martes, 26 de mayo de 2026

La Iglesia desde Pedro y Pablo.

La Iglesia desde Pedro y Pablo

La permanencia de la Iglesia merece una reflexión.

 

Se trata de una institución que nació en los márgenes de un imperio, desprovista de poder y duramente perseguida, que ha atravesado dos milenios de guerras, crisis morales, cismas y revoluciones culturales y políticas.

 

No solo ha sobrevivido, sino que, entre victorias históricas y errores catastróficos, ha seguido siendo una presencia reconocible y bien arraigada.

 

Esta permanencia, sin embargo, no debe confundirse con inmovilidad: es más bien la capacidad de perdurar atravesando el cambio.

 

¿Cómo se resiste a lo largo de milenios mientras el mundo a su alrededor cambia profundamente?


En la raíz de esta continuidad hay una conciencia inquebrantable de sí misma. La Iglesia ha tenido la visión de concebirse a sí misma como un pueblo en camino, generado por un origen que la precede y orientado hacia un fin que la trasciende: una flecha lanzada de lo inmanente a lo trascendente.

 

Esta conciencia le ha permitido no identificarse nunca del todo con las formas históricas que ha adoptado, sabiendo encarnarse en las culturas y hablar lenguas diferentes, sin convertirse en esas culturas, permaneciendo como la Iglesia. Desde las ciudades de la Antigüedad hasta las metrópolis del mundo globalizado, se ha traducido continuamente a sí misma.

 

Pero adaptarse no significa diluirse. Significa más bien ensuciarse las manos: adentrarse en la complejidad de lo real, aceptar el enfrentamiento, correr el riesgo del error. Una Iglesia que se expone, que escucha, que se deja interrogar, es una Iglesia que permanece viva.

 

Saber quiénes somos significa también distinguir entre lo que de nuestra esencia es identitario y lo que es contingente.

 

El anuncio, la fe, la caridad, la vida sacramental… siguen siendo el corazón palpitante e irrenunciable; las formas, los lenguajes y las estructuras pueden cambiar con el tiempo.


 

Esta capacidad de adaptarse sin dejar de ser ella misma, aunque imperfecta, ha sido esencial para el crecimiento y la supervivencia ante las adversidades de la historia: sin ella, la Iglesia se habría endurecido en un pasado polvoriento o se habría dispersado en un presente caótico.

 

Una Iglesia incapaz de abrirse al mundo, preocupada únicamente por la defensa de su identidad, acabaría convirtiéndose en un vestigio de otra época, sorda y ciega ante el hombre contemporáneo.

 

Desde esta perspectiva, una menor rigidez jerárquica, sin negar la estructura necesaria, puede convertirse en un recurso valioso para continuar esa travesía hacia el futuro, ampliando el alcance sin perder la unidad. ¿Ha sabido hacerlo la Iglesia? En parte no; es en estas ocasiones no aprovechadas donde se encuentran algunas de las derrotas por las que hoy vacila el número de fieles, sobre todo en algunos sectores de la sociedad.

 

En parte, sin embargo, sí; de hecho, el cristianismo está plantando cara al relativismo de la modernidad capitalista, ofreciendo un alimento precioso a una humanidad terriblemente hambrienta de espiritualidad y horizontes de sentido.

 

Prefiero una Iglesia accidentada, herida y sucia por haber salido a la calle, antes que una Iglesia enferma por el encierro y la comodidad de aferrarse a sus propias seguridades - Papa Francisco, Evangelii Gaudium -.


La dimensión institucional, con sus múltiples formas y su memoria, permite superar los límites del individuo, porque, para bien o para mal, establece límites y proporciona una estructura capaz de dar continuidad al patrimonio común. Pero en este momento histórico es esencial que la Iglesia sea la casa de todos, en diálogo con las contradicciones del mundo moderno.

 

En San Lucas 15, 3-7, el Buen Pastor deja las noventa y nueve ovejas en el desierto para ir a recuperar la que se ha perdido, porque habrá más alegría en el cielo por un pecador convertido que por noventa y nueve justos que no necesitan conversión.

 

Jesús deja a las noventa y nueve que ya son fieles por quien se ha perdido. Ser como Jesús significa ir ante todo a recuperar todo lo humano, especialmente lo más débil, frágil e, incluso, “perdido”, no a proteger la propia pureza.

 

No es que la pureza no sea un valor, pero es bueno que sea puro el corazón, no las manos. La Iglesia tiene el privilegio de tener la mirada puesta en el cielo y los pies en la tierra, lo divino en la mente y el barro en el cuerpo. Y ese barro es precioso.

 

Esta polaridad constante entre estructura y aliento es una característica absolutamente necesaria.


Por un lado, las formas visibles de orden y organización son el esqueleto (no se sobrevive a los milenios permaneciendo como un movimiento, sino que es necesario convertirse en institución); por otro, la capacidad de comprender la libre acción del Espíritu Santo es el aliento. Sin estructura, todo se dispersa en el tiempo; sin aliento, todo se endurece y muere.

 

La teología y la praxis, la liturgia y la organización, la autoridad y la participación: es un equilibrio que lo abarca todo, nunca adquirido de una vez por todas, sino continuamente buscado.

 

Los impulsos hacia formas más participativas y menos rígidas deben interpretarse bajo esta luz: no como una (peligrosa) negación de la estructura, sino como un intento de hacerla más capaz de incluir, escuchar y valorar la diversidad. Una estructura que respira es una estructura que vive.

 

La Iglesia no es ni perfecta en cuanto que es humana. Está marcada por errores, contradicciones y caídas, y sin embargo sigue siendo amada y habitada: una esposa imperfecta y hermosa.

 

Jesucristo la amó y se entregó por ella (Efesios 5, 25) no por su impecabilidad, sino conociendo bien su fragilidad, y perdonándola cada vez que ella lo había renegado, sabiendo mantener unidas la verdad y la misericordia.

 

Ni un museo de santos cerrados al mundo, ni una entidad fluida inconsciente de sus límites y de su ser, sino un pueblo vivo en camino que, con esfuerzo y alegría, descubre paso a paso cómo prosigue su camino, plenamente seguro, sin embargo, del destino: he aquí la esposa tan amada por Jesucristo.

 

Nadie debería sentirse ajeno a la Iglesia por sentirse inquieto o diferente: la Casa de Dios es de todos sus hijos, los que siempre se han quedado y los que han vuelto. La fe no exige borrar la propia individualidad para uniformarse, sino, por el contrario, comprender la propia historia, en su singularidad, para poder abrazar la oferta de gracia y salvación.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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