martes, 21 de enero de 2025

Algunos apuntes para seguir repensando nuestro futuro como Diócesis en Navarra.

Algunos apuntes para seguir repensando nuestro futuro como Diócesis en Navarra

Son los acontecimientos cotidianos de un tiempo siempre cambiante los que sacan a la superficie, de vez en cuando, la evidente crisis de fe que marca la experiencia de nuestras sociedades occidentales, junto con el sentimiento generalizado de indiferencia religiosa y de distanciamiento de la institución eclesiástica que ahora, en realidad desde hace ya unos años a esta parte, se respira entre nosotros. 

Sin embargo, como brasas bajo las cenizas, la fuerza del Evangelio también emerge, aunque lo haga a su estilo: en forma discreta de levadura y semilla. Y son indicios, estímulos y reflexiones que vienen a perturbar la respetabilidad de nuestra religiosidad inocua, a darnos un toque de atención. 

Uno se pregunta si la agenda de la vida eclesial -en Navarra y en otras partes de esta península- está aún a tiempo de acoger este anhelo de renovación y reforma que surge del corazón de la vida de la Iglesia, y que el Papa Francisco estimula y transporta con determinación. Pero mientras tanto, estamos aquí, y vale la pena detenerse en algunas cuestiones y algunas señales. 

Hay muchas cuestiones pero, para ofrecer una visión sintética, pueden agruparse en dos tesis básicas: el fin del cristianismo de la cristiandad y la real acogida del Concilio Vaticano II. 

El cristianismo ha terminado. Se puede analizar, y hacerlo con gran lucidez, la desconfianza hacia el pontificado de Francisco, la de la derecha neoconservadora, pero también la de sectores más progresistas. 

Ciertamente, el antiguo mundo cultural en el que la religión habitaba por derecho propio, modelando la conciencia personal y colectiva e influyendo en las instituciones y formas de vida social, ha decaído definitivamente. Si Friedrich Nietzsche fue un precursor de ello con el anuncio de "la muerte de Dios" en La gaya ciencia, tampoco han faltado reflexiones teológicas de considerable profundidad sobre el tema. 

La novedad de los últimos tiempos, sin embargo, quizá esté representada por la figura y el magisterio del Papa Francisco que, ya con Evangelii gaudium, inspira e invita a un cambio de paradigma: de un cristianismo de resistencia a un cristianismo de imaginación. En efecto, quienes asumen un mundo, una sociedad y un tejido familiar y social todavía cristiano, en realidad se resisten: piensan que, al fin y al cabo, la Iglesia y su pastoral sólo necesitan algunos retoques cosméticos y formales, sin cuestionar las estructuras y las formas de la creencia eclesial. 

El Papa Francisco tiene otro paradigma: una Iglesia y una pastoral audaces para una "nueva imaginación de lo posible". Así lo ha indicado desde el principio, hablando de conversión pastoral en clave misionera, pero parece que amplios sectores de la vida eclesial no se preocupan por acoger el novum de Evangelii gaudium y hacer de ella una hermenéutica para la renovación del pensar y del hacer pastorales. 

El Concilio Vaticano II aún no ha sido del todo asumido. Puede que tal declaración parezca genérica y superficial, o viciada por una visión polarizada e ideológica. A pesar de ello, el reto persiste. Evangelii gaudium nos provoca a medirnos con la nueva visión eclesiológica surgida en el Concilio Vaticano II: la superación del eurocentrismo y la "descentralización" institucional necesarias para la evangelización y la misión. 

Esto exige no sólo retoques, sino reformas estructurales. No basta con cambiar de ideas o de normas, sino que hay que rediseñar la forma relacional y promover un cambio en la institucionalización de las relaciones eclesiales. En otras palabras, no se puede subestimar el nivel de las estructuras sociales y relacionales de la Iglesia, así como las formas de gobierno y la gestión de tanto de los análisis, las reflexiones, los discernimientos,…, como de las tomas de las decisiones, de las implementaciones de las decisiones,…, por parte de la "autoridad competente" y del "poder jerárquico". 

