Naza… o ¿qué nos hace realmente humanos?
Desde el momento en que recibió el aplauso más prolongado de la Sala Grande y el Premio Especial del Jurado en la 83.ª edición del Festival Internacional de Cine de Venecia, Naza ha sido objeto de una violenta contraofensiva mediática y política por parte del Gobierno israelí, que ha acusado a los autores de alta traición y ha propuesto la retirada de la ciudadanía.
En consecuencia, Yuval Abraham anunció en X que la
película se difundirá en Internet a partir de noviembre: «Debido al interés y a la
importancia pública del asunto, Rachel y yo hemos decidido, junto con el Guardian, que la película Naza estará disponible de forma
gratuita en Internet, sin límite de tiempo, para que cualquiera pueda verla y
escuchar los testimonios de los soldados».
Porque este es, de hecho, el escándalo inaceptable: quienes
revelan al mundo el genocidio en curso esta vez no son los ojos y las voces
palestinas, sino las israelíes. Nos sacan de lo que es nuestra zona de confort
amable y cómodo…
«Naza», en la jerga de los servicios
de inteligencia y las milicias israelíes, es el acrónimo con el que se hace
referencia a los «daños colaterales» de las acciones de agresión, es decir, a los
civiles que mueren en los bombardeos de los edificios de Gaza: dos, tres,
incluso quinientas personas de una sola vez.
Y para narrar este horror normalizado, los directores
han entrevistado, en secreto, por la noche, en los tejados de Tel Aviv, durante
tres años, a veinticuatro agentes - mujeres incluidas - que participaron en las
acciones. Con un estilo impasible, protegiendo a los testigos mediante el
camuflaje digital de sus voces y rostros.
Yuval Abraham y Rachel Szor forman parte del colectivo israelo-palestino que ya había realizado Ninguna otra tierra, galardonada en los Óscar de 2025: la película, rodada antes de los ataques de Hamás del 7 de octubre de 2023, narraba los esfuerzos de un grupo de activistas palestinos por oponerse a la destrucción de su pueblo natal, Masafer Yatta, en Cisjordania, a manos de las Fuerzas de Defensa de Israel. Allí, el exterminio se contemplaba desde la perspectiva de quienes lo estaban perdiendo todo.
Esta vez, en cambio, la aniquilación del pueblo
palestino se contempla desde la perspectiva de quienes matan, lo que vacía el
relato de cualquier elemento de identificación emocional. Naza, durante la mayor parte del metraje, no nos hace
llorar, ni siquiera nos muestra lo que cabría esperar. Nos hace escuchar e
imaginar, utilizando sonidos y palabras que, en esta ocasión, no son los de la
lengua árabe ni del inglés, sino, principalmente, del hebreo.
Naza es, paradójicamente, una película hermosa, tanto en
el sentido cinematográfico como en el ético-político. Paradójicamente hermosa porque habla de la muerte,
pero, sobre todo, por el lenguaje que se utiliza en esta película.
La sensación que uno tiene al ver Naza actúa como una situación alienante que sabotea las
imágenes y las historias ya establecidas de destrucción o de justificación del
horror que ya no somos capaces de ver ni escuchar de verdad y que, por lo
tanto, de hecho, en forma de imágenes de fondo, asimilamos, aceptamos y dejamos
que existan, cada vez con mayor indiferencia.
El espeluznante escenario de las decenas de miles de muertos que desfilan a diario por nuestras pantallas, en imágenes ya quemadas por la sobreexposición, esta vez, en cambio, queda fuera de campo, desplazando al centro lo que suele estar fuera, pero que ahora se convierte, paradójicamente, en lo obsceno en escena, es decir: la inhumanidad encarnada de las tecnologías inteligentes, que de ser una fuerza estratégica iluminadora de la inteligencia más poderosa del mundo se convierte, también visualmente, en un mundo oscuro, fantasmal y perturbador.
Ver Naza, de hecho, es un poco como asistir a una clase magistral sobre el genocidio. La frialdad del asesinato se transforma en un principio formal. La banalidad del mal actúa aquí como la impersonalidad del horror.
