Transfiguración: Pascua de Luz - San Mateo 17, 1-9 -
Como siempre, el segundo Domingo de Cuaresma presenta el episodio de la Transfiguración de Jesús.
La historia
de la salvación, que comienza con la vocación de Abraham (Gn 12,1-4), encuentra su punto
culminante en Jesús, como atestiguan Moisés y Elías en el monte de la
Transfiguración (Mt 17,1-9), y continúa en los tiempos de la Iglesia.
La vocación se expresa en sus efectos como salida,
como éxodo: pone en camino a Abraham, que «salió sin saber a dónde iba» (Hb
11,8). La imagen de la vocación como camino,
itinerario, peregrinación es sugerente y enriquece la vocación misma
con varios elementos que son fundamentales para toda existencia. Lo que es
necesario para emprender y llevar a cabo un largo viaje es también necesario
para emprender y llevar a cabo la vocación recibida: confianza, deseo, valor,
perseverancia.
Pero si el relato del Génesis presenta la vocación
como un comienzo, un primer comienzo, el Evangelio la presenta como un nuevo
comienzo.
En la Transfiguración de Jesús están presentes tres
discípulos, Pedro, Santiago y Juan, a quienes la voz divina les ordena escuchar
a Jesús: «Escuchadle». Ellos, que no habían sido capaces de escuchar y
comprender las palabras que Jesús les dirigió sobre la necesidad de su pasión y
muerte (Mt 16,21-28), se ven remitidos, como en una renovación de la vocación,
a esa escucha que solo fundamenta la fe y hace posible el seguimiento, el
camino detrás de Jesús sin saber adónde puede conducir.
En la Transfiguración, la vocación aparece mediada por
las Escrituras representadas por Moisés y Elías, la Ley y los Profetas. La
vocación es, por tanto, un comienzo, pero también un nuevo comienzo, un
re-comienzo.
Es más, el sí dicho a la propia vocación necesita ser
repetido cada día, de modo que cada día es un re-comienzo del camino del
creyente. Esta es la «vocación santa» de los bautizados:
vocación que nos hace partícipes de una historia que convierte al creyente en
testigo, en mártyr. Por lo
tanto, la vocación no es un momento, sino una historia que actúa sobre el
creyente y moldea su santidad si él acepta perseverar en ella.
Jesús, llevando consigo a tres discípulos, sube a una montaña alta donde, anota el evangelista, «se transfiguró», con un pasivo que indica la acción divina. Lo que ocurre no nace de la tierra, sino que viene del cielo.
Mateo no dice que Jesús esté orando, como hace Lucas
en el relato paralelo (Lc 9,28-29), sin embargo, lo que ocurre recuerda lo que
le sucedió a Moisés cuando, subido al monte Sinaí para recibir por segunda vez
las tablas de la Ley, bajó con la piel del rostro radiante porque «había
conversado con Dios» (Ex 34,29).
Lo que ha sucedido es obra divina. La forma divina es la luz, la luminosidad.
En comparación con los textos paralelos de Marcos y
Lucas, Mateo subraya la dimensión de la luminosidad. Si Lucas escribe que el
rostro de Jesús «cambió de aspecto» (Lc 9,29), Mateo escribe que «resplandeció
como el sol». Solo Mateo anota también que las vestiduras de Jesús se
volvieron blancas «como la luz» y que la nube que descendió sobre la alta montaña
era «luminosa».
Mateo ya había utilizado el verbo «resplandecer»
para recordar a los discípulos que, al igual que la lámpara debe resplandecer
sobre los que están en la casa, así también su luz debe resplandecer ante los
hombres (cf. Mt 5,15-16). El motivo del sol retoma también lo afirmado por
Jesús acerca de los justos que «resplandecerán como el sol en el Reino de su
Padre» (Mt 13,43). La luz divina que irradia de Jesús
transfigurado debe reflejarse en la vida de los creyentes.
En la montaña alta, también los discípulos ven la luz
que habita en Jesús, es más, que es Jesús mismo. Y la luz se transmite a
quienes la contemplan. La Transfiguración de Jesús, que tiene lugar ante los
discípulos («Jesús se transfiguró ante ellos»), se convierte en una
experiencia de iluminación para ellos, al menos por un momento, y les abre los
ojos para que no solo vean las vestiduras blancas y luminosas de Jesús, sino
también a Elías y Moisés conversando con Él.
La Transfiguración es también la apertura de los ojos
de los discípulos, que ven quién es realmente Jesús. El acontecimiento divino de la Transfiguración,
acontecimiento que concierne a Jesús y solo a Él, a su singularidad y a su
persona mesiánica, encuentra una vía de comunicación con los creyentes en la
historia.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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