jueves, 13 de agosto de 2026

La locura y necedad se convierten en inteligencia y sabiduría - San Mateo 16, 21-27 -.

La locura y necedad se convierten en inteligencia y sabiduría - San Mateo 16, 21-27 -

 

Tras la confesión mesiánica de Pedro en Cesarea de Filipo, comienza una nueva etapa del ministerio de Jesús y una fase decisiva de su vida. Mateo lo subraya al escribir: «Desde entonces, Jesús comenzó a mostrar …» (Mt 16,21). 

El estrecho paralelismo con la fórmula de Mt 4,17 («Desde entonces, Jesús comenzó a predicar y a decir»), que inaugura el ministerio de Jesús tras la detención de Juan el Bautista, marca literariamente este nuevo comienzo, cuyos rasgos característicos se definen a partir del primer anuncio de su pasión, muerte y resurrección (Mt 16,21). 

Lo que Jesús explica, y que constituye la única señal de su identidad mesiánica, es su pasión, muerte y resurrección; es decir, la señal de Jonás: «¡Una generación malvada y adúltera exige una señal! Pero no se le dará ninguna señal, salvo la señal del profeta Jonás. Así como Jonás permaneció tres días y tres noches en el vientre del pez, así también el Hijo del hombre permanecerá tres días y tres noches en el seno de la tierra» (Mt 12,39-40). 

Jesús, a quien Pedro acaba de reconocer como Mesías, especifica ahora en qué consiste su identidad mesiánica, la vocación tan personal que ha recibido de Dios. Incluso el conocimiento «correcto» de Jesús mostrado por Pedro, que ha contado con la aprobación del propio Jesús, debe ser corregido, ¿y por quién, si no por el propio Jesús? 

Jesús está desvelando su propio misterio, el secreto de su identidad profunda, íntima y muy personal, identidad recibida de la voluntad de Dios contenida en las Escrituras. La necesidad («tenía que ir a Jerusalén y sufrir mucho»: Mt 16,21) de su pasión está inscrita en su obediencia a las Escrituras y a su ministerio profético («Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas»: Mt 23,37) y le lleva a su redefinición muy personal de la vocación mesiánica. 

La vocación es siempre el encuentro entre la palabra y la voluntad de Dios contenidas en la Escritura y la libertad de un hombre que se siente interpelado personalmente por esa palabra y esa voluntad. En ese encuentro se manifiesta la acción del Espíritu y se expresa la obediencia creativa de la persona. 

Pero las palabras de Jesús provocan la reacción indignada de Pedro. Una reacción verbal, pero también física. Pedro «se lleva» a Jesús, lo «atrae hacia sí», y acompaña este gesto con palabras de escándalo y reproche: «¡Que Dios te libre, Señor, eso nunca te sucederá!» (Mt 16,22). 

Para Pedro, lo que Jesús ha dicho es sencillamente inaceptable. La idea del Mesías que Pedro tiene en mente es absolutamente incompatible con el destino de sufrimiento y muerte. Pero Pedro está proyectando en Jesús sus propios deseos, su propia imagen del Mesías. 

Ya el profeta Isaías advertía que los pensamientos de los hombres no son los pensamientos de Dios: «Mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni mis caminos son vuestros caminos» (Is 55,8); ahora Jesús dirige esta reprimenda a Pedro: «No piensas según Dios, sino según los hombres», o tal vez incluso: «No tienes sentido para las cosas de Dios, sino para las de los hombres» (Mt 16,23). 

Y Jesús reacciona también con un gesto: Jesús «se aparta», «se da la vuelta» y reenvía a Pedro detrás de Él, en la posición del discípulo que sigue al maestro. Y Jesús no escatima palabras duras para con Pedro: el beneficiario de la revelación del Padre es ahora tildado de «satanás», el destinatario de la bienaventuranza es ahora motivo de escándalo, la roca es ahora piedra de tropiezo. 

En Pedro conviven estas dimensiones contradictorias, al igual que en todo creyente conviven la posibilidad de la fe y de la falta de fe, de la comprensión y de la ignorancia, de la fidelidad y del abandono, de la humildad y de la arrogancia. En particular, de la fe y de la suficiencia, de la adhesión al Señor y de la presunción de sí mismo. 

Y para que quede claro lo que implica el seguimiento, y por tanto la fe, he aquí que Jesús pronuncia unas palabras contundentes e incluso chocantes. Es decir: tras anunciar su pasión, Jesús anuncia la pasión del discípulo. 

