lunes, 5 de octubre de 2026

Atreverse a pensar o un pensar eclesialmente atrevido.

Atreverse a pensar o un pensar eclesialmente atrevido

Soy un cristiano, misionero claretiano y presbítero. Llevo años tratando de hacerme a la idea de un cambio de época en la Iglesia. Este cambio no exige a la Iglesia que defienda con mayor tenacidad las formas heredadas, sino que discierna lo que el Espíritu está haciendo surgir en la realidad: la crisis no es solo un problema que hay que resolver, es un dato que hay que interpretar.

 

Tratar de estar en primera línea - así es como interpreto mi condición eclesial - no es una situación tan terrible ni peligrosa; claro que sufro algunas sacudidas, como cuando hay una ligera turbulencia en el avión. La mayor parte del tiempo, el vuelo es tranquilo: si alguien en mi situación quiere, puede seguir tranquilamente ejerciendo de presbítero como se hacía antes: la Misa, alguna confesión, algún encuentro… en definitiva, una vida tranquila, aunque en alguna ocasión más caótica de lo habitual.

 

De vez en cuando ocurre alguna turbulencia un poco más violenta que sacude la tranquilidad habitual y la inercia inveterada… como algunos escándalos relacionados con los abusos… como el abandono del ministerio por parte de algunos hermanos a los que aprecio… como alguna salida de tono de algún que otro Obispo… Pero, como digo, de vez en cuando…

 

Un egregio profesor de mi licenciatura, al ser preguntado por un deseo que le gustaría transmitirnos, pronunció esta frase fascinante: «No quiero deciros qué pensar, ¡pero quiero deciros que penséis!». Pensar.

 

¿Qué podría significar esto para mí? ¿Qué podría significar para nuestra situación como Iglesia?


Al intentar trazar los contornos de una respuesta, y con el paso de los años, interpreto ahora aquella invitación desde esta perspectiva: no creo que signifique multiplicar opiniones, sino leer en profundidad lo que ocurre, poner en relación las experiencias y reconocer los caminos que encierran una promesa.

 

Todo esto está estrechamente ligado al discernimiento: el Espíritu sigue atrayendo a la Iglesia hacia la Belleza que salva al mundo, hacia nuestra plena realización en Jesús.

 

Quien piensa no se limita a imaginar. Se deja interpelar, deja que las piezas de las diversas experiencias se entremezclen.

 

Quien piensa pregunta y escucha (cf. Lucas 2,46) y todos se sorprenden de sus respuestas, de lo que se hace posible ante quien confía no en la perfección de sus propias intenciones, sino en la profundidad que poseen las intuiciones que el propio Espíritu sugiere.

 

Quien piensa avanza, en su mayor parte a base de intentos y errores, en un contexto que no teme a los errores porque está serenamente dispuesto a aprender de esos mismos errores, no porque los evalúe, sino porque los reinterpreta dentro de una dinámica de aprendizaje continuo.

 

Ninguno de nosotros sabe cómo se vive el tiempo presente, ¡pero somos las noventa y nueve ovejas que se han quedado juntas en la montaña! El pastor va a buscar a la perdida, mientras que nosotros podemos depositar nuestra confianza en quien sigue llevando adelante su obra de salvación confiando también en nosotros, que somos su pueblo, y poniendo nuestra confianza también en quien, junto a nosotros, desafía los peligros de la noche permaneciendo cerca y compartiendo nuestro destino.


Quien piensa parte de un punto fijo y deja de poner los puntos sobre las «i». El Papa Francisco, en “Evangelii Gaudium”, pedía a la Iglesia que volviera al kerigma y lo custodiara. Durante mucho tiempo pensé que se trataba únicamente de una llamada dirigida al anuncio catequético. Hoy me pregunto, junto con vosotros, si el kerigma no es más bien el criterio esencial con el que atravesar el futuro: no el único contenido de nuestra historia, sino el equipaje imprescindible con el que aventurarnos en la inmensa pradera y en el fascinante abismo de un mundo aún por descubrir.

 

No se trata de tirar por la borda toda la historia del pensamiento cristiano y teológico. Necesitamos nuevos mapas, teniendo muy presente que los mapas se han trazado en función de los conocimientos que se poseían.

