lunes, 17 de marzo de 2025

Una carta de amor.

Una carta de amor 

El día 3 de mayo es el trigésimo tercer aniversario de mi ordenación presbiteral. ¡33 años! ¡La edad de Cristo! El día anterior escribí esta carta que fue un poco mi meditación ese día. Estuve mucho tiempo indeciso si publicarla o no, al final decidí hacerlo pensando que hay algunos misioneros claretianos y presbíteros que me leen y quizás pueda hacer algún bien compartir un corazón que después de treinta y tres años de presbiterado está quizás un poco cansado, pero todavía se siente joven. 

¿Escribir o no escribir? Éste es el dilema. 

¿Será mejor si dejo pasar en silencio, haciendo alarde de humildad y reserva, el trigésimo tercer aniversario de mi ordenación presbiteral, o si escribo un himno de alabanza y gratitud al Señor por todos los dones con que me ha colmado? 

Sí, porque en este lío general de todo entretenimiento / siempre espectáculo en el que las cosas más privadas se dicen en público, uno simplemente puede no querer aparecer; eso también es una elección de imagen ahora que todo, o casi, tiende a exponerse incluso sin decoro ni pudor. 

Tal vez pensé que podría celebrar este aniversario en paz, quizá en alguna casa de espiritualidad, Tú y yo, y a lo sumo un par de amigos o hermanos muy selectos, pero no es posible porque la vida tiene sus tiempos y sus ritmos y no te permite parar tan fácilmente, y luego gente sabe la fecha y sabe hacer las cuentas. 

¿Y entonces? Bueno, si quiero un momento de intimidad contigo, no tengo más remedio que escribirte una carta, no una oración. No de rodillas ante el sagrario, sino idealmente delante de mi ordenador con una taza de té. 

Ya hace treinta y tres años que Tú te hiciste cargo de esta vida, digamos más de cuarenta años si tenemos en cuenta los antecedentes. ¿Qué opinas? ¿Cómo ha ido todo? ¿Te he decepcionado? 

He causado muchos desastres, no hay duda: si pienso en cuántas personas he lastimado en este tiempo se me sale un sudor frío, y seguramente hay aún más personas a las que he lastimado sin saberlo y nunca lo sabré. Por suerte, al menos hasta donde yo sé, en la mayoría de los casos lograste convertir el mal en bien, de modo que al final las personas a las que lastimé no sufrieron daños permanentes y en cambio corregiste las consecuencias de mis errores. 

Yo quisiera ser Tú, ¡piensa qué presuntuoso soy! Como un niño que se inscribe en la escuela de fútbol soñando con ser José Ángel Iríbar, y a decir verdad, después de treinta y tres años transcurridos no en los grandes y famosos estadios, sino en polvorientas canchas de suburbios, todavía sueño de vez en cuando con hacer la parada brillante, el bloqueo que hace la diferencia, la estirada que salva el resultado... pero en realidad, han sido treinta y tres años, seamos sinceros, ​​jugando en la segunda línea, escondido, mientras otros se llevaban los aplausos. 

¿Me importa? No, francamente no, y me doy cuenta tampoco ahora vienen los aplausos, ahora que los focos apuntan cada vez menos hacia mí. De hecho, mira por dónde, me encuentro pensando cada vez más a menudo que me gustaría volver a tocar el bajo, ser el que sostiene el sonido de la banda, el que mantiene unidos los solos del guitarrista y los gorjeos del cantante y quien en las sombras da ritmo y volumen a la música. 

¿Qué queda entonces de este tiempo pasado juntos? Tanto amor me imagino, tanto que la mayoría de las veces ni siquiera ha sido comprendido. He visto presbíteros de todo tipo: directivos, profetas, periodistas, poetas, intelectuales; hombres “verticales” y pusilánimes, gigantes y enanos, actores de vodevil y contables indestructibles, místicos y liturgistas, grandes comunicadores y hombres de acción, y presumo que yo mismo he sido encasillado en casi cada una de estas categorías, o en otras, porque, como sabemos, los ojos ven lo que el corazón manda y es muy raro que alguien vea algo diferente a su propio prejuicio. 

¿Pero sabes que no me importa en absoluto? Te lo digo en serio, delante de este ordenador en el que ahora escribo. 

Treinta y tres años de trabajo han tenido al menos este efecto en mí: han ido extinguiendo casi todo narcisismo, casi toda búsqueda ideal de mí mismo. Que yo desaparezca, pero que la Iglesia viva, que yo pase mi vida en silencio y escondido, pero que aquellos que Tú me confías vengan a Ti, que yo permanezca para siempre en el umbral, sin entrar jamás, si esto significa mantener la puerta abierta a muchos otros. 

Y si la humildad que me pides es la humildad paradójica de una exposición ejemplar de mí mismo y de mi interioridad, que así sea. Acepto incluso no tener vida privada -ya sabes cuánto me gustaría tenerla-, estar a la vista y a juicio de todos, si Tú así lo quieres. 

Pero no quiero quejarme, al contrario, porque también me diste algo que no estaba escrito en el contrato, me hiciste feliz. Contra todas las expectativas, contra todas las predicciones lógicas, después de treinta y tres años que han dejado grandes heridas, y muy profundas en mi alma, sigo siendo un hombre feliz. Incluso con mis cicatrices. 

Una vez me dijiste, en uno de nuestros encuentros: “¿No crees que si te llamo es para hacerte feliz?” No, no he acabado aún de creerlo, nunca lo he pensado de esa manera. He aprendido a servir y a no esperar nada a cambio, y por esto estoy aún más agradecido, viendo que, después de haber hecho todo para tratar de hacer felices a los demás, todavía me queda esperanza confiada y serena alegría, ¡y cuánta paz! 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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