No tomarás el nombre de Dios en vano
También hoy, como en otros momentos históricos, resurge
con fuerza y de forma manifiesta el uso instrumental de la religión, por
ejemplo, cristiana con fines de consenso político, de legitimación de dinámicas
de opresión y, también, de violencia.
Este fenómeno es tan antiguo como el mundo, y el
propio cristianismo lo ha experimentado en no pocas ocasiones a lo largo de su
historia.
Ya Maquiavelo, en El Príncipe, teorizaba sobre
el uso sin escrúpulos de la religión, por lo que, al ser preferible aparentar
ser algo antes que serlo, era relevante parecer religioso para engañar y
cohesionar al pueblo, con fines de éxito político.
La posmodernidad, que parecía haber rechazado lo
religioso, se encuentra desde hace algunas décadas, por el contrario,
enfrentándose a su regreso, el cual, sin embargo, casi siempre es
instrumentalizado con fines propagandísticos, sobre todo por la derecha
política, en particular en sus versiones más extremas.
Un ejemplo de ello son los Estados Unidos de América.
Desde su fundación tiene una fuerte tradición
mesiánico-milenarista de matriz reformada, parece ver el éxito (al menos
mediático) de un uso desenfadado de la religión: desde el presidente que se
hace «bendecir» por un grupo de predicadores para ganar una guerra, pasando por
el ministro de Defensa que cita un salmo para respaldar una acción militar
unilateral y arbitraria, hasta la interpretación del asesinato de Charlie Kirk
como martirio.
Y así sucesivamente.
La religión vuelve a ser instrumentum regni a
favor de masas asustadas, emocionalmente manipuladas, a las que se les ofrecen
soluciones baratas, simplistas y de mala fe: si Dios está con nosotros… ¿quién
contra nosotros?: todo nos está permitido.
No es un fenómeno exclusivamente cristiano,
obviamente, porque los extremismos echan raíces en todas partes.
La cita, la instrumentalización, el uso sin escrúpulos
de la Biblia ponen de manifiesto la ausencia casi total del Evangelio, el cual,
como mucho, se cita en un versículo sacado de contexto, pero, la mayoría de las
veces, es ignorado, dejado de lado, ocultado deliberadamente.
Pero un cristianismo sin Evangelio, ¿qué cristianismo
es ese?
El Evangelio es el gran ausente: porque no se puede
domesticar, porque es claro, porque condena sin rodeos un uso de la fe muy
parcial, incompleto, al servicio de políticas que predican violencia,
supremacía, guerra, egoísmo, división, racismo, dominio.
Si releemos los hechos que ocurren cada día a la luz
del Sermón de la Montaña (¡las páginas más olvidadas!): criterios, ejemplos,
modelos, estilos: ¡todo está ahí! Jesús de Nazaret es el del Sermón de la
Montaña, de las parábolas de la misericordia, de los gestos de paz, acogida,
humildad, reconciliación.
Si releemos el Magnificat; si releemos Mateo
25…
En cambio, hemos reducido el Evangelio a cuatro eslóganes,
a cuatro «valores» muy parciales, a cuatro consignas que se pueden usar a
voluntad.
Pero el Evangelio está ahí, siempre fresco, siempre
fuerte, siempre claro. Y nos habla de un Padre que es misericordia, de un Hijo
que es don de sí mismo, de un Espíritu que es vida, comunión, fraternidad.
En cambio, asistimos a una violencia continua no solo
contra hermanos y hermanas, sino contra la misma Palabra de Dios.
Este silencio evangélico, que se une a la
subordinación de la religión a fines de políticas de dominio, es engañoso y
malvado, es mentiroso y falso. No es cristiano.
Quizás no haya hoy en día mandamiento más pisoteado,
después del «No matarás», que el «No tomarás el nombre de Dios en vano».
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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