martes, 6 de octubre de 2026

¿Qué queda del Evangelio?

¿Qué queda del Evangelio?

Hay una hora de la tarde-noche en la que la Iglesia de Santa Lucia del Gonfalone me parece más grande… 

Las pinturas emergen de la sombra, el espacio se queda vacío, todo guarda silencio y, tras las puertas cerradas, permanece el eco de palabras pronunciadas durante siglos. 

Pero justo cuando se apagan las luces y la solemnidad de la liturgia se desvanece, una pregunta vuelve a recorrer esta Via dei Banchi Vecchi en Roma… ¿qué queda del Evangelio? 

Tal vez una respuesta, si se lee sin prejuicios, resulta desarmante por su claridad. 

La verdad de una fe no se mide por el número de ritos celebrados, por la fuerza de una pertenencia confesional ni por la precisión con la que se observan las costumbres religiosas. 

Se mide ante un rostro herido, en la distancia que decidimos acortar, en el cuidado concreto que se ofrece a quienes sufren y a quienes ya no poseen nada. 

El Evangelio no nace en el recinto protegido de un edificio sagrado. 

Nace a lo largo de los caminos polvorientos de Palestina, en el movimiento inquieto de un grupo de hombres y mujeres. 

Jesús camina, se encuentra con la gente, escucha, toca los cuerpos excluidos, se sienta a la mesa con quienes son considerados indignos. 

Su palabra no crea una distancia religiosa: la atraviesa. 

No pregunta ante todo qué fórmula se profesa, sino qué ocurre con el dolor del otro cuando entra en nuestro campo de visión. 

La parábola del buen samaritano es, también en este sentido, un rayo en esta noche. 

El hombre abandonado medio muerto al borde del camino es visto por figuras religiosas, pero no es socorrido. 

Quien se detiene es el extranjero, el hereje a ojos de los bienpensantes, aquel que no posee el título adecuado y, sin embargo, realiza el gesto adecuado. 

La justicia de Dios se deja reconocer ahí: en la atención al prójimo, en la compasión que se inclina, venda las heridas, levanta un cuerpo y asume el coste de su cura. 

Pero nuestra historia cristiana ha invertido a menudo esta prioridad. 

La experiencia inaugurada por Jesús quedó tantas veces encerrada en instituciones, custodiada entre fronteras, atada a obligaciones y obediente a ceremonias; el signo acabó oscureciendo lo que debería haber indicado. 

Se ha medido la fuerza de la fe por la cantidad de prácticas, por la magnificencia de las liturgias, por la disciplina de la pertenencia. 

Mientras tanto, fuera de esta Iglesia, siguen permaneciendo precisamente aquellos a quienes se debería haber puesto en el centro: los pobres, los excluidos, los heridos de la historia. 

No es el rito en sí mismo lo que está vacío. Seguramente hasta puede custodiar la memoria, educar el deseo, dar forma comunitaria a la esperanza. 

Pero se convierte en un engaño cuando pretende sustituir a la misericordia; cuando la belleza del altar hace invisibles a quienes esperan en el umbral; cuando la ortodoxia de las palabras exime del amor concreto. 

Entonces la religión ya no sirve al Evangelio: lo domestica. 

También la relación tormentosa entre la institución eclesiástica y la lectura directa de las Escrituras forma parte de esta historia. 

En diversas épocas, el acceso al texto bíblico en lengua vernácula fue limitado, vigilado o desalentado, por temor al error y a la desobediencia. 

Más allá de las distintas circunstancias históricas, queda una pregunta inquietante: ¿qué ocurre cuando la Palabra destinada a liberar se guarda como un privilegio y va acompañada del miedo a la condena? 

Quizá sea también por eso por lo que, al volver a abrir cada día el Evangelio, muchas frases parecen pronunciarse por primera vez. No porque sean nuevas, sino porque han quedado ocultas bajo siglos de costumbres. 

Bajo las capas de la religión reaparece una propuesta radical: no una identidad que exhibir, sino un estilo de vida; no una pertenencia que defender, sino una fraternidad que practicar; no la salvación buscada lejos del mundo, sino la cercanía vivida en medio de las heridas. 

Bajo esta luz de la noche cobra fuerza una paradoja: Jesús es el «anticristiano» por excelencia, no porque se oponga a su propio mensaje, sino porque es irreductible a lo que el cristianismo histórico ha construido a veces en su nombre. 

Y en esta hora de la tarde-noche, en esta Iglesia vacía de Santa Lucia del Gonfalone, el vacío  el silencio se vuelven también provocación que queda suspendida como una nota en el pentagrama. 

Y me pregunto si la fe que se defiende en los Templos coincide realmente con la que se vive en las calles. 

Ahora que todas las voces callan, el Evangelio siempre nos quiere llevar al mismo punto: un ser humano ante otro ser humano. Uno sufre, el otro puede pasar de largo o detenerse. 

Todo lo demás - nombres, edificios, vestimentas, fórmulas - viene después. 

La noche no borra las formas, sino que revela su sombra. Y en la sombra permanece encendida una sola luz: «Ve y haz tú también lo mismo». 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

No hay comentarios:

Publicar un comentario

¿Qué queda del Evangelio?

¿Qué queda del Evangelio? Hay una hora de la tarde-noche en la que la Iglesia de Santa Lucia del Gonfalone me parece más grande…   Las pin...