Llamados a la luz de la alegría de Dios - San Juan 9,1-41 -
Una caricia de luz sobre el ciego. Jesús toca e ilumina los ojos de un mendigo que nos representa a todos.
Una caricia de luz que se convierte en caricia de
libertad.
Quien no ve debe apoyarse en otros, en muros, en un
bastón, en sus padres, en los fariseos. Quien ve camina seguro, sin depender de
otros, libre. Como el ciego del Evangelio que, curado, se vuelve fuerte, ya no
tiene miedo, planta cara a los sabios, se fija en los hechos concretos y no en
las palabras. Se nutre de luz y se atreve. Libre.
Una caricia de libertad que se convierte en caricia de
alegría. Porque ver es disfrutar
de los rostros, de la belleza, de los colores. La luz es un toque de alegría que
se posa sobre las cosas.
Así, la fe, que es una nueva visión de las cosas, crea
una mirada brillante que lleva la luz allí donde se posa: «Vosotros sois luz en el Señor»
(Efesios 5,8).
Los fariseos, los que conocen todas las reglas, no
sienten alegría por los nuevos ojos del ciego porque les interesa la Ley y no
la felicidad del hombre: ¡nunca milagros en sábado!
No comprenden que Dios prefiere la felicidad de sus
hijos a la fidelidad a la ley, que habla el lenguaje de la alegría y por eso
sigue seduciendo.
Funcionarios de las reglas y analfabetos del corazón.
Ponen a Dios contra el hombre y eso es lo peor que le
puede pasar a nuestra fe.
Dicen: «Que los pobres sigan siendo pobres, que los
mendigos sigan mendigando, que los ciegos se conformen, ¡siempre y cuando se
observe el sábado! ¡La gloria de Dios es el precepto observado!».
Pero no, la gloria de Dios es un hombre que vuelve a
ver. ¡Y su mirada brillante alaba a Dios más que todos los sábados!
Y es una dura lección: los fariseos muestran que se
puede ser creyente sin ser bueno; que se puede ser hombre de Iglesia y no tener
piedad; que es posible «obrar» en nombre de Dios e ir contra Dios.
Administradores de lo sagrado y analfabetos del corazón.
En las palabras de los fariseos, el término que más se
repite es «pecado»: «Sabemos que eres pecador; has nacido todo en
pecado; si uno es pecador, no puede hacer estas cosas»; incluso los
discípulos habían preguntado: «¿Quién ha pecado? ¿Él o sus padres?».
El pecado se eleva a teoría que explica el mundo, que
interpreta al hombre y a Dios. Jesús no está de acuerdo: «Ni él ha pecado, ni
sus padres». Se aleja de inmediato, con la primera palabra, de esta visión para
declarar cómo ciega sobre Dios y sobre los hombres.
Jesús hablará del pecado solo para decir que está
perdonado, borrado.
El pecado no explica a Dios. Dios es compasión,
futuro, acercamiento ardiente, mano viva que toca el corazón y lo abre, amor
que hace nacer y renacer la vida, que trae luz. Y tu corazón te dirá que estás
hecho para la luz.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
No hay comentarios:
Publicar un comentario