domingo, 22 de febrero de 2026

Transfiguración: Pascua de Luz - San Mateo 17, 1-9 -.

Transfiguración: Pascua de Luz - San Mateo 17, 1-9 -

Como siempre, el segundo Domingo de Cuaresma presenta el episodio de la Transfiguración de Jesús.

 

La historia de la salvación, que comienza con la vocación de Abraham (Gn 12,1-4), encuentra su punto culminante en Jesús, como atestiguan Moisés y Elías en el monte de la Transfiguración (Mt 17,1-9), y continúa en los tiempos de la Iglesia.

 

La vocación se expresa en sus efectos como salida, como éxodo: pone en camino a Abraham, que «salió sin saber a dónde iba» (Hb 11,8). La imagen de la vocación como camino, itinerario, peregrinación es sugerente y enriquece la vocación misma con varios elementos que son fundamentales para toda existencia. Lo que es necesario para emprender y llevar a cabo un largo viaje es también necesario para emprender y llevar a cabo la vocación recibida: confianza, deseo, valor, perseverancia.

 

Pero si el relato del Génesis presenta la vocación como un comienzo, un primer comienzo, el Evangelio la presenta como un nuevo comienzo.

 

En la Transfiguración de Jesús están presentes tres discípulos, Pedro, Santiago y Juan, a quienes la voz divina les ordena escuchar a Jesús: «Escuchadle». Ellos, que no habían sido capaces de escuchar y comprender las palabras que Jesús les dirigió sobre la necesidad de su pasión y muerte (Mt 16,21-28), se ven remitidos, como en una renovación de la vocación, a esa escucha que solo fundamenta la fe y hace posible el seguimiento, el camino detrás de Jesús sin saber adónde puede conducir.

 

En la Transfiguración, la vocación aparece mediada por las Escrituras representadas por Moisés y Elías, la Ley y los Profetas. La vocación es, por tanto, un comienzo, pero también un nuevo comienzo, un re-comienzo.

 

Es más, el sí dicho a la propia vocación necesita ser repetido cada día, de modo que cada día es un re-comienzo del camino del creyente. Esta es la «vocación santa» de los bautizados: vocación que nos hace partícipes de una historia que convierte al creyente en testigo, en mártyr. Por lo tanto, la vocación no es un momento, sino una historia que actúa sobre el creyente y moldea su santidad si él acepta perseverar en ella.


Jesús, llevando consigo a tres discípulos, sube a una montaña alta donde, anota el evangelista, «se transfiguró», con un pasivo que indica la acción divina. Lo que ocurre no nace de la tierra, sino que viene del cielo.

 

Mateo no dice que Jesús esté orando, como hace Lucas en el relato paralelo (Lc 9,28-29), sin embargo, lo que ocurre recuerda lo que le sucedió a Moisés cuando, subido al monte Sinaí para recibir por segunda vez las tablas de la Ley, bajó con la piel del rostro radiante porque «había conversado con Dios» (Ex 34,29).

 

Lo que ha sucedido es obra divina. La forma divina es la luz, la luminosidad.

 

En comparación con los textos paralelos de Marcos y Lucas, Mateo subraya la dimensión de la luminosidad. Si Lucas escribe que el rostro de Jesús «cambió de aspecto» (Lc 9,29), Mateo escribe que «resplandeció como el sol». Solo Mateo anota también que las vestiduras de Jesús se volvieron blancas «como la luz» y que la nube que descendió sobre la alta montaña era «luminosa».

 

Mateo ya había utilizado el verbo «resplandecer» para recordar a los discípulos que, al igual que la lámpara debe resplandecer sobre los que están en la casa, así también su luz debe resplandecer ante los hombres (cf. Mt 5,15-16). El motivo del sol retoma también lo afirmado por Jesús acerca de los justos que «resplandecerán como el sol en el Reino de su Padre» (Mt 13,43). La luz divina que irradia de Jesús transfigurado debe reflejarse en la vida de los creyentes.

 

En la montaña alta, también los discípulos ven la luz que habita en Jesús, es más, que es Jesús mismo. Y la luz se transmite a quienes la contemplan. La Transfiguración de Jesús, que tiene lugar ante los discípulos («Jesús se transfiguró ante ellos»), se convierte en una experiencia de iluminación para ellos, al menos por un momento, y les abre los ojos para que no solo vean las vestiduras blancas y luminosas de Jesús, sino también a Elías y Moisés conversando con Él.

 

La Transfiguración es también la apertura de los ojos de los discípulos, que ven quién es realmente Jesús. El acontecimiento divino de la Transfiguración, acontecimiento que concierne a Jesús y solo a Él, a su singularidad y a su persona mesiánica, encuentra una vía de comunicación con los creyentes en la historia.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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