Y sobre esto es inútil enredarnos. Tenemos el coraje profético de Francisco, muchas buenas intenciones,…, pero dos grandes lastres, el clericalismo y el machismo. Un reglamento "embudo" que, incluso en los asuntos de la vida eclesial y hasta en los de competencia laical, coloca en la cúspide de la pirámide sólo a quienes tienen el sacramento del orden. 

Y esto produce una reacción en cadena, aun cuando no sea directamente imputable a las intenciones de los individuos -y precisamente por eso exige una reforma estructural-, de dos cuestiones que siguen penalizando la vida de la Iglesia y la imagen que ofrece de sí misma a la sociedad actual: la no inclusión real y efectiva de los laicos y la de las mujeres. 

Algunas señales no faltan y son pequeñas luces en la noche del actual universo eclesial, útiles para imaginar sin miedo la Iglesia del futuro. 

Un indicio puede ser aquellas sugerencias y propuestas que dejan entrever un estilo y una forma de nuestras Iglesias diocesanas sobre las que pensar y diseñar nuestro futuro. El objetivo de fondo de no pocas sugerencias y propuestas contienen ya un elemento decisivo: repensar la presencia de la Iglesia en el territorio. Es necesario ser cada vez más conscientes de que nuestra sociedad ya no es "normalmente cristiana". Sin embargo, seguimos estructurados -empezando por nuestras parroquias- en el supuesto implícito de que todo el mundo es cristiano. 

Aplazar y dilatar sine die reflexiones y tomas de decisión tiene como resultado seguir anclados en un grave obstáculo a la evangelización y a la misión de la Iglesia, que yo describiría así: convencidos de que estamos en el mundo "cristiano" de antes, a diversos niveles invertimos recursos en actividades pastorales tradicionales que no parecen dar fruto, 'donde se trataría de atreverse a emprender nuevos caminos', invirtiendo en otra parte. 

Me atrevo, por ejemplo, a formular algunas preguntas en el sentido apenas apuntado. ¿Debemos simplemente seguir manteniendo todas las interminables estructuras de las que nos beneficiamos -locales, casas, iglesias,...- aunque en lugar de servir para vivir una auténtica vida cristiana y eclesial y ser instrumentos para la evangelización constituyan una carga no soportable? ¿Podemos seguir manteniendo todas las parroquias, imaginando que allí se realiza todo lo que se realizaba en el pasado, pidiendo un sacerdote que en lugar de ser párroco de una comunidad lo sea de varias, sin cambiar nada? ¿Cómo podemos imaginar, haciendo esto, que los sacerdotes puedan vivir una vida serena, puedan encontrar el tiempo para cultivar la oración y la lectura y ofrecer un servicio cualificado, puedan encontrar la serenidad adecuada para encontrarse con la gente...? ¿Y cómo se puede pensar que su vida puede ser atractiva para los jóvenes de hoy y de mañana? 

No sé si esos son algunos retos que haya que plantear concreta o expresamente. Entiendo que sería quizá oportuno, ¿urgente?, trabajar a distintos niveles para discernir la situación en las distintas áreas de nuestra Diócesis, para rastrear las potencialidades que existen y que tal vez no vemos, para hipotizar nuevos modos de ser Iglesia en el territorio, para plantear propuestas de "caminos experimentales"... Esto sólo es posible en corresponsabilidad eclesial. Mientras sigamos en el mencionado embudo -con el cura y los curas a la cabeza de todo, líderes solitarios de una caravana de ejecutores más pasivos que activos- muy poco se podrá experimentar. La multiplicación de las tareas de los sacerdotes, que no los frena sino que los expone, cuando todo parece ir bien, incluso a la dificultad, ¿imposibilidad?, de ser pastores como quisieran, obligados como están a correr de aquí para allá, descuidando muchas cosas o actuando de manera precipitada. Y digo ‘cuando todo parece ir bien’ porque se les puede acabar sometiendo a un grave riesgo de bornout. 

Se trata, en una palabra, de repensar la presencia eclesial en el territorio. Porque creo que va estando a la vista que el número de sacerdotes disminuye desde hace décadas y que su edad media es bastante elevada. Menos evidente para la mayoría, aunque no menos significativo, es el hecho de que el número de cristianos que experimentan una pertenencia real a la Iglesia es también mucho menor que en el pasado. En resumen, se trata de mirar lúcidamente la realidad y de ser cada vez más conscientes de que nuestra sociedad ya no es "normalmente cristiana". 

