Al Espíritu Santo pedagogo
Ayudarnos a mirar la realidad con asombro y a ampliar nuestra razón al hacerlo: ésta es la primera tarea del educador y del maestro. A los cristianos un verdadero Maestro nos guía por este camino. Y ese Maestro es el Espíritu Santo.
"... El cielo negro se rasgó y se enrolló como una lona, se revelaron esplendores... mientras ascendían y descendían por la colina, todo el universo de Dios se abrió ante ellos como un gigantesco abanico; luego, casi bajo sus pies, vieron el mar infinito extendido en el fondo de un valle que terminaba en forma de bahía, el mar infinito resplandeciente, la aurora extendida sobre sus cabezas como una explosión cósmica: un resplandor de rayos en el silencio, el mundo se rompió sin ruido. Frente a los rayos del sol victorioso, estalló un arco iris con sus colores resplandecientes del marrón al turquesa, del verde al rosa dorado, como si el astro naciente barriera ante sí todos los colores del mundo" (de G. K. Chesterton, "La esfera y la cruz").
¿Cuándo perdimos el asombro? ¿Por qué ya no nos sorprendemos? ¿Por qué ya no podemos decir, como un sabio decía a su hijo: "Qué bello es el mundo y qué grande es Dios"? ¿Qué Chernóbil ha devastado tanto nuestros ojos, nuestros corazones, nuestra razón, que ya no estamos atentos a la belleza de la realidad ni nos conmueven las emociones y las preguntas que se plantean a nuestro "yo"?
Sin embargo, las puestas de sol, los amaneceres, la pradera resplandeciente de flores, el sol que brilla sobre la nieve, las nubes que cubren el cielo de formas imaginativas están ahí... ahí está todavía todo este espectáculo de la Creación.
¿Qué tiene esta continua falta de aliento, esta perpetua distracción, este olvido culpable, este hábito obtuso, esta superficialidad o indiferencia que mortifican, matan poco a poco el asombro ante el hecho de la realidad?
Este asombro es parte constitutiva de nuestra naturaleza, en cuya raíz está la necesidad de lo bello, de lo bueno, de lo verdadero; nacemos con esta necesidad continua de asombrarnos y sabemos asombrarnos cuando la realidad golpea nuestra mirada con un fragmento de la Creación (al fin y al cabo, somos sus criaturas, ¡como la creación misma!). Entonces, ¿qué le ha pasado a nuestra persona para que olvidemos las palabras de educadores o maestros, que nos decían "...mira...observa...abre bien los ojos..."? ¿Nos hemos vuelto tan estúpidos que ya no podemos reconocer que "los cielos y las estrellas del firmamento hablan de la gloria de Dios"?
Que quede claro desde el principio que la mía es una provocación encaminada a recuperar una forma de acercarse a la realidad, una actitud a vivir en el momento en que la realidad irrumpe en nuestras vidas. No me interesa Heidi con su cabrita, ni los novios mirando soñadoramente la luna, ni mucho menos hacer un llamamiento ideológico ecologista para proteger el medio ambiente. Confieso que me resultan totalmente ajenos los pájaros que gorjean sobre las plantas, las mariposas de colores que revolotean sobre las flores en una aproximación sentimental, pues el conocimiento es afectivo, por supuesto, pero el affectus, sin la razón y la curiosidad de la pregunta, no pasa de ser una emoción efímera.
Ante el cielo estrellado o un arco iris, decimos: 'Qué bonito... es espléndido...' y todo acaba ahí, porque lo cotidiano entonces nos abruma mientras que deberíamos detenernos ante tal esplendor, deberíamos dejar que tal belleza invadiera toda nuestra persona -por tanto también la razón-: sólo así sería posible recordar el Misterio que se esconde tras estos grandiosos "signos" de la naturaleza, sólo así podríamos conmovernos y reflexionar de tal modo que recordáramos que todo esto nos es dado, no es nuestro, ni siquiera lo hemos pedido, lo hemos encontrado a través de una Bondad imprevista y enteramente gratuita.
