domingo, 22 de febrero de 2026

Transfiguración: Escuchar al Hijo - San Mateo 17, 1-9 -.

Transfiguración: Escuchar al Hijo - San Mateo 17, 1-9 -

El segundo Domingo de Cuaresma presenta el relato de la Transfiguración de Jesús, indicando el resultado pascual del camino cuaresmal iniciado el primer Domingo con el episodio de las tentaciones.

 

El pasaje de la transfiguración según Mateo está precedido por unas palabras misteriosas con las que Jesús parece aludir a acontecimientos próximos que Él ya conoce: «Hay algunos de los aquí presentes que no morirán sin antes ver venir al Hijo del hombre con su Reino» (Mt 16,28).

 

Seis días después de estas palabras proféticas, Mateo presenta a Jesús realizando un gesto decidido: toma consigo a tres discípulos y los lleva a una montaña alta. Una palabra y un gesto bien relacionados, que dicen algo sobre la intención de Jesús, porque los tres discípulos estaban entre los presentes cuando pronunció las palabras sobre quién vería al Hijo del hombre venir en su Reino antes de gustar la muerte.

 

Además, la expresión «seis días después» sitúa precisamente este gesto. Lo sitúa después de la confesión mesiánica de Pedro (Mt 16,13-20), después de las duras palabras sobre la pasión, muerte y resurrección del Hijo del hombre (Mt 16,21), después de la reprimenda de Jesús a Pedro (Mt 16,22-23) y después de las exigentes palabras sobre el seguimiento (Mt 16,24-27).

 

Mateo subraya la iniciativa de Jesús: Él toma consigo a los discípulos y los lleva adonde quiere. Y los discípulos se dejan llevar.

 

Asistimos aquí a una especie de iniciación, a la introducción en un camino que comienza con una separación, un apartamiento, al que seguirá un momento de liminalidad, de incertidumbre y temor, y que concluirá con una reintegración (el regreso al pie de la montaña).

 

Es decir, es el típico camino iniciático. Jesús distingue a los tres discípulos del grupo de los demás, los toma y los guía. Ellos no hacen más que obedecer: al recordar más tarde ese acontecimiento, no podrán sino decir que fueron elegidos por el Señor, que no inventaron ellos ese camino, sino que solo obedecieron. Se dejan llevar y guiar sin saber a qué se enfrentan.


Jesús los lleva a una alta montaña. La expresión «alta montaña» se encuentra aquí y en el relato de las tentaciones (Mt 4,8). La montaña a la que Jesús lleva a los tres discípulos es un lugar tanto de tentación como de revelación. En particular, es el lugar donde Jesús manifiesta que su persona es comunión con Dios y con los hombres.

 

Dejarse guiar por Jesús, dice Mateo, significa ser conducidos a la comunión con Dios. Es más, ellos experimentarán la comunión con Dios y la comunión entre ellos.

 

Comunión con Dios, ante todo, como se ve en la montaña donde Jesús vence la tentación guardando la comunión con Dios mediante la obediencia a la Escritura (cf. Mt 4,8-11), o desde la montaña a la que se retira para orar (cf. Mt 14,23), o desde la montaña en la que el Resucitado proclama su plena comunión con Aquel que le ha dado todo poder en el cielo y en la tierra (cf. Mt 28,18).

 

Comunión también con los hombres, como se ve en el monte desde el que Jesús predica la palabra del Reino a las multitudes (cf. Mt 5,1), o en el monte donde realiza curaciones y da pan a las multitudes necesitadas (cf. Mt 15,29-39), o desde la montaña donde el Resucitado afirma su comunión con los discípulos, diciendo que estará con ellos todos los días hasta el fin del mundo (cf. Mt 28,20).

 

En el monte de la Transfiguración, los dos aspectos de la comunión vivida por Jesús están estrechamente relacionados: el resplandor de su rostro expresa su intimidad con el Dios que «es luz» (1 Jn 1,5), y la visión gloriosa de Moisés y Elías por parte de los discípulos, así como la escucha de la Palabra de Dios dirigida expresamente a ellos (cf. Mt 17,3.5), expresan la implicación de los discípulos en esa experiencia de comunión.

 

Este es el fin de la ascensión al monte que Jesús hizo hacer a los discípulos. En este lugar apartado, lejos de las multitudes, Jesús «se transfiguró delante de ellos». En el monte tiene lugar una experiencia: el Señor se da a conocer a los discípulos más profundamente con una experiencia que puede expresarse adecuadamente con el símbolo de la luz.

 

El conocimiento más profundo de Jesús, al que se quiere seguir hasta el final, cumpliendo las durísimas condiciones que Jesús acaba de imponer seis días antes (renunciar a uno mismo, tomar la propia cruz, perder la propia vida), confunde a los discípulos.

 

Tras la obediencia elegida, pero también sin plena conciencia, que lleva a seguir a Jesús y a subir adonde Él va, llegan el vértigo, el temor y la desorientación. Se dice que los discípulos cayeron sobre sus rostros, desfallecieron y se llenaron de gran temor.

 

En su carne, Jesús hace visible a Dios, lo acerca a los hombres. Los temores son vencidos en la medida en que se escucha: «mientras aún hablaba», una nube luminosa cubrió con su sombra a Jesús, Moisés y Elías y dirigió una orden: «Este es mi Hijo amado, escuchadle». En el centro del episodio de la transfiguración está la voz de la nube que ordena escuchar a Jesús (cf. Mt 17,5).


En el monte de la Transfiguración se revela que Jesús es un hijo obediente al Padre a través de la escucha. La Palabra se convierten en la voz viva de Dios: «Este es mi Hijo, el amado, en quien tengo mis complacencias. Escuchadle».

 

Es la presencia luminosa que habita en Jesús y llega a los discípulos gracias a la voz de Dios que, a través de las Escrituras, proclama la identidad mesiánica de Jesús («Este es mi Hijo»: Sal 2,7), su ser siervo («En él me complací»: Is 42,1), el amado, el hijo único, como Isaac («el amado»: Gn 22,2) y el profeta («¡Escuchadlo!»: Dt 18,15).

 

Escuchar la Palabra de Dios es temible porque conduce al cambio, a transformar la vida haciendo de la Palabra escuchada el centro renovado e innovador de la propia existencia.

 

Este es el fin de la subida tras Jesús a la montaña alta: aprender a escuchar su palabra para conocerlo, para habitar su Palabra y así habitar en Él. Pero también para aprender a amar como Él ha amado y así vivir la condición humana y dar sentido al tiempo de la propia vida poniendo en práctica lo que escuchamos en el Evangelio.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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