Tened en vosotros los mismos sentimientos que Jesús - San Pablo a los Filipenses 2, 5 -
En el corazón se siente… porque es el corazón quien siente,
es el corazón el órgano de los sentimientos...
Mirar el corazón es también mirar los sentimientos.
«Tened en vosotros los mismos sentimientos
que Jesús», decía San Pablo a los cristiano de Filipos, y hoy estoy
asombrado, no, más que eso, estoy atónito ante la constatación de una simple
verdad: Dios tiene sentimientos.
Dios tiene corazón, por lo tanto, Dios tiene
sentimientos.
No solo ama sino que ama apasionadamente, con ternura,
con entusiasmo.
Toda la Biblia está ahí para hablarnos del pathos
de Dios.
Toma nota, Aristóteles, que pensabas que la perfección
era no sentir ninguna pasión.
Tomad nota, moralistas, que estáis ahí dividiendo el
pelo en cuatro, destilando el amor para distinguir al microscopio entre eros y
ágape, entre filia y simpatía…
Tomad nota, intelectuales hervidos, que parece que
tenéis una gran cabeza solo porque está montada sobre un corazón muy pequeño.
Dios tiene un corazón, Dios es un corazón, porque si
Dios es amor, entonces esto no puede prescindir ni distinguirse de la forma de
este amor, y la forma del amor de Dios es la del corazón, no la del amor
intellectualis de memoria spinoziana.
Porque no basta con creer, hay que amar.
Porque el amor es algo de carne, de tripas, de sudor y
lágrimas, de piel, de vida, de color, de sol y flores, de caricias y tormentas,
el amor es corazón.
No basta con la caridad…, se necesita afecto, ternura, pasión, fuego.
¿Qué es el amor sin corazón?
¿Qué es la amistad sin el gusto, la pasión, la alegría
de encontrarse, de estar juntos, de abrazarse, de quererse?
Y Dios se apasiona por mí, está feliz de estar
conmigo, me abraza, me quiere.
Me ama tanto que se hizo carne por mí, y sudó, lloró y
sangró, y se hizo pan para que lo tocaran, amigo para que lo abrazaran, se hizo
sol y flores, caricia y tormenta. Se hizo corazón, y corazón humano.
Dios ama con un corazón humano.
El mundo está enfermo de esclerocardia, es decir, de
corazón endurecido.
Y entonces necesita ante todo corazón, fuertes
inyecciones de corazón.
El corazón de Dios, que solo puede pasar a través de
otros corazones.
Como en la ley de los vasos comunicantes, el corazón
de Dios quiere derramarse en el corazón del mundo.
«Tened en vosotros el corazón de Dios»,
se podría parafrasear así la máxima de San Pablo y entonces me pregunto, ¿de
verdad?
¿Puede mi pobre corazón ser realmente como el de Dios?
Mi corazón está un poco cansado, lo admito.
Ha trabajado mucho, ha sufrido mucho.
También por mi culpa, de acuerdo, porque lo he estresado
mucho con pasiones inútiles.
Antes era mucho más rápido, quizás demasiado, siempre
dispuesto a encenderse de ira y amor, enamorado de todo, apasionado por todo,
asombrado por todo.
Y el cerebro, pobrecito, le costaba seguirle el ritmo.
Tan pronto como entendía algo, el corazón ya estaba más allá, en otra parte,
enamorado de otra cosa, como si quisiera poseer el mundo.
Pero ahora es al revés. Ahora tengo una mente veloz y un corazón lento, muy lento.
Tardo en comprender, tardo en amar.
O tal vez solo haya comprendido que no debe poseer el
mundo, que basta con tener otro corazón en el que volcarse, sentirse como en
casa, tal vez más, y a través de él, como un prisma, amar al mundo entero.
Y entonces tengo que ralentizar.
Vivo demasiado deprisa, vivo tan deprisa que mi
corazón no tiene tiempo de reconocer y amar a los otros corazones que
encuentra.
Y la vida pasa.
Pasan las personas, pasan las ocasiones, pasan los
días y se encadena un rosario de ocasiones de amor perdidas, de oportunidades
de ternura desperdiciadas.
Cuántas veces por la noche me encuentro reprendiendo a
este pobre corazón, diciéndole: has sido lento, has sido perezoso, has sido
duro.
Pero quizá la culpa no sea toda suyo, pobre corazón
mío.
Quizá bastaría con vivir más despacio, dejar espacio a
los días y a las personas, darles tiempo y modo de entrar en mí para que este
viejo corazón pueda reaccionar y reencontrar las razones de su fuego.
Porque el fuego sigue ahí, lo sé bien. A veces lo
siento arder y ardería más si le diera la oportunidad.
Sí, el corazón no quiere correr, el corazón quiere
quedarse, encontrar a alguien en quien hacer su hogar y quedarse.
Y, si es necesario, esforzarse por construirlo y
luchar por defender ese hogar.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
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