El alto precio del discípulo del Siervo - San Mateo 16, 21-27 -
Pedro respondía a Jesús —quien interrogaba a sus discípulos sobre su identidad— con una confesión de fe: «Tú eres el Cristo, el Mesías, el Hijo del Dios vivo» (Mt 16,16). Precisamente por esta revelación recibida del Padre que está en los cielos, Simón, el pescador de Galilea, es constituido por Jesús como la Roca, la primera piedra de la construcción de su Iglesia (cf. Mt 16,18).
Pero he aquí la orden perentoria de Jesús de no revelar a nadie su identidad de Mesías y, al mismo tiempo, el comienzo de una nueva revelación.
De hecho, está escrito que «desde entonces Jesús comenzó a mostrar a sus discípulos…». No solo a decir, a enseñar, sino a mostrar, es decir, con palabras y con su comportamiento, que «era necesario que él fuera a Jerusalén y padeciera muchas cosas por parte de los ancianos, de los jefes de los sacerdotes y de los escribas, y que fuera asesinado y resucitara al tercer día».
Mateo cuenta que Jesús, tras el asesinato de Juan el Bautista (cf. Mt 14,1-12) y las críticas y el rechazo por parte de los escribas y los fariseos (cf. Mt 15,1-20; 16,1-12), se había alejado de Galilea hacia las tierras del norte, más allá de las fronteras de la Tierra Santa, pero ahora regresa y decide emprender el camino hacia Jerusalén, la ciudad santa, aunque él también la conoce como «la ciudad que mata a los profetas» (Mt 23,37).
Jesús siente que «es necesario», que «debe» emprender este viaje, no porque el destino lo decida por Él, sino porque su misión así lo exige, incluso a costa de una muerte violenta. Esta necesidad es, ante todo, humana, está inscrita en la historia humana, en los acontecimientos del mundo: en un mundo injusto, el justo solo puede recibir rechazo, persecución e incluso la muerte.
Si Jesús quiere cumplir su misión con palabras y obras según la voluntad de su Padre, si quiere mantenerse coherente con lo que ha predicado, debe cumplir su misión incluso yendo a la ciudad santa, incluso enfrentándose al odio y al rechazo de los sacerdotes, los escribas y los hombres religiosos dotados de autoridad y poder entre el pueblo del Señor.
Esta necesidad humana se convierte así también en necesidad divina. Pero no porque Dios, el Padre de Jesús que está en los cielos, desee la muerte del Hijo, sino porque quiere que Jesús lo describa fielmente como Dios de amor, Dios desarmado y manso, Dios que acepta ser golpeado antes que golpear.
Hay que velar continuamente por no proyectar sobre Dios la imagen perversa de un Padre que desearía la muerte y el sufrimiento del Hijo. No, esto ocurre así porque es una lógica inherente al mundo, tal y como había leído y profetizado el autor del libro de la Sabiduría, desenmascarando los razonamientos de los impíos y su persecución del creyente justo y pobre en el Señor, quien confiesa a Dios como Padre (cf. Sab 1,16-2,20).
En un mundo injusto, el justo solo puede conocer el sufrimiento, y Jesús, desde aquel momento inmediatamente posterior a la confesión de Pedro, lo demuestra. Cabe señalar que Jesús hace este anuncio tres veces durante el camino a Jerusalén (cf. Mt 16,21; 17,22-23; 20,17-19), por lo tanto, con una insistencia y una intención precisas: los discípulos que le siguen deben comprender que en su vocación, en su identidad de Mesías, está contenida toda la vocación del Siervo del Señor, que conoce el sufrimiento y la muerte (cf. Is 52,13-53,12).
Lo esencial del anuncio-profecía es la necesidad de la pasión como sufrimiento padecido, como rechazo por parte de la autoridad religiosa legítima, como muerte violenta, desenlace humanamente fallido de una vida y de una misión.
Pero, precisamente tras este final, tendrá lugar la resurrección de entre los muertos al tercer día, como obra del Padre sobre él, el Hijo: resurrección no como venganza contra la muerte, sino como fruto de la pasión y de la muerte. Y no son solo las palabras de Jesús, sino que también su comportamiento enseña a sus discípulos esa necesidad: la vida y las palabras concurren en su «anunciar la palabra abiertamente» (cf. Mc 8,32).
Ante este anuncio, la Roca de la Iglesia, Pedro, recién instituido como tal y proclamado «bienaventurado» por Jesús (cf. Mt 16,17-19), reacciona. Se lleva a Jesús aparte, casi al margen de los demás discípulos, y comienza a reprenderlo diciéndole: «¡Que (Dios) te preserve, Señor! ¡Esto nunca te sucederá!».
