Todos somos como ciegos en busca de la luz - San Juan 9,1-41 -
El protagonista de la historia es el último de la ciudad, un mendigo ciego de nacimiento, que nunca ha visto el sol ni el rostro de su madre. Tan pobre que no tiene nada, solo se tiene a sí mismo.
Y Jesús se detiene por él, sin que él le haya pedido
nada. Hace un poco de barro con polvo y saliva, como arcilla de una mínima
creación nueva, y lo extiende sobre los párpados que cubren la oscuridad.
En este relato de polvo, saliva, luz y dedos, Jesús
es Dios que se contamina con el hombre, y también es el hombre que se contagia
del cielo; tenemos una mirada mestiza, con una parte terrenal y otra celestial.
Cada niño que nace «viene a la luz» (alumbrar
es «dar
a luz»), cada uno es una mezcla de tierra y cielo, de polvo y luz
divina. «Todos nacemos a medias y toda la vida nos sirve para nacer del todo»
- María Zambrano -.
Nuestra vida es un amanecer continuo. Dios amanece en
nosotros. Jesús es el guardián de nuestros amaneceres, el guardián de la plenitud
de la vida, y seguirlo es renacer; tener fe es adquirir una nueva visión de las
cosas.
El ciego ve la luz, renace con sus nuevos ojos,
contados por el hilo rojo de una pregunta repetida siete veces: ¿cómo
se te han abierto los ojos? Todos quieren saber «cómo», apoderarse del
secreto de unos ojos invadidos por la luz, todos con ojos aún no nacidos.
La pregunta insistente (¿cómo se abren los ojos?)
indica un deseo de más luz que habita en todos; un deseo vital, pero que no
madura, un brote inmediatamente sofocado por el polvo estéril de la ideología
de la institución.
El hombre nacido ciego pasa de ser milagroso a ser
acusado.
A los fariseos no les interesa la persona, sino el
caso de manual; no les interesa la vida que ha vuelto a brillar en esos ojos,
sino la doctrina «sana». Y
comienzan un proceso por herejía, porque ha sido curado en sábado y en sábado
no se puede, es pecado...
Pero ¿qué religión es esta que no mira por el
bien del hombre, sino solo por sí misma y sus reglas?
Para defender la doctrina niegan la evidencia, para
defender la ley niegan la vida. Lo saben todo sobre las reglas morales y son
analfabetos en cuanto al hombre. En lugar de disfrutar de la luz, preferirían
que volviera a ser ciego, así tendrían razón ellos y no Jesús.
Dicen: ¡Dios quiere que los ciegos sigan ciegos en
sábado! ¡Nada de milagros en sábado! La gloria de Dios son los preceptos
observados. Ponen a Dios contra el hombre, y eso es lo peor que le puede pasar
a nuestra fe.
Pero no, la gloria de Dios es un mendigo que se
levanta, un hombre que vuelve a la vida plena, un hombre finalmente promovido a
hombre.
Y su mirada luminosa, que pasa e ilumina, da más
alegría a Dios que todos los mandamientos observados.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
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