Atreverse a pensar o un pensar eclesialmente atrevido
Soy un cristiano, misionero claretiano y presbítero. Llevo años tratando de hacerme a la idea de un cambio de época en la Iglesia. Este cambio no exige a la Iglesia que defienda con mayor tenacidad las formas heredadas, sino que discierna lo que el Espíritu está haciendo surgir en la realidad: la crisis no es solo un problema que hay que resolver, es un dato que hay que interpretar.
Tratar de estar en primera línea - así es como
interpreto mi condición eclesial - no es una situación tan terrible ni
peligrosa; claro que sufro algunas sacudidas, como cuando hay una ligera
turbulencia en el avión. La mayor parte del tiempo, el vuelo es tranquilo: si
alguien en mi situación quiere, puede seguir tranquilamente ejerciendo de presbítero
como se hacía antes: la Misa, alguna confesión, algún encuentro… en definitiva,
una vida tranquila, aunque en alguna ocasión más caótica de lo habitual.
De vez en cuando ocurre alguna turbulencia un poco más
violenta que sacude la tranquilidad habitual y la inercia inveterada… como
algunos escándalos relacionados con los abusos… como el abandono del ministerio
por parte de algunos hermanos a los que aprecio… como alguna salida de tono de
algún que otro Obispo… Pero, como digo, de vez en cuando…
Un egregio profesor de mi licenciatura, al ser
preguntado por un deseo que le gustaría transmitirnos, pronunció esta frase
fascinante: «No quiero deciros qué pensar, ¡pero quiero deciros que penséis!».
Pensar.
¿Qué podría significar esto para mí? ¿Qué podría
significar para nuestra situación como Iglesia?
Al intentar trazar los contornos de una respuesta, y con el paso de los años, interpreto ahora aquella invitación desde esta perspectiva: no creo que signifique multiplicar opiniones, sino leer en profundidad lo que ocurre, poner en relación las experiencias y reconocer los caminos que encierran una promesa.
Todo esto está estrechamente ligado al discernimiento:
el Espíritu sigue atrayendo a la Iglesia hacia la Belleza que salva al mundo,
hacia nuestra plena realización en Jesús.
Quien piensa no se limita a imaginar. Se deja
interpelar, deja que las piezas de las diversas experiencias se entremezclen.
Quien piensa pregunta y escucha (cf. Lucas 2,46) y
todos se sorprenden de sus respuestas, de lo que se hace posible ante quien
confía no en la perfección de sus propias intenciones, sino en la profundidad
que poseen las intuiciones que el propio Espíritu sugiere.
Quien piensa avanza, en su mayor parte a base de
intentos y errores, en un contexto que no teme a los errores porque está
serenamente dispuesto a aprender de esos mismos errores, no porque los evalúe,
sino porque los reinterpreta dentro de una dinámica de aprendizaje continuo.
Ninguno de nosotros sabe cómo se vive el tiempo
presente, ¡pero somos las noventa y nueve ovejas que se han quedado juntas en
la montaña! El pastor va a buscar a la perdida, mientras que nosotros podemos
depositar nuestra confianza en quien sigue llevando adelante su obra de
salvación confiando también en nosotros, que somos su pueblo, y poniendo
nuestra confianza también en quien, junto a nosotros, desafía los peligros de
la noche permaneciendo cerca y compartiendo nuestro destino.
Quien piensa parte de un punto fijo y deja de poner los puntos sobre las «i». El Papa Francisco, en “Evangelii Gaudium”, pedía a la Iglesia que volviera al kerigma y lo custodiara. Durante mucho tiempo pensé que se trataba únicamente de una llamada dirigida al anuncio catequético. Hoy me pregunto, junto con vosotros, si el kerigma no es más bien el criterio esencial con el que atravesar el futuro: no el único contenido de nuestra historia, sino el equipaje imprescindible con el que aventurarnos en la inmensa pradera y en el fascinante abismo de un mundo aún por descubrir.
No se trata de tirar por la borda toda la historia del
pensamiento cristiano y teológico. Necesitamos nuevos mapas, teniendo muy
presente que los mapas se han trazado en función de los conocimientos que se
poseían.