Especialmente dura es la expresión de Mt 16,24: «Si alguien quiere venir en mi seguimiento, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame». 

Renunciar a uno mismo y tomar la cruz son mandatos que indican acciones concretas, establecidas de una vez por todas y consideradas en su conjunto, aunque abarquen todo el tiempo del seguimiento. El tercer imperativo «que me siga» indica una acción que se prolonga en el tiempo. 

Renunciar a uno mismo y tomar la propia cruz significa renunciar a defenderse y a justificarse, y asumir y llevar el instrumento de la propia condena a muerte. Para el discípulo se trata de renunciar a la idolatría de sí mismo, de salir de los mecanismos de autojustificación y de abandonarse totalmente al Señor en una locura en la que reside el secreto de la libertad del discípulo del Señor. Secreto que implica la conciencia de que el seguimiento llega hasta la muerte y que contempla la posibilidad de perder la vida. 

Es más, la locura evangélica hace que perder la vida por el Señor y por el Evangelio sea, en verdad, encontrarla, estar plenamente inmerso en ella. Seguir a Jesús significa poner la propia vida en su vida por amor. Lo que se pierde por amor, en realidad no se pierde, sino que se entrega. Y lo que se entrega por amor, se recupera en la relación. 

Por eso, argumenta Jesús: «¿De qué le servirá al hombre ganar el mundo entero, si pierde su propia vida?» (Mt 16,26). El texto vislumbra la situación de unos hombres empeñados en poseer, en extender su actuar y su acumulación más allá de sí mismos, fracasando de hecho en su propia vida, perdiéndose a sí mismos. 

Si Pedro había manifestado su oposición a la perspectiva de la pasión y muerte de Jesús, es evidente que también la asunción de la cruz resulta igualmente inaceptable para el discípulo. Aquí hay que decir que, en la vida cristiana, la cruz no se elige, sino que se recibe, y siempre se trata de algo indeseable, es más, de algo inaceptable, de algo que sentimos como absolutamente rechazable, porque es absurdo, inhumano, injusto, repugnante, y contra ella nos rebelamos con todas nuestras fuerzas. 

Hasta que, finalmente, nos damos cuenta de que quizá precisamente ahí, en ese indeseable que ha sucedido, en ese impensable que se nos ha abatido encima, se esconde la forma de nuestra cruz: «que tome su cruz». 

Podemos preguntarnos: ¿cómo vivió Jesús la negación de sí mismo, la pérdida de sí mismo, el tomar la cruz? Y podemos responder que no fue la cruz la que hizo grande a Jesús, sino que la vida de Jesús dio sentido también a la cruz cuando fue colgado de ella

Es la vida de Jesús dedicada a amar, a reconocer y a salir al encuentro del otro en su necesidad; es la vida de Jesús marcada por la fraternidad, los afectos, la contemplación de la creación, los encuentros desinteresados; es la vida de Jesús sostenida por la fe sencilla y radical en Dios, atravesada por la oración al «Abba» y por la escucha filial de su palabra, que ha imbuido a la cruz (símbolo de una muerte injusta y cruel, signo del pecado del hombre) con el sello de la fidelidad y la solidaridad radical de Jesús. 

La fidelidad a Dios y la solidaridad con los hombres se sintetizan en un único amor a Dios y al prójimo. Jesús nunca tuvo como fin la autodestrucción, la pérdida de su propia vida, sino vivirla plenamente y con alegría, persiguiendo la libertad y el amor. 

Y amando libremente hasta el final, hasta el extremo, hasta el punto de no retorno. Jesús vivió entregando vida: a los enfermos, a los pecadores, a los marginados, a los despreciados; Jesús supo —es decir, eligió y quiso— dar vida. Su perder la propia vida fue una entrega de tiempo, de fuerzas físicas y espirituales, de energías psíquicas y afectivas: Jesús entregó su vida dando vida a los demás. 

No fue una mera pérdida, sino una entrega, una generación, una transmisión. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

No hay comentarios:

Publicar un comentario

El coste de un amor crucificado - San Mateo 16, 21-27 -.

El coste de un amor crucificado - San Mateo 16, 21-27 -   Cuando Mateo escribe esta página, todo ha sucedido ya: el sufrimiento en Jerusal...