Pedro invoca a Jesús como Kýrios, Señor, lo reconoce en su identidad, pero precisamente por eso lo reprende, al considerar que sus palabras son absurdas, porque la pasión y la muerte no pueden sucederle al Mesías.
No nos escandalicemos por las palabras de Pedro: también Jesús sentía rechazo y repugnancia por lo que le esperaba y, en Getsemaní, se lo mostrará a los discípulos con una angustia visible y con una oración al Padre para que alejara de Él el cáliz de ese miserable final (cf. Mt 26,36-46). El sufrimiento y la muerte, los nuestros y los de quienes amamos, pero también los de los demás, nos duelen y nos repugnan. Eso es lo que está diciendo Pedro.
Pero para Jesús esas palabras suenan como una tentación renovada por parte de Satanás. Aquel que lo había tentado en el desierto, ofreciéndole un camino mesiánico sin cruz y sin muerte, sino hecho solo de éxito y poder (cf. Mt 4,1-11), se manifiesta ahora en las palabras del discípulo a quien él había constituido como Roca.
Por eso Jesús le grita: «No seas un obstáculo en mi camino, porque tus pensamientos son humanos, no son pensamientos de Dios». ¡He aquí por qué a la Roca se le puede llamar Satanás! No se trata de una desmentida de la investidura anterior ni de la bienaventuranza dirigida a Pedro, sino de una clara advertencia: incluso la Roca puede acabar razonando de manera mundana y ser un obstáculo en el camino del Señor.
Y para que esta «revelación» de la necesidad de la pasión sea una palabra definitiva, en este momento Jesús dice a los discípulos: «Si alguien quiere venir en mi seguimiento, que renuncie a sí mismo, tome su cruz y me siga».
Así es como se define el discipulado para todos: no consiste solo en seguir a un maestro sabio y autoritario, no consiste solo en seguir a un profeta capaz de obrar milagros, sino que significa involucrarse en la vida de Jesús, significa renunciar a conocerse y afirmarse a uno mismo, significa tomar la propia cruz, el instrumento de muerte del hombre mundano, del «hombre viejo» (Rom 6,6; Ef 4,22; Col 3,9), y seguir a Jesús allá donde vaya (cf. Ap 14,4).
¡Un discipulado que tiene un alto precio! Un discipulado que no exime del escándalo, de la prueba, del sufrimiento. Un discipulado que nos sitúa del lado de Jesús, el Siervo sufriente, y del lado de todos los que sufren en este mundo. Sí, bienaventurados los pobres, los mansos, los que lloran, los que son perseguidos (cf. Mt 5,1-12)…
La pérdida de uno mismo, del yo mundano, es necesaria para que pueda surgir el propio yo auténtico, aquel que se encuentra en Jesús. Los cristianos, que proclaman la verdadera identidad de Jesús como Hijo del Dios vivo, no deben olvidar ni ocultar jamás al crucificado. De hecho, toda la gloria de cada cristiano reside precisamente en tomar su propia cruz y seguir a su Señor en la pasión, la muerte y la resurrección.
He aquí, pues, a continuación, algunas palabras de Jesús centradas en la palabra «vida». La vida no es, ante todo, aquella que uno intenta conservar a toda costa, siguiendo el impulso de vivir incluso sin los demás y en contra de ellos, en una lógica de autoconservación, lógica que no reconoce la dinámica de la entrega de uno mismo a Dios y a los demás.
Por el contrario, se puede incluso gastar la vida hasta perderla al darla, y en este caso se recupera en el poder de la resurrección que Dios obra como palabra última e íntima sobre nuestras vidas.
La verdadera vida, además, no significa ganarse el mundo, no se identifica con el tener, con el poseer, porque nadie puede pagar a Dios su propia redención ni salvar su propia vida (cf. Sal 49,8-9).
Esta verdad se manifestará cuando venga el Hijo del Hombre en la gloria del Padre, con todos sus ángeles, en lo que será «el día del Señor», anunciado por los profetas y confirmado por Jesús como el día del Hijo del hombre (cf. Mt 24,44; 25,31). Entonces, mediante un juicio último y definitivo, se revelará la verdad de la vida de cada uno de nosotros y cada uno recibirá de Dios un juicio acorde con lo que haya vivido y obrado en la tierra.
En el horizonte último de la historia nos espera, pues, a
todos nosotros, la venida en gloria de Cristo, Hijo del hombre e Hijo del Dios
vivo, aquel que fue crucificado y resucitó al tercer día.
Y si hemos intentado seguir a Jesús, pero, como Pedro, la Roca, ante la persecución solo nos hemos reconocido a nosotros mismos, hasta el punto de decir de Jesús: «No lo conozco» (cf. Mt 26,69-75), en el arrepentimiento conoceremos la mirada misericordiosa de Jesús. ¡Como le sucedió a Pedro (cf. Lc 22,61-62)!
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF






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