El drama de enfrentar a Dios contra el hombre - San Juan 9,1-41 -
Un hombre nacido ciego, tan pobre que solo se tiene a sí mismo. Y Jesús se detiene precisamente por él.
Llega la primera pregunta: ¿por qué es ciego? ¿Quién
ha pecado? ¿Él o sus padres?
Jesús nos aleja inmediatamente de la idea de que el
pecado es la explicación del mal, la piedra angular de la religión.
La Biblia no da respuestas al porqué del mal inocente.
Es una búsqueda en vano. Ni siquiera Jesús lo explica. Hace otra cosa: libera
del mal, se conmueve, se acerca, toca, abraza, levanta.
El dolor, más que una explicación, quiere ser
compartido. Jesús unta un poco de barro en los párpados del ciego, lo envía a
la piscina de Siloé, vuelve y ya ve: un hombre finalmente traído a la luz.
En nuestra lengua, alumbrar también se dice «dar a
luz». Jesús da a luz, da a luz la vida plena.
El hilo conductor del relato es una segunda pregunta,
insistente, repetida siete veces: ¿cómo se te han abierto los ojos?
Todos quieren saber «cómo» se hace, «cómo» se apodera uno del
secreto de unos ojos nuevos y mejores, todos sienten que tienen unos ojos
incompletos.
Lo sabemos: basta una lágrima y ya no ves. Cuántos
ojos agudos he visto apagarse: decían que veían bien y bastó una lágrima, la
uña de un dolor, y se nublaron, los horizontes y las calles desaparecieron.
Ante la alegría del hombre «nacido (alumbrado)»,
que ve por primera vez el sol, el azul del cielo y los ojos de su madre,
incluso los árboles, si pudieran, bailarían; incluso los ríos aplaudirían, dice
el salmo.
Los fariseos, no. No ven al ciego iluminado, sino solo
un artículo violado: nada de milagros en sábado. Hoy no se salvan vidas. Hay un
descanso sagrado. Tenéis seis días para curaros, no el sábado. ¡El sábado Dios
os quiere ciegos!
Pero ¿qué religión es esa que no mira por el bien
del hombre, sino que solo habla de sí misma, a sí misma?
Una fe que no se interesa por lo humano no merece que
nos dediquemos a ella - Dietrich Bonhoeffer
-.
Hay una tristeza infinita en esta página.
Los fariseos enfrentan a Dios contra el hombre, y es
el peor drama que le puede pasar a nuestra fe, a todas las fes: muestran que es
posible ser creyentes sin ser buenos; creyentes y duros de corazón. Es fácil y
es mortal.
Pero no, la gloria de Dios no es el sábado observado,
sino un mendigo que se levanta, que vuelve a la vida plena, hombre finalmente
promovido a hombre.
Y su mirada que ilumina el mundo da más alegría a Dios
que todos los mandamientos observados.
Como él, volvamos a tener ojos de niños, de hijos
amados: ojos abiertos, ojos maravillados, ojos agradecidos y confiados, ojos
esperanzados, ojos que ríen o lloran con quien está delante de ellos; ojos, en
definitiva, contagiados del cielo.
Señor, pon luz en mis pensamientos, luz en mis
palabras, luz en mi corazón.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
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