domingo, 1 de marzo de 2026

Confiar en Dios, como mendigos perdidos en la oscuridad - San Juan 9,1-41 -.

Confiar en Dios, como mendigos perdidos en la oscuridad - San Juan 9,1-41 -

Jesús vio a un hombre ciego de nacimiento... Jesús ve. Ve al marginado de la ciudad, el último de la fila, un mendigo ciego. El invisible.

 

Y mientras los demás siguen su camino, Jesús no, él se detiene. Sin que nadie le llame, sin que nadie le pida nada. Jesús no pasa de largo, para él cada encuentro es un destino.

 

Lo mismo ocurre con nosotros, Él nos encuentra tal y como somos, rotos como estamos: «En el Evangelio, la primera mirada de Jesús nunca se posa en el pecado, sino siempre en el sufrimiento de la persona» - Johannes Baptist Metz -.

 

Los discípulos que llevan años caminando con Él, los fariseos que ya han recogido las piedras para lapidarlo, todos buscan primero las culpas (¿quién ha pecado, él o sus padres?), buscan pecados para justificar esa ceguera.

 

Jesús no juzga, se acerca. Y sin que el ciego le pida nada, hace barro con saliva, extiende un pétalo de barro sobre esos párpados que cubren la nada.

 

Jesús es Dios que se contamina con el hombre, y también es el hombre que se contagia del cielo. Cada hombre, cada mujer, cada niño que viene al mundo, que nace, es una mezcla de tierra y cielo, una lámpara de arcilla que guarda un soplo de luz.

 

Ve a lavarte a la piscina de Siloé...

 

El mendigo ciego confía en su bastón y en la palabra de un desconocido. Confía cuando el milagro aún no se ha producido, cuando solo hay oscuridad a su alrededor. Fue a la piscina y volvió viendo.

 

Ya no se apoya en su bastón; ya no se sentará en el suelo a implorar piedad, sino que camina erguido con la cara al sol, finalmente libre. Finalmente hombre. «Hijo de la luz y del día» (1 Ts 5,5), devuelto a la luz, renacido a una existencia de valor y maravilla.

 

Por segunda vez, Jesús cura en sábado. Y en lugar del canto de alegría, entra en el Evangelio una infinita tristeza.

 

A los fariseos no les interesa la persona, sino el caso de manual; no les interesa la vida que ha vuelto a brillar en esos ojos, sino la «sana» doctrina. Y comienzan un proceso por herejía: el hombre pasa de milagroso a acusado.

 

Pero Jesús continúa su anuncio del rostro amoroso del Padre: a Dios le interesa ante todo un hombre liberado, vidente, en camino; una relación que genere alegría y esperanza, que traiga libertad y haga florecer lo humano.

 

Jesús subvierte la vieja religión dividida y herida, cose la ruptura, une al Dios de la vida y al Dios de la doctrina, y lo hace poniendo al hombre en el centro. La gloria de Dios es un hombre con luz en los ojos y en el corazón.


Los hombres de la antigua religión dicen: ¡La gloria de Dios es el precepto observado y el pecado expiado! Pero no, la gloria de Dios es un mendigo que se levanta, un hombre con los ojos llenos de luz. Y todo se ilumina con ella.



P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

No hay comentarios:

Publicar un comentario

El militarismo o comulgar con ruedas de molino.

El militarismo o comulgar con ruedas de molino Hay un rasgo común en los discursos públicos actuales sobre el rearme: la rapidez con la que ...