Transfiguración: Levantarse y seguir caminando sin miedo - San Mateo 17, 1-9 -
«Levantaos y no tengáis miedo». Estas son las únicas palabras que Jesús, en el monte de la Transfiguración, dirige a sus discípulos. Estas son las únicas palabras de Jesús en el centro del acontecimiento de la Transfiguración. Solo Mateo recoge estas palabras de Jesús. Estas palabras nos llegan también hoy, aquí y ahora, a nosotros.
Las palabras de Jesús van al encuentro de la caída y
el temor de los tres discípulos que se encuentran inmersos y perdidos en una
nube que se revelará luminosa, una nube no de tinieblas y ausencia, sino de luz
y presencia, pero que solo se revelará como tal gracias a la escucha de la
palabra de Jesús. Y esta es la palabra decisiva: «Levantaos y no temáis».
Este relato nos lleva a lo esencial de la fe y de
nuestra propia vida de fe y de discipulado, a su fundamento ineludible y que
solo puede dar firmeza, sentido y perseverancia en el seguimiento.
«Seis días después»: así comienza
nuestro texto y esta nota tiene dos significados.
Dentro de la narración de Mateo, vincula el
acontecimiento en el que Jesús, en el monte Tabor, resplandece con la
luminosidad de Dios mismo, con las palabras pronunciadas por Jesús sobre su
próxima pasión y muerte, así como con la necesidad de que sus discípulos se
nieguen a sí mismos y tomen la cruz para seguirlo (Mt 16,21-28).
Pero este vínculo con acontecimientos oscuros,
sombríos y dolorosos tanto para Jesús como para sus discípulos, acontecimientos
que hablan de sufrimiento y muerte, se reinterpreta a partir de esta
manifestación de la que recibe un nuevo sentido y una nueva luz, luz y sentido
ocultos, no inmediatamente perceptibles, pero auténticos, reales y
vivificantes.
Mateo subraya que es el rostro de Jesús el que se
vuelve resplandeciente como el sol. Ese Jesús que conversa con Moisés y Elías,
los representantes de la Palabra de Dios que se expresa en la Ley y en la
Profecía.
Y nos sugiere que toda la vida de Jesús, incluso su
experiencia de Dios, así como la relación que vive con los discípulos, todo su
ministerio y toda su vida, están guiados por la obediencia a la Palabra,
orientados e iluminados por la escucha interiorizada de la Palabra de Dios
contenida en las Escrituras. Escucha que se convierte en fuente interior de
luz.
Jesús sube con tres discípulos al monte y he aquí que su rostro se vuelve resplandeciente como el sol y sus vestiduras blancas como la luz. ¿De dónde nace esta transparencia de luminosidad que habita en la persona de Jesús?
Mateo lo sugiere diciendo que Jesús conversaba con
Moisés y Elías, es decir, con todas las Escrituras, con la Torá y los Profetas,
y que de una nube luminosa salió una voz que proclamaba a Jesús como Hijo de
Dios y pedía a los discípulos que le escucharan. Una voz que dice: «Este
es mi Hijo, el amado, en él tengo mis complacencias. Escuchadle».
La experiencia de Dios vivida por Jesús es expresada
por Mateo como un resplandor que brilla en el rostro de Jesús y es fruto del
trabajo asiduo de escuchar y leer la palabra de la Escritura.
La Palabra que es luz para los pasos del hombre (Sal
119,105), la Palabra que, escuchada e interiorizada, transmite su vida, su luz,
su fuerza, al cuerpo y al alma del hombre. No ocurre nada mágico ni
sobrenatural, pero todo cobra un nuevo significado, todo lo humano cobra un
nuevo significado, incluso el camino del sufrimiento y la muerte.
Sí, todo encuentra un nuevo sentido y así la vida
encuentra una fuerza antes desconocida y una motivación profunda, radical.
La Transfiguración dice que el esplendor de la gloria
de Dios resplandece en el rostro de Jesús, el Siervo obediente, el que cumple
las Escrituras viviéndolas. Esto es vivir por la fe, vivir de la fe: dejarse
guiar por la Palabra de Dios, no por nuestras palabras.
Nos dejamos iluminar por la Palabra de Dios y no nos
dejamos engañar por nuestros proyectos o nuestros deseos. Aceptando los
sufrimientos y las travesías de la oscuridad que esto conlleva.
Cuando en algún momento Pablo diga que caminamos por
medio de la fe, no por la visión, afirma que la fe nos guía también en la
tiniebla, en la oscuridad, nos orienta cuando estamos en la aporía.
Jesús avanza en la fe, afronta con fe y decisión su
camino, un camino en el que ya ha vislumbrado claramente los rasgos de
sufrimiento y muerte que le esperan, pero ahora conoce, por la fe y en la fe,
también su destino vital.
Jesús sabe que ese es un camino de vida. No en vano,
al bajar de la montaña, Jesús ordenará a los discípulos que no cuenten a nadie
la visión «hasta que el Hijo del hombre haya resucitado de entre los muertos».
Para Mateo la Transfiguración es una experiencia de obediencia a las Escrituras. El Jesús transfigurado es el obediente a las Escrituras. Una obediencia que coincide con la fe misma. La fe de Jesús, por supuesto, pero también la fe a la que están invitados los discípulos. El relato nos invita a escuchar una Palabra que se convierta en experiencia de fe.
«Jesús se acercó y, tocándolos, les dijo: ‘Levantaos
y no temáis’». Este versículo, propio de Mateo, está en el centro del
relato.
La Palabra de Dios escuchada llega de manera vital a
los discípulos en la carne humana de Jesús, que se hace cercano a ellos, los
toca con dulzura y ternura, y les dice que pueden levantarse, que tienen
derecho a no tener más miedo, pero también les dice que tienen la
responsabilidad de salir del miedo, que tienen el deber, la tarea de reunir
fuerzas para levantarse.
Esas palabras son una orden que expresa una
posibilidad: podéis levantaros, pero que también asigna una responsabilidad: estáis llamados a
salir del miedo, de las excusas que os mantienen paralizados en el suelo,
inertes, en posición de víctimas.
Esa orden: «Levántate» o «Levantaos» se dice a
menudo a personas marcadas por enfermedades y postradas por el sufrimiento: un
paralítico (Mt 9,5), un mendigo ciego (Mc 10,49), un hombre con una mano seca
(Mc 3,3). Estas órdenes piden que se aparte la mirada de uno mismo, de la
propia situación de sufrimiento, que se salga del victimismo y se dirija la
mirada y se preste atención a la palabra del Señor. Esto es entrar en la fe,
pero también crecer en humanidad. Ir en profundidad, lo que siempre es, tarde o
temprano, ir hasta el fondo.
Este es el mensaje que nos llega de la palabra
evangélica sobre la Transfiguración. Un mensaje sencillo y esencial, claro e
inequívoco. Se nos recuerda una única cosa fundamental. Pero vital y poderosa,
una palabra que, obedecida, es capaz de resucitar nuestras vidas, de hacernos
poner en práctica el «levantaos» que Jesús nos dirige.
He aquí lo único verdaderamente bueno: renovar el
fundamento de nuestra vocación cristiana, reencontrando esa escucha cotidiana de
la Palabra de Dios que se condensa en la experiencia, en el conocimiento
práctico de Jesús. Solo de Jesús. De Jesús que nos dice a cada uno y a todos
nosotros: «Levantaos y no temáis».
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
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