Para seguir pensando en otra Iglesia
A pesar del Concilio Vaticano II y a pesar del Camino Sinodal, seguimos inmersos en una pastoral de pura conservación, revestida de modernidad gracias a la búsqueda de nuevos lenguajes, que, sin embargo, replantean contenidos antiguos.
Habría que ir más allá y, entre otras cosas, replantearse a fondo la iniciación cristiana —entendida aquí como formación cristiana, que debe ser permanente—, lo que debería reflejarse también en una nueva iniciación cultural.
Un primer paso es la lectura y el estudio de la Biblia, que debe impregnar toda la pastoral (y por eso, entre otras cosas, cada Diócesis debería crear una oficina para el apostolado bíblico) y que debe volver a vincularse a la situación histórica que vivimos: precisamente en el vínculo entre la Palabra y la historia se puede encontrar un nuevo dinamismo eclesial.
El contacto con la Biblia nos ayudaría a volver a situar en el centro del camino el Misterio, cuyo núcleo es el amor universal de Dios, que se manifiesta en el misterio pascual del Hijo; y que, con el don del Espíritu Santo, asocia a todos a su obra en la Historia.
Por lo tanto, necesitamos cambiar los estilos de predicación, que pueden partir de la Palabra para interpretar la vida, pero también pueden seguir el camino inverso.
Necesitamos cambiar la catequesis, cuyo objetivo no es «enseñar» verdades, sino situar a la persona ante el Misterio.
Necesitamos replantearnos los sacramentos, reevaluando la sacramentalidad generalizada (la Iglesia nace de Cristo, que es sacramento del Padre).
Y no solo los «sacramentos de iniciación», sino también el matrimonio (¿qué significa que la familia sea una «iglesia doméstica»?) y el ministerio ordenado, que debe concebirse dentro del Pueblo de Dios y no por encima de él. Por ejemplo, ¿por qué los nombramientos de obispos y párrocos nunca pasan por una consulta a las comunidades implicadas? Deberíamos superar de una vez por todas el modelo tridentino del párroco, valorizando también una pluralidad de ministerios: podemos imaginar dos principales (el ministro de la Eucaristía y el coordinador de la comunidad) flanqueados por otros ministros: para la catequesis, por ejemplo, para el consuelo de los enfermos y los afligidos, para la reconciliación, para la caridad…
El sacramento de la misericordia debería convertirse en un gran encuentro de alegría y fiesta. Y el sacramento de los enfermos debería convertirse en el sacramento de la fragilidad, que habría que revalorizar nombrando a los Ministros de la Fragilidad, involucrando a las familias e incorporándolo a las liturgias públicas.
Una Iglesia capaz de replantearse así tan profundamente sería una Iglesia más libre, capaz de considerar su propia misión en el mundo y la evangelización ya no como proselitismo, sino como un compromiso para hacer crecer la calidad de las relaciones entre los hombres y las de los hombres con el bien común y con la creación. Capaz de poner al mundo en marcha.
El verdadero reto radica en la combinación de los dos adjetivos: «cristiano» y «cultural». No se puede iniciar a nadie en el encuentro con el Evangelio sin, al mismo tiempo, proporcionarle las herramientas críticas para descifrar la complejidad del mundo contemporáneo.
Soy de los que cree que se necesita una nueva alianza entre la fe y la contemporaneidad, una alianza que pueda construir una brújula para orientarse más allá de la mera gestión de lo existente.
Demasiados cambios amenazan con arrollarnos.
La conquista del espacio, la innovación tecnológica y la inteligencia artificial, que conviven con la pobreza y el hambre en muchas zonas del mundo; las dinámicas demográficas, la globalización, los movimientos migratorios, las guerras y el terrorismo, el cambio climático, los avances en biotecnología, la liberación de las mujeres, el orgullo LGBTQ+, las drogas de consumo masivo…
Son signos de los tiempos a los que es necesario enfrentarse y que exigen discernimiento, para poder orientar a la comunidad humana hacia una «nueva civilización», libre de la oscuridad y la incertidumbre que en este momento nos envuelven.
Pero si el objetivo es una nueva civilización, entonces hay que idear y poner en práctica itinerarios de iniciación (o de educación) adecuados, que giren en torno a los temas centrales del Misterio (con el que también se enfrentan los laicos), de la renovación, del diálogo, de la globalidad, del cuidado de la creación, de la familia y de la paz.
Itinerarios que una Iglesia renovada debería poder compartir con el mundo laico, por el bien de todos.
El reto es complejo, difícil, quizá hasta incómodo, pero apasionante: dejar de medir la vitalidad de la Iglesia por el número de bancos ocupados los Domingos, o de las multitudes en determinados mega eventos eclesiales, …, para empezar a evaluarla por su capacidad de generar sentido, justicia y esperanza en las calles del mundo.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF


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