 

Y si, en un momento dado, las observaciones remodelan esos conocimientos, hay que tenerlos en cuenta. Recordando aquella de que la realidad es superior a la idea. Y así, quien parte de un punto fijo lo considera la condición sin la cual no se puede avanzar.

 

Quien pone los puntos sobre las «i» se limita a juzgar lo que hacen los demás, y si los demás lo hacen bien, basándose en razonamientos y pensamientos que pueden engañar, aunque procedan de nuestra historia, porque son más adecuados para la época en la que se formularon que para hoy - que es el tiempo en el que la salvación está entrando en nuestra casa -.

 

Y aquí creo que se abre ante nuestros ojos el paso más delicado, que es una posibilidad.

 

Estamos acostumbrados a juzgar la experiencia espiritual de los demás. Lo que piensan, lo que dicen… en definitiva, su teología. Durante siglos, en la historia de la Iglesia, ha sido precisamente la teología la que ha creado contrastes, y tampoco en este momento de transición estamos dejando pasar la ocasión.

 

Es necesario crear las condiciones para que los distintos puntos de vista puedan ser escuchados, puestos a prueba y corregidos por la experiencia..


Vivimos un momento particular de la historia de la Iglesia. Mi pensamiento se dirige a esas ocasiones en las que me siento tentado a clasificar quién lo hace bien y quién mal, sin darme cuenta de que cada experiencia tiene algo bueno que hay que salvaguardar… el trigo que crece entre la cizaña (Mt 13,26).

 

En lugar de acusarnos mutuamente de no estar viviendo el verdadero cristianismo, podríamos partir de la premisa de que todos lo estamos haciendo de manera diferente, y que esa diferencia no es un problema que haya que eliminar, ¡sino una riqueza que hay que redescubrir!

 

En definitiva, permitir que quien quiera permanecer fiel a la tradición lo haga, y que quien quiera ir más allá, vaya más allá, para que todos podamos crecer gracias a las aportaciones mutuas.

 

En este caso, creo que el acuerdo en todo no puede ser el punto de partida, pero sí puede convertirse en un excelente y prometedor punto de llegada.

 

En mi foto interno creo que éste no es momento de sentirse incómodo porque el juguetito… que nos han puesto en las manos se está desmoronando y estás experimentando la dramática sensación de no saber qué hacer para que el desmoronamiento se ralentice.


¿Se está rompiendo el juguetito que nos traíamos entre manos? ¿O se ha roto ya?

 

Quizá sea porque el Espíritu Santo quiere enseñarnos otra forma de ser Iglesia. Sí, una forma muy diferente de la que hemos aprendido y que estamos intentando mantener en pie con todos nuestros esfuerzos.

 

Me parece que hoy en día dejar atrás los viejos mapas y los modelos eclesiásticos interiorizados es la opción más sensata frente a continuar con una reestructuración que, a la larga, no sirve de nada, porque genera frustración y la sensación de estar inmersos en una labor sin sentido y sin futuro.

 

Y entonces me imagino a una Iglesia que hace memoria de las experiencias vividas por quienes están en primera línea. Me imagino a una Iglesia en camino - en la vía o en salida - que vuelve para compartir sus experiencias porque se ha atrevido a adaptar el anuncio a las condiciones en las que se encuentra. Me imagino una Iglesia regresando, con la alegría en los labios y en el corazón de ver pequeños fragmentos de resurrección que embellecen un contexto que, a primera vista, parece estar habitado únicamente por el aburrimiento, el cansancio y la desilusión. Me imagino a una Iglesia que anima y sostiene, con una actitud servicial de acompañamiento y discernimiento continuo.

 

¿Ciencia ficción? Quizás. ¿Profecía? Esperemos que sí.

 

Pero una cosa me aparece más nítida: el futuro - también el de la Iglesia - comienza cuando dejamos de defender por miedo lo que se está desmoronando y aprendemos a escuchar lo que está naciendo.

 

Dejar ir - o dejar que los muertos entierren a sus muertos (Lc 9,60) - no significa perder la verdad: significa liberarla de las formas que ya no logran comunicarla.

 

No estamos destinados a custodiar cenizas, sino a reconocer los rayos del amanecer de nuevos cielos y nuevas tierras.



P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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