Al ver la película, escuchamos los relatos de los
agentes, mientras la cámara nos muestra y, en cierto sentido, también nos
permite espiar los interiores domésticos de los edificios circundantes de la
capital israelí. Son hogares en los que se desarrollan los rituales de la vida
cotidiana de todos: hay quien regresa a casa, quien prepara la cena, quien se
prepara para dormir.
También en un sentido formal, Naza, desde el punto de vista cinematográfico, es un
experimento sobre la banalidad del horror en la era de la inteligencia
artificial: ahí radica precisamente su grandeza.
De hecho, la película conforma un escalofriante
sistema de duplicaciones paradójicas, en el sentido de que, para permitir que
los entrevistados hablaran sin riesgos, la dirección ha alterado sus voces y
sus rostros mediante la inteligencia artificial, que, sin embargo, es también
el mismo recurso gracias al cual los asesinos a sueldo israelíes han podido
acceder a los teléfonos de los objetivos palestinos.
Exactamente igual que lo hacemos nosotros al ver la
película, los agentes israelíes pudieron así espiar las vidas de los habitantes
de Gaza y darse cuenta, por ejemplo, de que si entre los diálogos espiados por
los satélites se oía la voz de un niño que preguntaba: «¿Cuándo llega papá?», ese
era el momento adecuado para preparar los drones para el lanzamiento de las
bombas.
Así se destruyeron miles de vidas de civiles: mientras
cenaban, jugaban, preparaban una fiesta o llamaban a una mascota.
Este terrorismo tan inhumano, tanto por haberse
consumado con indiferencia como por haberse llevado a cabo mediante
inteligencia ajena a los cuerpos, se representa, a lo largo de toda la
película, con una fotografía lúgubre; excepto en el momento final, cuando la
imagen fuera de campo de los cuerpos palestinos bajo los escombros se nos presenta
ante los ojos, como si por fin los volviéramos a ver; con un estilo impasible
que recurre al lenguaje documental para transformar la impersonalidad - de un
genocidio - en tema de fondo: lo obsceno que nos mira a nosotros.
Acabo ya. Ante los testimonios de los 24 soldados de las FDI entrevistados, uno tiene la sensación de cómo hoy en día ya no es posible eludir la pregunta radical: ¿qué nos hace realmente humanos? De fondo, hay una «clave» continua: ¿qué nos ha conducido, o nos está conduciendo, a esta in-humanidad tan atroz y brutal? ¿Somos realmente humanos?
Los invitados de piedra a lo largo de toda la película son las víctimas del genocidio. A 1 de octubre de 2026, según el Ministerio de Sanidad de Gaza, los palestinos asesinados en la Franja desde el inicio de la guerra ascienden a 74 040. De ellos, 21 730 son niños. La cifra incluye a las víctimas registradas por los hospitales y las autoridades sanitarias locales, pero desde luego no a las que aún yacen bajo los escombros y que, probablemente, nadie podrá contar jamás. Sin contar los 175 168 heridos, cifra que, obviamente, también está subestimada.
No obstante la película parece dejar
deliberadamente a estos muertos y heridos en un segundo plano, como un «eco»
que contrasta con los israelíes vivos y sanos.
Emmanuel Lévinas en su “Totalidad e infinito” sugería
que lo que constituye propiamente lo humano es la capacidad de reconocer en el
otro, en su rostro, una alteridad irreductible a mí y a mi poder: «Este
infinito, más fuerte que el homicidio, ya se nos resiste en su rostro, es su
rostro, es la expresión originaria, es la primera palabra: “no matarás”».
(Totalidad e infinito, 1977, p. 218).
Y uno quiere pensar con la mente y creer con el
corazón que esto habita en nosotros mucho antes de la búsqueda de un culpable o
de la distinción, por necesaria que sea, entre buenos y malos… Solo si nos
adentramos en esta distinción teniendo siempre presente el rostro del otro, ya
sea bueno o malo, hebreo o palestino,…, todo cobra su sentido: un sentido
humano.
De lo contrario, volvemos a la ley de la selva que no hace más que alimentar esa misma lógica que ha llevado a este genocidio… y que, lamentablemente, ha provocado otros que están en curso y de los que nadie se hace eco… u otros futuros... que hasta nos hacen creer que el mal fuera una realidad banal...
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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