Es Domingo
Reevaluar el domingo no como un residuo de una época preindustrial ni como una costumbre que ha sobrevivido por inercia, sino como un dispositivo cultural capaz de devolver el equilibrio a una sociedad que ha perdido el sentido de los límites. En una época en la que el trabajo invade todos los intersticios de la vida, el domingo puede volver a ser un bien común, un dique, un umbral.
Nuestra época lo ha acelerado todo: ritmos,
expectativas, comunicaciones, exigencias. El trabajo ya no se limita a un lugar
físico ni a un horario definido: se ha convertido en un flujo continuo que
atraviesa los días, se cuela en los hogares y se superpone a los momentos de
descanso. La digitalización ha disuelto la distinción entre tiempo productivo y
tiempo personal, convirtiendo la disponibilidad en una condición permanente.
En este escenario, el domingo corre el riesgo de
convertirse en un día como cualquier otro, un segmento de un continuo que no
conoce pausas. Precisamente por eso puede volver a ser un gesto de resistencia.
En la tradición bíblica, el año sabático era un gesto
radical: cada siete años, la tierra descansaba, se suspendían las deudas y se
liberaba a los esclavos. No era una utopía espiritual, sino una práctica social
concreta: un reinicio económico, antropológico y comunitario, una forma de
recordar que la vida no puede reducirse a la producción, la acumulación, el
control y el consumo.
El año sabático proponía un principio revolucionario:
la suspensión como forma de justicia. La pausa como un derecho; no una
interrupción del ciclo económico, sino su regeneración. En nuestra sociedad
unidimensional, centrada en la producción y el consumo, fragmentada y líquida,
los vínculos corren el riesgo de reducirse a experiencias breves, superficiales
y efímeras, y corren el riesgo de disolverse.
Para generar y transmitir valores se necesitan
vínculos estables y duraderos. Para construir un contexto social de vivir
juntos es necesario garantizar intervalos libres de trabajo, para que las
personas puedan tejer relaciones libres y liberadoras.
Hoy en día ya no vivimos en una economía agrícola y
nuestra «tierra», el lugar donde vivimos y habitamos, se está convirtiendo en
una especie de ecosistema digital que nunca se detiene. Las notificaciones no
dan tregua, el trabajo invade todos los espacios, la disponibilidad se ha
convertido en un deber implícito.
En este contexto, el domingo puede asumir una nueva
función: convertirse en un descanso sabático semanal, un laboratorio de
liberación. No se trata simplemente de no trabajar, sino de suspender la lógica
del rendimiento. De devolver tiempo a las relaciones, al cuidado, a la
gratuidad. De liberarse, al menos por un día, de la tiranía del algoritmo.
Asumir el domingo como un microtiempo sabático
significa reconocer que la vida no es solo eficiencia, que el valor no coincide
con la productividad y que la dignidad humana no se puede medir en resultados
económicos. No sirve para «recargar las pilas» para trabajar mejor el lunes:
sirve para recordarnos quiénes somos.
La sociedad digital está borrando las fronteras. El
tiempo ya no es cíclico, sino continuo, uniforme, siempre accesible. El riesgo
es que la vida se convierta en un flujo sin pausas, umbrales ni respiro.
El domingo puede convertirse entonces en un gesto a
contracorriente: un espacio sustraído a la colonización del tiempo y a la
lógica de la disponibilidad permanente. Es una oportunidad para recordar que la
identidad no se agota en la productividad, que existimos incluso cuando no
respondemos, no entregamos, no rendimos.
En este día suspendido se conserva la lentitud como
bien común, un recurso frágil que permite volver a respirar y pensar. Se
reafirma la corporeidad frente a la abstracción digital: la necesidad de
presencia, de relaciones encarnadas, de gestos que no pasan por una pantalla.
Es una forma de ecología del tiempo, un remedio contra
la hiperactividad que nos consume y produce autoexplotación. No solo afecta a
los trabajadores, sino también a las familias, las comunidades y los
territorios.
Una sociedad que no protege su tiempo es una sociedad
que se empobrece. Vivir gratuitamente una parte del tiempo permite experimentar
el valor inestimable del otro y actuar para que siempre se le considere como un
fin y nunca como un medio, independientemente de su procedencia,
características, idioma o religión.
El domingo puede convertirse en un tiempo que regenera el resto del tiempo. Si se vive como un microtiempo sabático, puede transformarse en un reinicio semanal capaz de reorientar el trabajo, las relaciones y las prioridades.
No es nostalgia del pasado, sino una forma de vivir el presente con mayor conciencia. Es una invitación a sustraer al menos una parte de la vida a la lógica del rendimiento y el consumo para devolverla a la gratuidad, al cuidado, a la comunidad.
Redescubrir el domingo como un nuevo tiempo sabático significa proponer una cultura del tiempo diferente: una cultura que reconoce la fragilidad como riqueza, la lentitud como recurso, la gratuidad como forma de libertad capaz de redescubrir la dimensión espiritual del ser humano.
Significa sustraer una parte de la vida al mercado y
devolverla a la comunidad, a la espiritualidad, a la simple humanidad. No es
moralismo ni nostalgia: es comprender que el tiempo es el primer bien común y
que sin un tiempo sustraído a la producción no hay libertad ni democracia.
El domingo no es un lujo ni un recuerdo del pasado: es
un derecho colectivo que hay que defender con determinación. Hay que
reivindicarlo, protegerlo, hacerlo inviolable. Es necesario exigir que la
actividad laboral respete el derecho a la desconexión y reconocer que no todo
puede ser absorbido por la lógica de la productividad, el beneficio, la
ganancia y el éxito.
La rebelión civil comienza con un gesto claro: decidir
no estar siempre disponibles. Así se cambia una cultura. Así se defiende la
libertad. Así se puede volver a respirar.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF


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