Y, sin embargo, seguimos estructurados -a partir de nuestras parroquias- sobre el supuesto implícito de que todo el mundo es cristiano; y funcionamos, a diversos niveles, sobre la base de la convicción implícita de que esto es así, con el grave riesgo de invertir tantos recursos en actividades pastorales que no parecen dar fruto, de no intentar invertir (¡a la inversa!) energías allí donde se trataría de atreverse por algún camino nuevo y, sobre todo, de perder el gusto por la vida cristiana y el seguimiento sereno y gozoso del Señor. 

Cada vez es más claro, por tanto, que urge también orar, pensar, dialogar y decidir sobre cómo rediseñar nuestro modo de existir, como Iglesia, en nuestra Diócesis, para seguir siendo aquí y ahora lo que debemos ser y ofrecer el Evangelio a las mujeres y hombres que encontramos y que lo desean. No hacerlo sería permanecer anclados, cuando no aplastados, por un pasado que nos impide cumplir nuestra misión en el presente y, por tanto, ser fieles a Cristo hoy y mañana. 

Seguramente se pueden añadir otros o más ejemplos pero del conjunto de ellos creo que lo más decisivo es indicar la decisión del momento y la gran oportunidad que el Señor nos ofrece. También porque asumir seriamente los "desafíos" es lanzarse a descubrir nuevas oportunidades, que no siempre logramos reconocer; y es una ocasión para volver a tomar conciencia de que urge que todos -Obispo, sacerdotes, diáconos, religiosos y religiosas, laicos y laicas- nos pongamos en estado de "formación permanente", donde formación no significa sólo la necesaria preparación teológica, sino un itinerario de oración y espiritualidad, una profunda participación en la vida litúrgica y sacramental, una experiencia comunitaria vivida. 

Para un trabajo como éste, y tan decisivo, será necesaria la contribución de todos: también porque nuestra Diócesis es verdaderamente vasta, compleja, diversa,…, y será indispensable, si no queremos ser ideológicos y aplicar a la realidad una idea prefabricada, discernir lo que se nos pide en las diversas situaciones. Una cosa será, por ejemplo, lo que se nos pida en Pamplona, y otra en las ciudades, en las zonas de montaña o de la ribera, de… 

Finalizo con algunas reflexiones de cara a pensar en algunas vías de trabajo en nuestra Iglesia de Navarra: 

1.- Una primera vía es, literalmente, evangélica. Que laicos, religiosos y sacerdotes, sin diferencias se sumerjan en el Evangelio. Lo digo con una insistencia muy particular y específica, incluso cuantitativa: leerlo, leerlo, leerlo, en una relación continua, personal, vivida, creída con todo el ser. Escuchar el Evangelio tal como es, sin glosas. Es de una profundidad infinita, inagotable e inagotable. Y nos moldea continuamente, nos sostiene, nos forma, nos crea, como cristianos ante todo. Es la búsqueda del rostro de Jesús, de su modo de sentir, de ver el mundo y de elegir. 

2.- Esto implica una segunda vía, a saber, la asunción de una opción interpretativa fundamental que relee el Evangelio, la tradición cristiana y la vida de la Iglesia en el sentido de la misericordia. Dos lógicas recorren toda la historia de la Iglesia: marginar y reintegrar. El camino de la Iglesia, desde el Concilio de Jerusalén en adelante, es siempre el de Jesús: el de la misericordia y la integración. Esto significa no quedarse mirando pasivamente el sufrimiento del mundo. 

Esta perspectiva es el eje principal sobre el que está llamada a moverse la comunidad cristiana. El camino de la Iglesia es el de no condenar eternamente a nadie; el de derramar la misericordia de Dios; el camino de la Iglesia es precisamente el de salir de su propio recinto para ir a buscar a los alejados, el de adoptar la lógica de Dios en su totalidad; el de seguir al Maestro que dijo: 'No son los sanos los que tienen necesidad del médico, sino los enfermos; no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores' (Lc 5, 31-32). 

