sábado, 13 de junio de 2026

Proféticamente alto y claro.

Proféticamente alto y claro


¡Deteneos! ¡Convertíos! Las lágrimas y la sangre de los migrantes claman a Dios y sus sufrimientos llegan hasta Él. El dinero arrancado de la vulnerabilidad de los pobres no dará paz, ni honor, ni futuro.

 

El Papa León XIV alza la voz y la multitud, reunida en la Plaza del Cristo de La Laguna (Tenerife) acoge sus palabras con un largo y caluroso aplauso.

 

Son palabras que exhortan a los traficantes de seres humanos a cambiar de vida, pide conversión a quienes se aprovechan de la desesperación; a quienes organizan rutas de muerte, trafican con seres humanos, retienen los documentos, explotan a los trabajadores, amenazan a las mujeres, engañan a las familias y convierten el sufrimiento ajeno en un negocio.

 

¡Llegará el día del juicio de Dios!, había dicho Juan Pablo II—, y León XIV recuerda a los traficantes: Tendréis que comparecer ante la justicia divina, por cada vida perdida, cada familia engañada, cada cuerpo sometido, cada mujer amenazada, cada trabajador explotado.

 

Les insta a romper las cadenas y a liberar a quienes tenéis bajo vuestro dominio. Devolved lo que habéis sustraído y reparad en la medida de lo posible, y continúa. Volved mientras aún hay tiempo, porque la misericordia de Dios puede alcanzar incluso al pecador más empedernido, pero solo entra por la puerta estrecha de la verdad, la justicia y la conversión.



Tras dar las gracias, en el primer encuentro en el centro de Refugiados de Raíces, a quienes acogen a los migrantes, al Gobierno, a las distintas instituciones y a «tantos hombres y mujeres de buena voluntad, que hacen posible esta ayuda humanitaria concreta, que devuelve la esperanza y la dignidad a tantas personas, habla también de integración, de derechos y deberes, de que la caridad recibida se transforma en responsabilidad compartida.

 

Porque acoger significa también abrir espacios para que una persona pueda sentirse corresponsable. Así, el extranjero de ayer puede ser el hermano y el vecino de hoy.

 

A los católicos les pide que no se fijen solo en los aspectos prácticos, porque la integración no se reduzca a una tarea social, por muy necesaria que sea. Además del pan, el techo, la lengua, el trabajo y la protección, los migrantes necesitan encontrar una comunidad capaz de ofrecer, con el testimonio de la vida y de la palabra, caminos para conocer a Jesucristo, respetando siempre la conciencia y la libertad de cada persona.

 

Lejos de pisotear la conciencia y la cultura de quien llega, también hay que «compartir con respeto y humildad el tesoro que sustenta nuestra acción y nuestra esperanza. Esto significa evangelizar y dejarse evangelizar. Porque una Iglesia que acoge es también una Iglesia que anuncia, ofreciendo a Cristo sin imponerlo y que, al mismo tiempo, recibe el Evangelio de manos de los pobres.

 

Al mismo tiempo, es necesario dejarse evangelizar porque es el pobre quien nos convierte. El Papa León XIV lo dice también al partir de Tenerife, en la Misa de clausura a la que asisten unas 40 000 personas: La gracia más grande es que nos dejemos evangelizar por aquellos a quienes socorremos, que reconozcamos la misteriosa sabiduría de Dios escrita en su propia carne.



En los tres encuentros, el llamamiento del Papa es claro: no basta con salvar, hay que construir también vínculos y comunidades.

 

Porque, como había dicho en los encuentros previos a la Misa con los migrantes y los trabajadores y voluntarios, si una conciencia humana, y más aún una conciencia cristiana, no puede permanecer indiferente ante las víctimas de los naufragios y la falta de socorro, ante los cementerios del mar, existe también un naufragio silencioso que es el de encontrarse solo.

 

Si, por tanto, cada vida perdida en estas rutas es un fracaso para la familia humana, integrar es impedir este segundo naufragio que expone a quien está sin lengua, sin vínculos, sin trabajo, sin confianza a quienes se aprovechan de la vulnerabilidad.

 

En cambio, hay que ayudar a quien ha llegado herido a no quedarse bloqueado para siempre en su dolor, sino a poder volver a ponerse en pie, reconocer sus dones y ofrecerlos a la comunidad.

 

Y para poder compartir los propios dones —ya se lo había dicho a los cerca de 700 refugiados acogidos en el que es el mayor centro de estancia temporal de toda la isla—, no hay que borrar los propios orígenes.



A los migrantes y a quienes los acogen les pide que no borren la historia de quien llega ni exijan que deje atrás todo lo que forma parte de su memoria, pero también que no creen mundos paralelos, cerrados unos a otros, donde las personas conviven sin encontrarse realmente.

 

Y el Papa recuerda los derechos y los deberes y explica que la integración es un camino recíproco: quien llega aprende a habitar una tierra nueva, y quien acoge aprende a ampliar su hogar sin diluir su identidad ni cerrar el corazón al encuentro.

 

Por eso es necesario un camino. Y a los migrantes les corresponde una parte noble y necesaria de este camino: abrirse con confianza a la comunidad que los acoge, aprender su lengua, respetar sus leyes, conocer sus costumbres, participar en la vida común y ofrecer con gratitud sus dones.

 

Pero también la sociedad que acoge tiene deberes para con quienes llegan; y quien es acogido descubre a su vez que la dignidad, reconocida como derecho, florece cuando se transforma en responsabilidad y en sincero deseo de construir junto a los demás.

 

Así, quien ha llegado como extranjero puede reencontrar vínculos, reconstruir la confianza y sentirse parte viva de una comunidad. Esta es una forma preciosa de misericordia.


Los migrantes han preparado las preguntas y los testimonios en español, pero el Papa, en el centro de acogida, habla en francés tras haberse asegurado, preguntando también en inglés, cuál es la lengua más comprendida.


En los testimonios, los migrantes le dicen que quieren ser reconocidos como personas, que nadie abandona su tierra voluntariamente si puede vivir en ella en paz».

 

Y el Papa los abraza y los apoya, coge en brazos a un niño que se aferra a él y bromea, con el ya famoso gesto del «six seven», con Mbacke, llegado de Senegal. Y a todos les recuerda que una nueva vida es posible. Juntos.

 

Que ningún ser humano es una isla, que hemos nacido para el encuentro y que no hay obstáculo, distancia, peligro o amenaza que pueda impedir a cada uno su viaje.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF




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