra. Creo que hay que llegar, quizá
esforzándose un poco, a concebirse más normalmente como una posibilidad de
hacer sombra a alguien que se está volviendo invisible en su esfuerzo por
vivir.
En las aceras y en las calles uno ve personas totalmente
indefensas, que se han quedado solos. En su fragilidad se hace compañera de
camino una soledad abismal, infinita, que los hace más vulnerables si cabe.
Si nos diéramos un poco más de sombra unos a otros, el mismo cristianismo, con toda su belleza, bondad y verdad, tendría más peso que el dinero. «Oro y plata no tengo, pero lo que tengo te lo doy. ¡Vete, queda curado!». He aquí, esta es la mejor moneda: aquella que contrarrestaría la inercia de la indiferencia protegida por la ley y el regateo del apoyo supeditado a la ganancia o al rédito.
Nosotros también necesitamos la sombra de los demás;
la sombra es una bella imagen porque es fuerte y a la vez muy discreta, la
sombra envuelve sin tocarte, es fuerte; cuando una sombra es oscura decimos: «Quítate,
que me haces sombra». Pero cuando la llama del fuego nos atraviesa, la
sombra del ricino de Jonás es la perfección de la gracia de Dios.
Si te llega la sombra, significa que alguien está muy
cerca. La sombra te acaricia, pero no puede desplazarte; te envuelve por
completo, pero no puede aprisionarte. Es lo que debería suceder: lazos de
cercanía que protegen y custodian, sin imponerse ni sofocar.
La comunidad cristiana debería concentrarse a fondo en
el desarrollo de la antigua sabiduría de la Sombra de Dios. Es la nube de la
Presencia que custodia al pueblo, es la vitalidad del Espíritu que hace nacer y
renacer.
La sombra de Pedro es un hermoso signo de la práctica
de la sombra de Dios. Así es como el cristianismo ha escrito las mejores
páginas de su historia.
Los creyentes de las primeras generaciones encontraron
este camino. Eran muy pocos, tenían en contra el judaísmo y a todo el Imperio
romano, vivían perseguidos,… Y, sin embargo, al ofrecer su acogida a muchos que
nunca la habrían esperado y al cuidarse unos a otros a la sombra del Señor,
enseñaron el calor de la presencia de Dios.
¿Acaso no había venido al mundo también el Hijo de
Dios a través de la sombra del Espíritu Santo?: «Mi sombra te cubrirá y te nacerá
el Hijo». Así ha funcionado siempre la salvación de Dios. Y así sigue
funcionando. Como una sombra. Estos días, por ejemplo, a la sombra del Papa
León XIV, sucesor de Pedro.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
Un día, al pasar por una calle abarrotada de Jerusalén, en medio de la multitud que se agolpaba para verlo, escucharlo y pedirle curaciones, Pedro se dio cuenta de que los milagros ocurrían aunque solo fuera su sombra la que rozara a los enfermos (cf. Hch 5,15).
¿Bastaba,
pues, su sombra para obrar las maravillas de Dios?
Seguramente
Pedro recordó una frase que un día Jesús había proclamado precisamente allí, en
Jerusalén, durante la fiesta de las Cabañas: «Yo soy la luz del mundo» (Jn
8,12). Sí, solo Jesús era la luz, solo Jesús era el sol de la vida, de su vida
y de la vida de toda aquella gente.
Pero no era
el sol el que sanaba a los enfermos, sino su sombra. Sin el sol no habría
habido sombra, pero sin la sombra parecía que no habría habido sanaciones. ¡Qué
misterio! ¡Que la Luz de Jesús actuara en la sombra de Pedro!
Era precisamente
su sombra la que sanaba y salvaba a toda esa gente. ¡Su sombra era luz y vida
para todos los pobres! ¡Jesús se servía precisamente de su sombra para
manifestar al mundo su Luz divina!
¿Qué hay más discreto e impalpable, más humilde y
silencioso que una sombra? Y la de Pedro era especialmente viva y activa… ¡Una
sombra misteriosa que dejaba tras de sí un rayo de luz y de vida! ¡Una sombra
benéfica y luminosa que, allá por donde pasaba, hacía bailar de alegría a la
humanidad sufriente!…
Y Pedro
recordó a su Maestro que pasaba haciendo el bien y sanando a todos. Y continuó
su camino con el ánimo alegre porque su sombra era ya por completo signo e
instrumento de la misericordia de Jesús.
Gracias, de corazón, Papa León XIV, por acogernos a su sombra.


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