Una fe herida - San Juan 20, 19-31-
En voz baja, como si no quisiera molestar, sin romper la poesía del silencio. De puntillas, como cuando el sol se pone y acaricia el valle con la oscuridad, envolviendo cada casa en un poco de calor.
La tarde de
aquel día, el primero de la semana, mientras las puertas del lugar donde se
encontraban los discípulos estaban cerradas por temor a los judíos…
Se necesitan puertas cerradas y solo el temor. Se
necesita silencio e intimidad, se necesita que no haya mucho más que lo
esencial, un poco de pan y al menos algún rastro de calor humano. Se necesita
una vida depositada, como resignada. Se necesita saber que es inútil hablar de
resurrección, es algo íntimo, algo que brota por dentro.
En el interior, y en la oscuridad. Y en el silencio.
Pronunciar la palabra «resurrección» en una plaza o en una Iglesia,
a la luz del sol, mezclándola con el sonido de campanas demasiado estridentes,
arrojándola a la refriega de las lenguas, pintándola en obras de arte,
sumergiéndola en proclamas catequísticas será un acto blasfemo y, en esencia,
inútil.
Ni siquiera Tomás creerá en el anuncio; no basta con
decir «hemos visto al Señor».
Cerrar las puertas, crear un seno protegido, saber que ni siquiera los amigos
creerán por «oído decir». Que tampoco la nuestra puede llamarse fe si es
solo por oído decir.
Es necesario que no se crea, ni siquiera por un segundo, que la resurrección sea como pasar la página de un libro. Creer es descender, descender hacia dentro, aprendiendo del Resucitado, adentrarse en silencio en las llagas de la vida. Que nunca serán borradas.
Yo esto sí que puedo creerlo: que vivir la
resurrección no es abandonarse al sueño de que «todo irá bien», no es
creer en la existencia de un lugar suspendido y angelical, no es abandonarse a
la luz, no es un descanso eterno, no es liberarse de las angustias terrenales
para diluirse en un Infinito sin límites…
Yo, como Tomás, quiero que las llagas se tomen en
serio. No puedo creer que se olviden.
En nombre de esta vida, en nombre del milagro de nacer
y morir, en nombre de quienes creyeron en ello, en nombre de cada lágrima
derramada, de cada violencia sufrida, de cada injusticia. En nombre de quienes
he visto morir mal. En nombre de todos los niños cuyo corazón se ha detenido,
en nombre de quienes han sufrido la vida… pero también solo por mí, que en mi
pequeña medida me he enamorado y he confiado en estos días que se convierten en
años, solo por mí, que me he encariñado con las personas, que me he emocionado,
que me he tomado en serio la tarea de comprender el drama humano, solo por mí,
no puedo conformarme con una Iglesia que dice «hemos visto al Señor».
Yo he visto, como todos, las llagas y la sangre. Yo he
creído, como tantos, que quizá hubiera sido mejor no nacer porque el dolor es
realmente algo insoportable e injusto. Yo creo en la vida terrenal, con un acto
de fe total; no me sirve de nada un Dios que habita en otro lugar, uno que se
olvida de la sangre y del drama al que nos hemos visto obligados.
Tomás, uno de los Doce, llamado Dídimo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Los otros discípulos le decían: «¡Hemos visto al Señor!». Pero él les dijo: «Si no veo en sus manos la marca de los clavos y no meto mi dedo en la marca de los clavos y no meto mi mano en su costado, no creeré».
¡Tiene razón Tomás, mi gemelo, mi semejante, tiene
razón Tomás! ¿De qué sirve la repetición de palabras de esperanza que no tienen
el valor de penetrar en las heridas del mundo? ¿De qué sirve una fe que ante mi
sepulcro, ante mi dolor, que es sagrado (¡y que nunca debéis atreveros a
comparar con el dolor de otros!), repite con molesta seguridad que Dios existe?
Vino Jesús,
a puerta cerrada, se puso en medio y dijo: «¡La paz sea con vosotros!». Luego
le dijo a Tomás: «Pon aquí tu dedo y mira mis manos; extiende tu mano y ponla
en mi costado; ¡y no seas incrédulo, sino creyente!».
Hoy solo tengo apuntes desordenados, doctrinas frágiles,
escombros existenciales. Pero si me atrevo a dejar caer siquiera unas pocas
palabras sobre este fondo blanco es porque Jesús se llevó consigo las heridas.
Incluso más allá de la muerte. Y me pidió que entrara en ellas. Yo creo en las
heridas, tengo una fe inquebrantable en el dolor, puedo seguir entrando en las
llagas.
La fe es un acto de inmersión, de descenso a los
infiernos de la vida cotidiana. La fe es no olvidar, es mantener abierta una
pregunta, es vivir como heridos. Expuestos.
No sé qué habrá después; yo, a la luz de este
Evangelio, puedo decir que hoy mi dolor no está olvidado, que se toma en serio.
Sé que Alguien no lo olvida, lo guarda. Sopla sobre él, como una madre. Y como
una madre me dice que vuelva a caminar, y como una madre me dice que no viva
resentido, me pide que perdone. Solo confío en quien se toma en serio mis
heridas.
«Mi Señor y mi Dios», no serías «mío» si no habitaras mi dolor, mis dramas, mis angustias. No serías «mío» sin el recuerdo de mi vida, de a quienes he amado, de lo que he perdido. No me importa que otros te hayan visto, yo quiero aprender a sentirte mío. Como una herida grabada para siempre en mi carne.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF.
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