Y si, en un momento dado, las observaciones remodelan
esos conocimientos, hay que tenerlos en cuenta. Recordando aquella de que la
realidad es superior a la idea. Y así, quien parte de un punto fijo lo
considera la condición sin la cual no se puede avanzar.
Quien pone los puntos sobre las «i» se limita a juzgar lo
que hacen los demás, y si los demás lo hacen bien, basándose en razonamientos y
pensamientos que pueden engañar, aunque procedan de nuestra historia, porque
son más adecuados para la época en la que se formularon que para hoy -
que es el tiempo en el que la salvación está entrando en nuestra casa -.
Y aquí creo que se abre ante nuestros ojos el paso más
delicado, que es una posibilidad.
Estamos acostumbrados a juzgar la experiencia
espiritual de los demás. Lo que piensan, lo que dicen… en definitiva, su
teología. Durante siglos, en la historia de la Iglesia, ha sido precisamente la
teología la que ha creado contrastes, y tampoco en este momento de transición
estamos dejando pasar la ocasión.
Es necesario crear las condiciones para que los
distintos puntos de vista puedan ser escuchados, puestos a prueba y corregidos
por la experiencia..
En lugar de acusarnos mutuamente de no estar viviendo
el verdadero cristianismo, podríamos partir de la premisa de que todos lo
estamos haciendo de manera diferente, y que esa diferencia no es un problema
que haya que eliminar, ¡sino una riqueza que hay que redescubrir!
En definitiva, permitir que quien quiera permanecer
fiel a la tradición lo haga, y que quien quiera ir más allá, vaya más allá,
para que todos podamos crecer gracias a las aportaciones mutuas.
En este caso, creo que el acuerdo en todo no puede ser
el punto de partida, pero sí puede convertirse en un excelente y prometedor
punto de llegada.
En mi foto interno creo que éste no es momento de
sentirse incómodo porque el juguetito… que nos han puesto en las manos se está
desmoronando y estás experimentando la dramática sensación de no saber qué
hacer para que el desmoronamiento se ralentice.
¿Se está rompiendo el juguetito que nos traíamos entre manos? ¿O se ha roto ya?
Quizá sea porque el Espíritu Santo quiere enseñarnos
otra forma de ser Iglesia. Sí, una forma muy diferente de la que hemos
aprendido y que estamos intentando mantener en pie con todos nuestros
esfuerzos.
Me parece que hoy en día dejar atrás los viejos mapas y los modelos eclesiásticos
interiorizados es la opción más sensata frente a continuar con una
reestructuración que, a la larga, no sirve de nada, porque genera frustración y
la sensación de estar inmersos en una labor sin sentido y sin futuro.
Y entonces me imagino a una Iglesia que hace memoria
de las experiencias vividas por quienes están en primera línea. Me imagino a una
Iglesia en camino - en la vía o en salida - que vuelve para compartir sus
experiencias porque se ha atrevido a adaptar el anuncio a las condiciones en
las que se encuentra. Me imagino una Iglesia regresando, con la alegría en los
labios y en el corazón de ver pequeños fragmentos de resurrección que
embellecen un contexto que, a primera vista, parece estar habitado únicamente
por el aburrimiento, el cansancio y la desilusión. Me imagino a una Iglesia que
anima y sostiene, con una actitud servicial de acompañamiento y discernimiento
continuo.
¿Ciencia ficción? Quizás. ¿Profecía? Esperemos que sí.
Pero una cosa me aparece más nítida: el
futuro - también el de la Iglesia - comienza cuando dejamos de defender por
miedo lo que se está desmoronando y aprendemos a escuchar lo que está naciendo.
Dejar ir - o dejar que los muertos entierren a sus
muertos (Lc 9,60) - no significa perder la verdad: significa liberarla de las
formas que ya no logran comunicarla.
No estamos destinados a custodiar cenizas, sino a
reconocer los rayos del amanecer de nuevos cielos y nuevas tierras.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
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