En la escuela del Inmaculado Corazón de María
Dios tiene un corazón…
De eso nos habla a los Misioneros Claretianos la
Fiesta del Inmaculado Corazón de María.
Dios tiene un corazón… ¿y cómo lo manifiesta?
Exactamente como lo haríamos nosotros: eligiendo a alguien con quien vincularse
para siempre.
Dios, de hecho, elige a un pueblo al que pertenecer de
manera única para que todos los demás pueblos puedan conocer lo que Él desea
realizar con cada hombre. Israel se convierte en el signo de cómo Dios quiere establecer
con cada uno de nosotros un vínculo fuerte y personal, un vínculo tan sólido que nada podrá romperlo jamás.
El Señor se
ha unido a ti porque te ama…
Un amor que tiene su savia en la gratuidad: Israel no
tendría características de importancia, de fuerza o de número. Es incluso el
más pequeño de todos los pueblos. Su grandeza reside en el hecho de que el
Señor ha posado su mirada sobre él y le ha entregado su corazón.
La señal más verdadera de este amor es la liberación
de la condición de esclavitud. ¡Qué revelación para nuestras relaciones! Es
amor cuando se reconoce al otro su dignidad y se le pone en condiciones de
vivir fuera de un régimen de opresión.
Cuando Israel no conocía más que una experiencia de
esclavitud, ese corazón transforma la condición del pueblo en un grito
desgarrador que le lleva a intervenir para liberarlo. E Israel se descubre así
llamado a hacer suyo el mismo corazón de Dios, a hacer que su corazón se
transforme siempre en un corazón de
carne.
Dios tiene un corazón…
Y el Corazón de María quiere ser una invitación a cruzar su umbral y morar en él para que el nuestro se dilate a la medida del Corazón de Dios.
Porque el corazón es el punto de vista desde el que
contemplar el misterio de Dios.
A los Misioneros Claretianos nos gustaría hacer
nuestro el gesto del discípulo amado que intenta descansar sobre el pecho de
Jesús, casi para captar las razones de ese corazón. En este sentido, es cierto
el dicho de Pascal: El corazón tiene
sus razones, que la razón no conoce (Pensamientos, 146)
Un corazón apasionado, ante todo. Es decir, un corazón
que late, que palpita según la condición del corazón del hombre. Es la condición
del hombre la que dicta sus latidos más o menos rápidos y la que lo hace
estremecerse de compasión.
Qué hermoso es saber que el Corazón de María late
según lo que yo estoy viviendo, según lo que estoy atravesando. Y es siempre un
latir en el signo de la ternura.
Un corazón que tiene los rasgos de la experiencia
materna: era para ellos como quien
levanta a un niño hasta su mejilla; me inclinaba sobre él para darle de comer.
Así lo atestiguará el profeta Oseas.
Corazón herido y traspasado… pero un amor fiel el que
emana del corazón. Siempre un corazón maternal, nunca resentido, nunca
endurecido. No conoce cerrazones ni exclusiones, y mucho menos expulsiones.
Incluso cuando se siente herido y traspasado, ese corazón no deja de esperar.
Aprended
de mí… es la
invitación que nos dirige el Señor Jesús. Aprender del corazón de Dios.
Aprender del Corazón de María.
¿Qué debemos aprender? La humildad y la mansedumbre:
el sentir correcto de uno mismo y el dejar que el otro crezca y que yo
disminuya. ¡Una escuela difícil de frecuentar pero cuán fecunda!
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF


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