Entonces sabríamos nombrar las cosas que vemos, como cada uno de nosotros ha sido llamado por su nombre por un acto de amor; porque las cosas fueron hechas para nosotros y podríamos haberlas contemplado eternamente si, engañados por los halagos de una serpiente estúpida, no nos hubiéramos dejado expulsar del Edén.
¿Qué ha embotado nuestra mirada, de modo que ya no nos permitimos un asombro límpido? Con la ayuda de las películas "La fábrica de chocolate" y "Las crónicas de Narnia" y de ejemplos de la vida cotidiana de los niños, buscamos una respuesta contemplativa, espiritual y sapiencial a esta pregunta.
- El Chernobil de la mirada comenzó cuando empezamos a considerar la realidad como un enemigo, una trampa apretada y asfixiante, un obstáculo para la satisfacción de nuestros pequeños y grandes egoísmos, para nuestros narcisismos complacientes, cuando sustituimos la oblación por la posesión, cuando dejamos de distraernos con la sonrisa libre y espontánea de un niño y dejamos de limpiar las lágrimas de los que sufren a nuestro lado; cuando, al ir por el mundo, nos hemos preocupado más de "consumir" la realidad que por dejarnos sorprender y admirar por las mil facetas de su dramatismo y su positividad.
De los cinco niños convocados a la fábrica en la película de Tim Burton "La fábrica de chocolate", sólo Charlie es capaz de abrir bien los ojos, de abrir su mirada llena de asombro. Los otros cuatro pertenecen a la peor clase de infancia arrebatada por lo efímero moderno o por unos padres carentes de auténtica paternidad/maternidad: hay un glotón, un ambicioso, un escéptico y un caprichoso, y cada uno acabará absorbido por los vórtices de la fábrica precisamente a causa de su propia estupidez egoísta.
- Nuestro yo se perdió tras falsas quimeras que prometían alegrías inmediatas y sucedáneos de belleza; siguió quimeras mágicas que nos encantaban y engañaban con respuestas ficticias y parciales a nuestro deseo de infinito con paraísos finitos que, al final, nos dejaban más solos e insatisfechos.
Nuestro yo se perdió cuando empezó a dividirse en sí mismo (una máscara para cada circunstancia, un papel para cada compromiso del día); se perdió cuando superpuso a su humanidad una serie de imágenes para protegerse de la realidad, en lugar de afrontarlo todo con coraje e ímpetu, con deseo y pasión.
En la película de Andrew Adamson "Las crónicas de Narnia - El león, la bruja y el armario", la maravilla de la mirada se perdió cuando Edmund, uno de los niños, se dejó encantar por los halagos de la Reina de las Nieves, prefiriendo la escarcha de un país lleno de hielo y falsas promesas. A partir de la maravilla de los ojos brillantes de Lucy, de su mirada asombrada, comenzará la redención y la liberación de las personas que habitan este lugar fantástico.
- Nuestro yo ya no mira y ya no se asombra porque queda atrapado en el sueño fantasioso de ser alguien distinto de lo que es, porque este yo ya no se ama a sí mismo y ya no ama lo real que tiene a su alrededor. Así, nuestra mirada empieza a estar viciada por la duda, se muestra escéptica sobre si es posible reconocer la belleza que se nos regala constantemente. Así que analizamos lo real, lo desmontamos pieza a pieza, para ver qué hay detrás, con la habitual tentación prometeica de capturar el Misterio y hacerlo nuestro. (Todos sabemos cómo acabaron Prometeo, Ícaro, la Torre de Babel, el Ulises de Dante...).
- Somos adolescentes que intentan captar el instante de la realidad fotografiándolo con el móvil; otros que, de forma obsesiva y narcisista, imprimen la imagen de sí mismos en el video-móvil, casi como buscando la confirmación de su propia existencia, de un lugar en el mundo, de una pertenencia que ya no pasa por el laborioso y dramático descubrimiento del "tú" que tienen delante o por el desvelamiento de su "yo" a los demás. El descubrimiento de la propia identidad y el sentimiento de formar parte de algo ya no se produce a través del encuentro con el otro, sino a través de lo que el otro hace ver de uno mismo: "Aparezco, luego existo".
