Mi soledad
El ser humano no está hecho para estar solo. Y esto también lo dice el Creador del mundo: «No es bueno que el hombre esté solo» y, por otra parte, la experiencia demuestra que cuando estamos solos tendemos a llenar nuestra soledad con sustitutos, desde la botella hasta las compras compulsivas, desde una mascota hasta el trabajo convertido en droga.
Después de todo, la Biblia fue escrita por un pueblo
familiarizado con el desierto, donde la soledad es muerte. Los beduinos saben
muy bien que ser expulsado de la tribu equivale a morir y, por lo tanto, la
muerte, el sheol, se describe
sobre todo como una condición de extrema soledad. Y también mi querido C. S.
Lewis, en su genial novela «El gran divorcio», imagina el
infierno como el lugar donde los hombres nunca se encuentran.
Sin embargo, la soledad también es necesaria. ¿Alguna
vez han pensado que las decisiones importantes de la vida siempre se toman en
soledad? Los demás pueden aconsejarnos, incluso dirigirnos, pero como mucho
pueden acompañarnos hasta la sala interior de la conciencia y allí deben
retirarse, allí solo entramos nosotros y nadie más puede sustituirnos ante
nuestra responsabilidad, nadie puede socorrernos, nadie puede cogernos de la
mano.
Sin embargo, vivimos en un mundo que hace todo lo
posible por mantenernos alejados de esa habitación secreta, tal vez porque
nadie puede permanecer adolescente por mucho tiempo si frecuenta su
interioridad y el mundo, en cambio, nos quiere adolescentes, hiper-consumidores,
fáciles de manipular, en una palabra, gente que nunca decide, que siempre se
deja una vía de escape, una puerta trasera.
Desde el punto de vista de Satanás, debe de ser un
gran dilema: si facilita la agregación, existe el peligro de que los hombres
aprendan a estimarse y a quererse; si, por el contrario, los empuja a estar
solos, existe el peligro de que se pongan a pensar...
Me gustaría tener la pluma del autor de las «Cartas
del diablo a su sobrino» para poder sondear esta paradoja desde el
punto de vista satánico. Creo que la respuesta diabólica a la pregunta es la
invención de lugares donde se está solo entre muchos, todos juntos. Y hay
muchos, desde discotecas hasta estadios, lugares donde realmente las personas no
intercambian algo bello, bueno, verdadero,…
Pero, incluso desde el punto de vista de Dios, esta
polaridad constituye un gran desafío: por un lado, quiere que los seres humanos
estén juntos, para que puedan amarse y tocarse mutuamente, intercambiando
afecto, experiencia y sabiduría hasta el punto de que a la forma más elevada de
unión le ha dado un horizonte vertiginoso: «los dos serán una sola carne»,
es decir, una sola basar, que
es una palabra mal traducida como ‘carne’, porque implica la humanidad,
el afecto, en definitiva, la persona misma... «los dos serán una sola persona»
sería más adecuado traducir. Es el otro quien me da a mí mismo, decía el gran
filósofo judío Emmanuel Levinas.
Por un lado, pues, empuja a los seres humanos a
encontrarse, pero por otro lado también los quiere solos, para que puedan
retirarse a su «habitación secreta» y encontrarlo allí. Porque sin el momento de
volver a uno mismo, todo encuentro acaba siendo vacío, es consumir al otro,
como si comiéramos su carne…
El otro me dona a mí mismo, sí, pero a condición de
que, al volver a mí mismo, sepa distinguir el yo del tú y trazar una línea, una
frontera, para distinguirnos.
La respuesta de Dios al dilema es la invención del
desierto, un lugar al que llamar periódicamente a los suyos para que puedan
experimentar precisamente la soledad.
No, no es el orgulloso distanciamiento de quien se
cree superior y no quiere mezclarse con la multitud, porque quien responde a la
llamada del desierto sabe bien que no es un lugar donde se pueda permanecer
mucho tiempo, se va al desierto para luego volver al mundo, como un soldado que
se retira por un momento a la segunda fila y no es un desertor, sino que solo
está recuperando el aliento para luchar con más vigor y energía.
Sin ello no podría vivir. Yo tengo un momento diario de silencio y soledad (generalmente muy temprano por la mañana) estaría perdido, pero creo que no soy una excepción y tampoco creo que esta necesidad de soledad sea exclusiva de los presbíteros o de los religiosos, al contrario, creo que es algo verdaderamente humano y que todos, absolutamente todos, necesitamos espacios de desierto en nuestro día y en nuestra semana. Espacios que debemos defender con uñas y dientes porque el mundo (a veces bajo la apariencia más querida de los hijos o de la pareja) hará todo lo posible por arrebatárnoslos.
¿Cómo encontrar la soledad en el frenesí cotidiano?
En primer lugar, hay que buscarla con ahínco, no es
que no haya desierto en nuestras ciudades, sino que está bien escondido y
debemos estar muy atentos para que no se nos escape sin que nos demos cuenta.
Un ejemplo: hace unos días tenía una cita con una
persona en la ciudad en la que vivo: Vic (Barcelona). La persona en cuestión me
llama por teléfono para decirme que llegará con una hora de retraso, cuando yo,
obviamente (que soy obsesivo con la puntualidad… es uno de mis abundantes
pecados…), ya estaba allí.
En lugar de maldecir al mundo por la hora perdida, en
lugar de intentar llenarla de mil maneras, me senté en un banco y disfruté de una
hora de soledad... No la había buscado, ella vino a mí, pero yo fui rápido en
acogerla y disfrutarla.
Quizás sea porque tengo hambre o sed, quizás sea
porque en la soledad soy feliz, porque nunca estoy realmente solo. Solo la
soledad me permite vivir en equilibrio, me devuelve constantemente al centro de
mi persona, aquello a lo que nunca debo renunciar, de lo que nunca debo dejarme
expulsar, que debo defender.
Pensaba en la diferencia entre loneliness y solitude.
Entiendo que la solitude es «como
un niño sereno en brazos de su madre», seguro de que nada puede pasar
mientras esté en sus brazos, pero también sabiendo que en esos brazos no puedo
ni quiero quedarme para siempre porque ese lugar no es el mío, mi lugar está ahora
en primera fila porque para eso he sido llamado en esta hora del día.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
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