La fatiga de creer - San Juan 20, 19-31-
Sin duda hay otro camino, un camino más ligero y luminoso; existe una fe sin sombras ni pesadumbres, consoladora, sonriente y segura, una fe que llena incluso el presente. Lo siento, yo no la conozco.
Por supuesto que también para mí la resurrección de
Cristo es el centro de la fe y lo es cada vez más; también a mí la esperanza me
abre los ojos cada mañana y me gusta reír y vuelvo a sorprenderme de las cosas
a cada instante, pero sé que todo nace y renace continuamente de la oscuridad,
del dolor, del misterio de la muerte que me parece que late en el corazón de
cada instante.
Un vacío que es una boca abierta de par en par, un
abismo de deseos, un vacío abismal de amor que ya habita en cada célula. Existe
otro camino para llegar a Dios, eso es seguro, pero para mí es demasiado tarde,
solo conozco este.
Y así, también esta página del Evangelio me sorprende
no tanto por una supuesta luz resolutiva fruto del encuentro con el Resucitado,
sino por la oscuridad cerrada de la que todo parte, por el abismo en el que
finalmente han entrado los discípulos. Lo repito, estoy seguro, existe otro
camino; soy consciente de que el riesgo de considerar inevitables el dolor y el
desamparo puede lastrar el anuncio, pero yo, al leer este texto y ver a los
discípulos encerrados en ese vientre de oscuridad y miedo, en esa ceguera, me
reconozco.
Me parece que ellos también han entrado en su sepulcro.
En compañía del ciego al borde del camino, de los leprosos, de los ladrones y
de las prostitutas, de los paralíticos, de Lázaro, en fin, de toda esa gente
que sentía la necesidad de tocar al menos el manto del Maestro.
Allí, en ese agujero oscuro y sepulcral, yo también
puedo entrar y ponerme a esperar con ellos; siento que mis dolores se toman en
serio, y mi hambre también, y nadie me dirá palabras demasiado consoladoras y
definitivas; imagino el silencio tenso y listo para la sorpresa, imagino el
respeto por el dolor ajeno; entraría de buen grado en una Iglesia así. Sé que
existe otro camino, pero qué le vamos a hacer, cada uno elige el suyo, es el
que encuentra, descifrando pacientemente las cartas de su propio destino.
«Vino Jesús, se quedó en medio de ellos». Como si brotara de allí, como si el Viviente necesitara nuestro hambre, esto me gusta. La vida nace desde dentro del dolor, la esperanza creíble no es una alternativa al duelo, del vientre del desamparo nace el camino transitable hacia el Más Allá.
Que Jesús no me haga sentir culpable, nunca, por mi
intimidad con la oscuridad, por la afinidad con el dolor, por ese caminar en
contacto muy estrecho con el desamparo; a este Jesús que brota de las lágrimas
lo adoro y lo siento creíble.
No, no estoy idealizando el dolor ni tampoco la
muerte; hay otros caminos, eso es seguro, pero yo estoy aquí, en mi lugar,
dejándome interrogar codo con codo con quienes no han elegido la oscuridad,
sino que la han encontrado. Y saben que el dolor no pasará. Al menos no ahora,
al menos no aquí. Más vale habitarlo, interrogarlo, suplicarle que el Viviente
brote de nuestras heridas; esto me da esperanza.
«La paz sea con vosotros. Dicho esto, les mostró las manos y el
costado». Estoy enamorado de este
Jesús que se atreve a hablar de paz partiendo de las heridas. Miro las marcas
de las manos y siento que es la huella de esa carne destrozada la que da
sentido al deseo de paz. Estoy cansado de supuestas verdades que no se miden
por el dolor.
La estéril exactitud de un concepto enunciado con
cuidado me da miedo si no ha nacido del dolor, si no está embarrado y
corrompido por el fango de la vida real. Sé que existe otro camino, pero no es
el mío. No sé si lograré ser fiel a este sueño, pero me gustaría poder dar a
luz solo palabras pulidas por la aspereza de la vida humana. Palabras dolidas y
sangrantes.
«Dicho esto, sopló y les dijo: Recibid el Espíritu Santo. A aquellos a quienes perdonéis…». Sé que existe otro camino, pero este lo conozco, el que parte de la vida que pide misericordia.
A aquellos a quienes perdonéis… porque la vida, por lo
que yo sé, por los testimonios que recojo, tiene mucho que perdonar. Porque la
vida a menudo miente, decepciona, cambia los finales. Hace morir a los hijos,
se ensaña con las víctimas, no afloja el yugo de la enfermedad, mata al
inocente…
Sé que existen otros caminos y que la vida es a menudo
más ligera, pero ese camino no es el mío. No puedo dejar de partir de ahí, de
una vida que pide ser perdonada. Y solo un don divino nos da el aliento para
balbucear nuestro perdón. Un beso desde lo alto, leve como un silencio vaciado
que, casualmente, se muestra en los bordes de una caverna, un silencio cargado
y valiente que dice que la falta que oprime el corazón es solo la contracción
materna de la vida que aquí mendiga la plenitud que será.
No ahora, no aquí, pero ya ahora y ya aquí puedo rogar
al Eterno que tenga piedad de nosotros, que florezca, al menos por un instante,
un destello de eternidad desde el corazón de nuestros dolores.
¿Qué decir de Tomás? Que él también debe entrar en el seno oscuro y fecundo del dolor compartido. Que un anuncio demasiado directo y desencarnado de los amigos no convence. ¿Qué decir de Tomás sino que lo entiendo? ¿Cómo creer sin ver las heridas?
«Porque me has visto, has creído; bienaventurados los que no han
visto y han creído». No creo ser
bienaventurado, yo he visto, sigo viendo, siento el Aliento del Eterno, a eso
me aferro para creer. No soy bienaventurado porque he visto y sigo viendo.
Bienaventurado es quien permanece en las entrañas del dolor, marcado por el cansancio, y no ve, pero cree de todos modos en la vida.
Bienaventurado es quien está convencido de que todo se consume aquí y no logra perdonarle a la vida, y sin embargo no vive en el resentimiento y, a veces, incluso sonríe.
Bienaventurado es quien está decepcionado por la vida y, sin embargo, ama al hombre como lo ama el Resucitado.
Bienaventurado será su
asombro, no ahora, no aquí.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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