Transfiguración y Desfiguración: Tabor y Calvario
«No habléis a nadie de esta visión, antes de que el Hijo del hombre haya resucitado de entre los muertos».
Porque esta visión sin el Calvario no solo no puede
entenderse, no solo no puede narrarse, sino que simplemente no puede existir.
Porque la Transfiguración sin el monte «que les había indicado», el de
la manifestación del Resucitado, el del último capítulo del Evangelio, ni
siquiera es imaginable.
La Transfiguración solo se comprende al final. Como si
esta página del Evangelio quisiera advertirnos de que nunca debemos tratar la
Transfiguración por sí sola, para recordarnos que fue escrita después, junto
con el monte Calvario y el de la aparición después de la Resurrección.
Creer que se puede descifrar la Transfiguración, toda
la vida, solo permaneciendo en el perímetro del texto es un acto de miopía, es
una traición a la Palabra. Hay que vivir aprendiendo el arte de moverse porque la
Vida es algo vivo y si intentas bloquearla, como se hacía con ciertos insectos
raros en alguna vitrina de museo, en ese momento la Vida ya no está viva.
Hay que subir al monte de la Transfiguración, pero no
conformarse, no creer que solo es ese monte.
Hay que subir al monte de la Transfiguración y
superponer el Calvario y superponer el monte de la Resurrección, y lo que
emerge es un juego de luces y sombras misterioso y fascinante.
Superponer, sentir que la vida está hecha de capas y
que basta con raspar las apariencias para sentir que bajo el rostro luminoso de
Jesús hay las tinieblas de la Pasión, que bajo el rostro Crucificado hay la
luminosidad del Resucitado, que dentro de las pupilas de la Visión estamos
nosotros, un enredo de luces y tinieblas.
Debemos aprender a leer la vida así, desplazándonos en
el tiempo, descendiendo en profundidad y volando hacia otras miradas, haciendo
dialogar los acontecimientos, el tiempo y las cosas, moviéndonos.
De lo contrario, la vida engaña.
De lo contrario, Pedro tendría razón: detengamos todo así, construyamos tres tiendas, porque aquí la vida es buena y prometedora.
En cambio, este es precisamente el pecado del
discípulo, este es el terrible riesgo: detener la vida como si fuera un insecto
de museo. No aceptar la complejidad, la superposición, la mutabilidad y la
transitoriedad de las cosas.
Deslizarse y vivir en planos diferentes. Y mientras
hay luz, sentir el aliento frío de la oscuridad justo ahí abajo, donde hay
vida, no fingir que la muerte no existe, donde hay amor, sentir el escalofrío
del odio, no conformarse con la primera lectura, saber que enamorarse es ya
sufrir por la nostalgia, que hacer pactos es ya exponerse a la traición, y
permanecer en esta complejidad, lo más ligeros posible.
Y superponer. Y no volverse nunca definitivos, saber
que bajo las apariencias hay también otra verdad y que las apariencias son, de
todos modos, una verdad.
Jesús habla con Moisés y Elías, es inútil preguntarse
qué simbolizan, poco importa si representan la Ley y los Profetas o no, lo que el
Evangelista quiere decir es que Jesús en la montaña habla con gente que tiene
su hogar en el cielo.
Lo que importa es superponer y ver que en el monte
llamado Calvario Jesús está en compañía de dos sinvergüenzas, de dos desechos
de la sociedad, de dos condenados, gente que tiene su hogar en el infierno.
Y de superposición en superposición, ir al monte de la
resurrección y ver, ver claramente, que en esas figuras de discípulos dudosos
que se inclinan hacia el suelo hay huéspedes celestiales y huéspedes
terrenales, hay santos y asesinos, estamos nosotros. Que somos luz y oscuridad.
Que somos transfiguración, muerte y resurrección.
Y esto debería ayudarnos a no detener nunca la vida en
un juicio definitivo, a no encerrar en cabañas tranquilizadoras nuestras
conclusiones sobre la vida.
Ninguna conclusión por ahora, solo un camino por las
montañas, donde la sinfonía de la existencia se mueve entre la luz y la oscuridad,
la santidad y la inhumanidad, la gracia y el pecado.
Saber y ver que incluso en el Calvario, rasgando el
velo, hay un Cireneo, un Centurión y, sobre todo, hay espacio para el perdón de
Jesús.
Saber que incluso en el monte de la resurrección hay
espacio para la duda.
Superponer y estratificar la vida nos ayudaría a permanecer humildes y capaces de preguntarnos continuamente cómo hacer espacio a la luz, cómo arañar las paredes de la oscuridad, al menos en un rincón, al menos el espacio para un rayo de vida en una trama de muerte.
Pero también arañar el exceso de luz, para no olvidar
la sombra de la muerte, que por ahora respira en cada instante.
Aprender esta complejidad podría ser bueno también
para los tiempos que vivimos, que, de manera más explícita, han mostrado la fragilidad
y la transitoriedad de las cosas.
Es inútil encerrar la vida bajo las cabañas de la
seguridad ilusoria, es inútil excluir la muerte, no se puede.
Basta con arañar las apariencias de nuestra luminosa
civilización y ahí está la muerte, llegando y bloqueándolo todo. Así es. Así
era ya. Así será también en momentos aparentemente más tranquilos.
Olvidamos superponer las experiencias, saber que hay
muerte en la vida, que bloquearnos en una sonrisa eterna y en un desinterés
vacío es una locura.
Rascar la vida y dejar que la muerte y la vida fluyan
la una en la otra. Aprender a estar, siempre y en cualquier caso.
En el monte de la Transfiguración, ¿era realmente «bueno para nosotros estar aquí»?
Quizás, sin duda bastaba con arañar y sentir que la muerte se reía de nosotros.
Pero arañar también en el Calvario, donde un poco de luz se filtraba a través
del Stabat Mater y, aunque
quizá «no era hermoso», alguien estaba allí de todos modos.
Inútil fijar la existencia, arañar y dejar pasar rayos
de luz y no dejar de flotar en la complejidad.
En el Calvario solo silencio, en el monte de la
Transfiguración una voz «este es mi
Hijo, el amado: en él tengo mi complacencia: escuchadlo». Esa voz,
mientras el rostro de Jesús es luminoso, es inútil. Pero si superponemos, si
conseguimos oír esa voz en el Calvario... todo cambia.
Alguien en el Calvario, arañando, oyó la voz. «¡Este es el Hijo de Dios!»
Vida superpuesta y transfigurada, luz en las tinieblas. Aquella fue la palabra
del centurión.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF


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