Ecce Homo!
En Jesucristo, Dios vivió la experiencia de la humanidad desde dentro, haciendo que la alteridad del hombre acontezca dentro de sí mismo. Hipólito de Roma escribe: «Sabemos que el Verbo se hizo hombre, de la misma materia que nosotros (¡hombre en cuanto hombres somos!)». Jesús de Nazaret interpretó, narró e hizo visible a Dios en el espacio humano: “Ecce homo! ¡Aquí está el hombre!” (Jn 19,5). Él dio sentidos humanos a Dios, permitiendo a Dios experimentar el mundo y la alteridad humana, y permitiendo al mundo y al hombre experimentar la alteridad de Dios.
La corporeidad es el lugar esencial de esta narración que hace de la humanidad de Jesús de Nazaret el sacramento primordial de Dios. El lenguaje de Jesús, y en particular la palabra, pero también los sentidos, las emociones, los gestos, los abrazos y las miradas, las palabras impregnadas de ternura y las invectivas proféticas, las instrucciones pacientes y las duras reprimendas a los discípulos, el cansancio y la fuerza, la debilidad y las lágrimas, la alegría y el júbilo, los silencios y los retiros en soledad, sus relaciones y sus encuentros, su libertad y su parresía,…, son destellos de la humanidad de Jesús que los Evangelios nos permiten vislumbrar a través de la ventana reveladora y opaca de la palabra escrita. Y son reflejos luminosos que permiten al hombre contemplar algo de la luz divina.
La alteridad y la trascendencia de Dios fueron “evangelizadas” por Jesús y traducidas al lenguaje y a la práctica humana. Es la práctica de la humanidad de Jesús quien narra a Dios y abre un camino para que el hombre se acerque a Él. «A Dios nadie le ha visto jamás; el Hijo Unigénito... lo ha declarado (exeghésato)» (Jn 1,18), revelado de una vez por todas, de manera definitiva.
Por eso el cristianismo exige que Jesús sea conocido a través de su vida narrada y testimoniada en los Evangelios por aquellos que estuvieron implicados en su historia, los discípulos, hechos «servidores de la Palabra» (Lc 1,2). Sólo a través de este conocimiento podremos también creer en Él hasta amarlo, hasta confesarlo como «Señor», «Hijo de Dios», «Salvador», y llegar así a la fe en Dios, al conocimiento del Dios vivo y verdadero.
Por eso creo que es un grave riesgo para los cristianos deificar a Jesús antes de conocer su existencia humana concreta. De hecho, si no conocemos la humanidad de Jesús, a través de los Evangelios, terminamos creyendo en él como una realidad imaginada y construida por nosotros.
En el hombre Jesús, la condición de Dios sufrió una kénosis, un vaciamiento: Él, que tenía la forma de Dios, se despojó de su igualdad con Dios (cf. Flp 2, 6-7), y esto sucedió de tal manera que en la vida de Jesús no se vio nada más que su humanidad, una humanidad en condición de siervo «hasta la muerte, y muerte de cruz» (Flp 2, 8). Su condición de Dios quedó, por así decirlo, “entre paréntesis”, y Jesús era hombre, un hombre como nosotros, sujeto a nuestra limitada condición mortal.
Sí, Jesús vivió su existencia terrena como un hombre pobre y frágil, exactamente como los hombres con los que entró en relación. El Hijo entró en la historia como hombre, plenamente hombre: un hombre capaz de hacer de su vida una obra maestra de amor.
En respuesta a esta humanización de Dios en Jesucristo, la fe es un acto humano. Es un acto de libertad humana, un acto vital de toda la persona, un acto que implica entrar en una relación y es un acto en progreso, que se produce y se desarrolla en el tiempo.
Es ante todo confianza, confianza en la vida, confianza en los demás. Confianza en lo humano que hay en cada ser humano y en lo cual consiste la imagen y semejanza de Dios. Humanidad que, como imagen de Dios en el hombre, es un don, y como semejanza, es responsabilidad del hombre.
En su práctica de humanidad, Jesús fue capaz de despertar, crear confianza y así generar vida y dar vida. En sus encuentros despertaba la subjetividad de las personas que conocía y valoraba su humanidad, su rostro y su nombre, es decir, las manifestaciones de su singularidad e irrepetibilidad. ¡Cuántas veces decía: «¡Tu fe-confianza te ha salvado!» (Mc 5,34 y par.; 10,52; Lc 7,50; 17,19; 18,42; cf. también Mt 8,13; 15,28)!
Hoy en día, la tarea que se les pide a los cristianos es abrazar la fe como camino de humanización y como camino de confianza y de sentido. Una tarea nueva y antigua al mismo tiempo: decir Dios a los seres humanos a través de una práctica de humanidad inspirada en la humanidad de Jesús de Nazaret.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
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