- La imagen y su culto, cada vez más extendido, sustituyen al rostro; la apariencia sustituye a la carne, al corazón, a la razón, al bien y al mal con los que se mezcla nuestro yo, mezcla de lo humano y lo divino. Uno puede hacerse amigo, comunicarse por correo electrónico, abrir sitios en Internet y sus redes, donde la verdad y la humanidad de la persona permanecen implícitas, enmascaradas, ocultas. Entonces uno construye una realidad virtual como la de los juegos o situaciones de rol en las que el alienus (el otro de uno mismo) actúa, sufre, se alegra, de forma totalmente ficticia y su "yo" permanece disfrazado, oculto. La moda de experimentar mundos paralelos en línea está cada vez más extendida: una conexión a Internet de banda ancha y una tarjeta de crédito permiten entrar en Second Life, un mundo creado por sus habitantes, procedentes de distintos países. La empresa que distribuye el software proporciona a los habitantes una especie de caja de herramientas donde pueden encontrar material para construir clubes nocturnos, bares, coches, tiendas y, en ese mundo virtual construido a su gusto, no puede faltar el cibersexo.
Sólo los poetas, la poesía es el lenguaje del Espíritu, logran encontrar las palabras adecuadas para comunicarnos el misterio que se oculta tras la belleza del universo; probablemente necesitemos volver a empezar desde aquí, es decir, desde el aprendizaje de quienes mantienen intacta una mirada capaz de abandono, de sencillez ante el extraordinario espectáculo que la realidad nos ofrece cada día.
De vez en cuando, sería necesario hacer un viaje a alguna guardería para captar en secreto los ojos bien abiertos de algún niño, para recordar la actitud de asombro que se apodera de nosotros cada vez que, imprevisiblemente, sin que lo busquemos, sale a nuestro encuentro un fragmento de realidad que nos llena el corazón de emoción y la mente de preguntas. Deberíamos, de vez en cuando, recordar el rostro joven y asombrado de María ante el Ángel que le anuncia la futura maternidad de Dios, expresión con la que rebosa el arte secular, fruto del genio creador del artista, en el que siempre reverbera un eco de lo divino, con el que cada uno de nosotros está entretejido.
¿Cómo vivir esta perspectiva en nuestra vida diaria?
Vivir diariamente una pasión impetuosa, abierta, curiosa y amistosa hacia la totalidad de lo real: en la vida, nunca se parte de la disciplina que se enseña, sino del propio "yo" que comunica la propia humanidad investida por lo real. La vida es sólo el canal de ese acontecimiento constituido por el acontecimiento de una relación compartida entre el maestro y el discípulo, de un saber que se entrega, para que el discípulo se introduzca en la totalidad de lo real. Un maestro, al salir de casa por la mañana, lleva al aula las nubes rosadas que ha visto en el cielo, los primeros brotes que ha visto en los árboles, los pensamientos, las emociones, los ideales de su corazón: así el alumno comprende que tiene ante sí a un mensajero del alma... cómplice de posibilidades trascendentes.
El maestro aporta una mirada capaz de recordar la realidad como un don, como una gracia. ¿No debería sorprendernos, en alguna mañana brumosa o soleada, el pensamiento de que lo que hemos tenido ha sido una gracia inmerecida, un gran don gratuito? ¿No debería asombrarnos que a veces nos humille pedir una gracia y descubrir así la dulzura del Reino de Dios?
Uno no nace con una lista de problemas por resolver o de preocupaciones que amortiguan un nuevo comienzo. Uno nace con la certeza de que siempre será bueno volver a empezar, de que es una aventura extraordinaria renacer, tomar el libro de la vida entre las manos. No hay asombro sin silencio, sin escucha ni sin atención amistosa, sin contemplación ni reverencia.
Y en ese camino de aprendizaje viene, compañero de viaje, el pedagogo Espíritu Santo para recordarnos y adentrarnos en el bien, la belleza, la verdad.
P. Joseba Kamiruaga
Mieza CMF
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