3.- Una tercera vía implica proximidad, cercanía -no paternalismo- a la pobreza, a nuestra mendicidad fundamental y a la vida de los muchos que están exhaustos, derrotados y humillados. Para esperar comprender a Dios, que se sienta junto a los pobres (Sal 108,31), es necesario adoptar la misma actitud. Un día alguien dijo: a los pobres los tendréis siempre con vosotros; ciertamente no para resignarse a lo peor, sino para inventar, con atención y dedicación humanas, algo que os ayude a vivir, a respirar, a esperar; para que podáis miraros a la cara sin miedo, sin vergüenza, sin implicación amarga, sino con esa voluntad de bien que es, en definitiva, la expresión de la única esperanza resistente y convincente y valiente. 

4.- Una cuarta vía fundamental es el camino del corazón. Es un trabajo para tener un corazón que escucha (1 Re 3,9), es decir, la entrada, personal y colectiva, en un proceso de aprendizaje renovado de los caminos del espíritu en el alma humana, de la manera de reconocer los signos de Dios en medio de los acontecimientos complejos y extremadamente dolorosos de la vida de las personas. Un trabajo hecho de escucha, de capacidad de revisión, de voluntad de aprender de los propios errores, de coraje para no huir de las noches de la vida. Las intermitencias del corazón y los infinitos defectos humanos requieren una nueva sabiduría capaz de descifrar el bien entre los caminos rotos y los tímidos brotes de esperanza. 

5.- Parte de este trabajo interior es el cultivo de una antropología cristiana que "busque" caminos para dialogar con las múltiples antropologías y cuestiones humanas de nuestra época. Tal búsqueda de una sabiduría interior capaz de lecturas atentas de lo humano figura, en efecto, entre las tareas prioritarias de una reforma eclesial. En este marco, una quinta vía es decisiva: el fracaso educativo global señalado por el escándalo de los abusos ha socavado cualquier imagen de la Iglesia como societas perfecta y ha mostrado que existen problemas sistémicos que conducen a abusos de poder, de conciencia y físicos. 

Esto significa tener el valor de repensar dimensiones profundas de la vida de la Iglesia, entre ellas: las formas -manifiestas y subterráneas- de ejercer el poder, la omnipresencia de una forma rígida y monolítica de utilizar el derecho canónico, una cultura fundamentalmente patriarcal que justifica la exclusión de las mujeres de tener una voz autorizada en la Iglesia, una praxis litúrgica a menudo desvitalizada.           

Parte de este replanteamiento de las estructuras eclesiales es el urgente alejamiento de la representación clerical de la Iglesia y la consiguiente revisión de las formas concretas -de acceso y ejercicio- del ministerio ordenado, que requieren una mayor flexibilidad para un anuncio del Evangelio que sea capilar y huela a autenticidad y libertad. 

6.- Por último, una sexta vía se refiere a la dimensión contemplativa de la vida, que -si es auténtica- tiene muchas consecuencias concretas e históricas. Se trata de reconocer, valorizar y hacer crecer los signos del Reino de Dios, es decir, la presencia oculta del Evangelio en los pliegues de la vida y de la historia. Observando la vida de la Iglesia en nuestro tiempo se tiene a veces la impresión de que hay muchos recursos de personas y de pasión y sensibilidad que no hay que sofocar sino reconocer. A veces, por incapacidad de aceptar cambios profundos o por estar distraída en proyectos efímeros y mundanos, la Iglesia pierde vida, energía, personas, riqueza. 

Hace falta una nueva cultura de la escucha, de dar la palabra, de hacer espacio, que, en definitiva, es lo que hace que la comunidad eclesial se parezca al Mesías Jesús: de hecho, el retorno de Cristo marcará la culminación de todas las trayectorias humanas, al final de sus encuentros, intersecciones, controversias, reconciliaciones, aventuras que el Resucitado habrá acompañado con su Espíritu, tanto para favorecer su despliegue divino-humano, como para reparar, con inagotable paciencia, los traspiés, los excesos y tal vez incluso las timideces. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Felices vosotros - San Mateo 5, 1-12 -.

Felices vosotros - San Mateo 5, 1-12 -   El Cordero que lleva el pecado del mundo, que asume sobre sí el dolor del mundo, el Hijo de Dios qu...