Si encuentras a Jesús, te conviertes en otra persona - San Juan 9,1-41 -
El protagonista de hoy es el último de la ciudad, un mendigo ciego, alguien que no tiene nada, nada que dar a nadie. Y Jesús se detiene ante él. Porque la primera mirada de Jesús sobre el hombre siempre se posa en su sufrimiento; él no juzga, se acerca.
La gente que conocía al ciego, después del encuentro
con Jesús ya no lo reconoce: Es él; no, no es él. ¿Qué ha cambiado? Desde
luego, no su aspecto físico.
Cuando te encuentras con Jesús, te conviertes en otra
persona. Cambia lo que deseas, adquieres una nueva mirada sobre la vida, sobre
las personas y sobre el mundo. Ves más profundamente, más lejos, se abren los
ojos del corazón.
Entonces lo llevaron a los fariseos.
De milagroso a acusado. Sucedió que, por segunda vez,
Jesús curó en sábado.
En sábado no se puede, se transgrede el más santo de
los preceptos. Es un problema ético y teológico que la gente no sabe resolver y
que delega a los depositarios de la doctrina, a los fariseos.
¿Y qué hacen ellos? No ven al hombre, ven el caso
moral y doctrinal.
A la institución religiosa no le interesa el bien del
hombre, para ellos el único criterio de juicio es la observancia de la ley. Hay
una infinita tristeza en todo esto. Para defender la doctrina niegan la
evidencia, para defender la ley niegan la vida.
Lo saben todo sobre las reglas y son analfabetos en
cuanto al hombre. Querrían que volviera a ser ciego para darles la razón.
El drama que se consume en esa sala, y en muchas de
nuestras comunidades, es este: el Dios de la vida y el Dios de la religión se
han separado y ya no se encuentran. La doctrina separada de la experiencia de
la vida.
Pero el ciego se ha vuelto libre, se ha vuelto fuerte,
planta cara a los sabios: Vosotros habláis y habláis, pero mientras tanto yo
veo.
Y nos dice que si una experiencia te comunica vida,
entonces también es buena y bendita. Porque la ley suprema de Dios es que el
hombre viva.
¿Has nacido en pecado y quieres enseñarnos? También los discípulos habían preguntado: ¿Quién
ha pecado? ¿Él o sus padres?
Jesús no está de acuerdo: Ni él ha pecado, ni sus
padres.
Jesús se aleja inmediatamente de esta visión que
ciega; da un vuelco a la vieja mentalidad: el pecado no es el eje alrededor del
cual giran Dios y el mundo, no es la causa ni el origen del mal.
Dios lucha contigo contra el mal, Él es compasión,
futuro, mano viva que toca el corazón y lo abre, amor que hace renacer la vida,
que prefiere la felicidad de sus hijos a su obediencia.
El fariseo repite: ¡La gloria de Dios es el precepto
observado!
Y, en cambio, no, la gloria de Dios es un mendigo que
se levanta, un hombre que vuelve feliz al ver. ¡Y su mirada luminosa, que
brilla por un instante, alaba a Dios más que todos los sábados!
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
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