De una identidad obsesionada
Uno de los pilares lógicos de cierta ideología política se resume en un dogma pretendidamente indiscutible: la inmigración masiva sería un cataclismo para los pueblos.
Lástima que la realidad, esa realidad obstinada a la que le da igual la propaganda, cuente una historia diametralmente opuesta.
Las cifras hablan claras: y, sin embargo, se sigue vociferando que hay una invasión que «compromete la identidad nacional». ¿Pero qué identidad? ¿La estática y polvorienta de un museo abandonado de arqueología?
La identidad de un pueblo es un organismo vivo que se enriquece con el encuentro. Encerrarse en sí mismo solo significa condenarse a la atrofia cultural y al envejecimiento prematuro.
Porque hay millones de inmigrantes que no están «sustituyendo» a nadie, sino que, literalmente, mantienen a flote el sistema. Sí, millones de trabajadores, miles de empresas y millones de euros en cotizaciones netas pagadas al Estado.
Un sistema de bienestar que no se derrumba: A fin de cuentas, la balanza entre lo que el Estado gasta en acogida y lo que ingresa gracias a los migrantes presenta un amplio superávit.
Y no hablemos de guardería y colegios. Sin los miles de alumnos de origen extranjero, miles de aulas ya habrían cerrado sus puertas debido a nuestro invierno demográfico.
Y hay quien alude a que esta inmigración masiva supone una traición a los valores. También a los valores cristianos.
Pero a este respeto hay una contradicción difícil de ignorar.
Quienes invocan las raíces cristianas de Europa para atacar a la inmigración acaban alejándose de una parte significativa del magisterio católico contemporáneo.
Y es que los Papas de las últimas décadas, desde Juan Pablo II hasta Benedicto XVI, pasando por Francisco y León XIV, han recordado en repetidas ocasiones que las migraciones son una realidad que hay que acompañar con humanidad y responsabilidad, protegiendo la dignidad de las personas sin renunciar a la legalidad.
Reducir al migrante a una amenaza permanente significa adoptar una perspectiva que difícilmente encuentra fundamento en esa enseñanza cristiana y católica.
Los discursos de «prioridad nacional», y análogos, no son más que un intento nostálgico y peligroso de invertir el curso de la historia.
A Dios gracias la soberanía pertenece al pueblo, y el pueblo cambia, evoluciona y se regenera también a través de quienes eligen este estado como su nuevo hogar.
El resto no es más que propaganda impregnada de miedo, buena para arañar algunos votos, pero pésima para gobernar el futuro.
Porque en este tema de los inmigrantes, como en tantos y tantos otros temas, es necesario distinguir entre la realidad y la percepción. En los últimos años me ha tocado darme más cuenta, en Vic (Barcelona), que entre lo que se percibe y lo real se interpone la retórica del miedo.
Que, en algunos casos muy concretos, se convierte, abiertamente, en la “fábrica del miedo”.
En funcionamiento permanente y que ha construido un discurso que, en muchas ocasiones, ha alimentado y alimenta la xenofobia de una parte —a veces considerable—.
No hace falta mucho. Y se alimenta de frases efectistas. «Los inmigrantes llegan en número cada vez mayor a nuestras costas, quitando trabajo y recursos del sistema de bienestar social». «Todos son africanos y musulmanes». «La mayoría de los delitos los cometen extranjeros que, no por casualidad, llenan “nuestras” cárceles».
Y así sucesivamente.
Sí, la realidad de la inmigración es compleja y, desde luego, no es fácil de abordar. El fenómeno es cada vez más estructural y no coyuntural, pero —por el bien de todos y, sobre todo, por la verdad— se hace necesario razonar a partir de datos concretos.
Porque el problema es realmente grave y sencillo: inmigrantes: entre realidad y percepción.
Y los problemas —que nadie ignora— no se resuelven apelando a los instintos de la gente. Y es bueno recordarlo cuando asistimos a ciertas peroratas identitarias.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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