lunes, 16 de marzo de 2026

No tomarás el nombre de Dios en vano.

No tomarás el nombre de Dios en vano

También hoy, como en otros momentos históricos, resurge con fuerza y de forma manifiesta el uso instrumental de la religión, por ejemplo, cristiana con fines de consenso político, de legitimación de dinámicas de opresión y, también, de violencia.

 

Este fenómeno es tan antiguo como el mundo, y el propio cristianismo lo ha experimentado en no pocas ocasiones a lo largo de su historia.

 

Ya Maquiavelo, en El Príncipe, teorizaba sobre el uso sin escrúpulos de la religión, por lo que, al ser preferible aparentar ser algo antes que serlo, era relevante parecer religioso para engañar y cohesionar al pueblo, con fines de éxito político.

 

La posmodernidad, que parecía haber rechazado lo religioso, se encuentra desde hace algunas décadas, por el contrario, enfrentándose a su regreso, el cual, sin embargo, casi siempre es instrumentalizado con fines propagandísticos, sobre todo por la derecha política, en particular en sus versiones más extremas.

 

Un ejemplo de ello son los Estados Unidos de América.

 

Desde su fundación tiene una fuerte tradición mesiánico-milenarista de matriz reformada, parece ver el éxito (al menos mediático) de un uso desenfadado de la religión: desde el presidente que se hace «bendecir» por un grupo de predicadores para ganar una guerra, pasando por el ministro de Defensa que cita un salmo para respaldar una acción militar unilateral y arbitraria, hasta la interpretación del asesinato de Charlie Kirk como martirio.

 

Y así sucesivamente.

 

La religión vuelve a ser instrumentum regni a favor de masas asustadas, emocionalmente manipuladas, a las que se les ofrecen soluciones baratas, simplistas y de mala fe: si Dios está con nosotros… ¿quién contra nosotros?: todo nos está permitido.

 

No es un fenómeno exclusivamente cristiano, obviamente, porque los extremismos echan raíces en todas partes.

 

La cita, la instrumentalización, el uso sin escrúpulos de la Biblia ponen de manifiesto la ausencia casi total del Evangelio, el cual, como mucho, se cita en un versículo sacado de contexto, pero, la mayoría de las veces, es ignorado, dejado de lado, ocultado deliberadamente.


 

Pero un cristianismo sin Evangelio, ¿qué cristianismo es ese?

 

El Evangelio es el gran ausente: porque no se puede domesticar, porque es claro, porque condena sin rodeos un uso de la fe muy parcial, incompleto, al servicio de políticas que predican violencia, supremacía, guerra, egoísmo, división, racismo, dominio.

 

Si releemos los hechos que ocurren cada día a la luz del Sermón de la Montaña (¡las páginas más olvidadas!): criterios, ejemplos, modelos, estilos: ¡todo está ahí! Jesús de Nazaret es el del Sermón de la Montaña, de las parábolas de la misericordia, de los gestos de paz, acogida, humildad, reconciliación.

 

Si releemos el Magnificat; si releemos Mateo 25…

 

En cambio, hemos reducido el Evangelio a cuatro eslóganes, a cuatro «valores» muy parciales, a cuatro consignas que se pueden usar a voluntad.

 

Pero el Evangelio está ahí, siempre fresco, siempre fuerte, siempre claro. Y nos habla de un Padre que es misericordia, de un Hijo que es don de sí mismo, de un Espíritu que es vida, comunión, fraternidad.

 

En cambio, asistimos a una violencia continua no solo contra hermanos y hermanas, sino contra la misma Palabra de Dios.

 

Este silencio evangélico, que se une a la subordinación de la religión a fines de políticas de dominio, es engañoso y malvado, es mentiroso y falso. No es cristiano.

 

Quizás no haya hoy en día mandamiento más pisoteado, después del «No matarás», que el «No tomarás el nombre de Dios en vano».


 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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