Confiar en Dios, como mendigos perdidos en la oscuridad - San Juan 9,1-41 -
Jesús vio a un hombre ciego de nacimiento... Jesús ve. Ve al marginado de la ciudad, el último de la fila, un mendigo ciego. El invisible.
Y mientras los demás siguen su camino, Jesús no, él se
detiene. Sin que nadie le llame, sin que nadie le pida nada. Jesús no pasa de
largo, para él cada encuentro es un destino.
Lo mismo ocurre con nosotros, Él nos encuentra tal y
como somos, rotos como estamos: «En el Evangelio, la primera mirada de Jesús
nunca se posa en el pecado, sino siempre en el sufrimiento de la persona»
- Johannes Baptist Metz -.
Los discípulos que llevan años caminando con Él, los
fariseos que ya han recogido las piedras para lapidarlo, todos buscan primero
las culpas (¿quién ha pecado, él o sus padres?), buscan pecados para
justificar esa ceguera.
Jesús no juzga, se acerca. Y sin que el ciego le pida
nada, hace barro con saliva, extiende un pétalo de barro sobre esos párpados
que cubren la nada.
Jesús es Dios que se contamina con el hombre, y
también es el hombre que se contagia del cielo. Cada hombre, cada mujer, cada
niño que viene al mundo, que nace, es una mezcla de tierra y cielo, una lámpara
de arcilla que guarda un soplo de luz.
Ve a lavarte a la piscina de Siloé...
El mendigo ciego confía en su bastón y en la palabra
de un desconocido. Confía cuando el milagro aún no se ha producido, cuando solo
hay oscuridad a su alrededor. Fue a la piscina y volvió viendo.
Ya no se apoya en su bastón; ya no se sentará en el
suelo a implorar piedad, sino que camina erguido con la cara al sol, finalmente
libre. Finalmente hombre. «Hijo de la luz y del día» (1 Ts
5,5), devuelto a la luz, renacido a una existencia de valor y maravilla.
Por segunda vez, Jesús cura en sábado. Y en lugar del
canto de alegría, entra en el Evangelio una infinita tristeza.
A los fariseos no les interesa la persona, sino el
caso de manual; no les interesa la vida que ha vuelto a brillar en esos ojos,
sino la «sana» doctrina. Y comienzan un proceso por herejía: el hombre pasa de
milagroso a acusado.
Pero Jesús continúa su anuncio del rostro amoroso del
Padre: a Dios le interesa ante todo un hombre liberado, vidente, en camino; una
relación que genere alegría y esperanza, que traiga libertad y haga florecer lo
humano.
Jesús subvierte la vieja religión dividida y herida,
cose la ruptura, une al Dios de la vida y al Dios de la doctrina, y lo hace
poniendo al hombre en el centro. La gloria de Dios es un hombre con luz en los
ojos y en el corazón.
Los hombres de la antigua religión dicen: ¡La gloria
de Dios es el precepto observado y el pecado expiado! Pero no, la gloria de
Dios es un mendigo que se levanta, un hombre con los ojos llenos de luz. Y todo
se ilumina con ella.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
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