Diversas narraciones de la misma y única Pascua de Navidad
Hace muchos años un teólogo, en un pasillo de una facultad de teología, reunido con un grupo de jóvenes estudiantes, decía aquello de que la resurrección de Cristo sería tal «aunque se encontrara su cuerpo».
Los jóvenes estudiantes de teología se quedaron atónitos y empezaron a hacer algunas preguntas esporádicas, no exentas de interés por parte de algunos, que otros convirtieron en abierto desafío a la ortodoxia; el profesor desvió el discurso diciendo que aquel no era el lugar para confundir sus ideas.
De hecho, sé a ciencia cierta que aquel conferenciante tenía en mente la diferencia entre «realismo histórico» y «fe escatológica» y que la resurrección es, como alguien dijo, la entrada de Jesús en la dimensión propia de Dios», y «no puede ser un acontecimiento empírico, captable por los sentidos.
Esto no significa que no sea real; si acaso, significa que es real en grado sumo, como Dios, que es tan real que no puede ser empírico.
El cristiano es el que cree que Cristo ha resucitado. Y, sin embargo, también se afirma la resurrección como un hecho histórico. La paradoja es total: la resurrección es un acontecimiento que sucedió en la historia, y sin embargo no se puede reconocer sino en la fe.
Parece claro que el problema no es sólo la «historicidad», sino la fe que «vive la historicidad». Y si esto es cierto para la «resurrección», también lo será para la «Navidad».
Del mismo modo, la cuestión de la «maternidad y virginidad» de María vuelve a plantearse estos días.
La virginidad corporal de María y su maternidad ocurrida 'non humano modo' se convierten en cuestiones teológicas que se discuten en los púlpitos, en las aulas de teología, a veces en la comida con los hermanos de comunidad e incluso en el bar...
Se citan las declaraciones de los «dogmas» del Concilio de Éfeso en 431 hasta las definiciones del Concilio de Constantinopla en 553... Y se siguen haciendo ineptas referencias de ida y vuelta que no tienen en cuenta mil factores, pero sobre todo que justifican la «violencia de las ideas» y de los «dogmas», olvidando el profundo misterio que envolvió la vida concreta de María de Nazaret.
Sin la capacidad de percibir esas experiencias, al igual que estamos divididos entre los creyentes que afirman que el cuerpo de Cristo resucitó casi en forma de resucitación y otros que afirman el significado de «palabra definitiva» de la presencia no mitológica del Resucitado sobre el destino de la humanidad, estamos divididos sobre la virginidad y maternidad de María.
Por un lado, los que afirman el poder y el control de Dios incluso por encima y más allá de la «procreación natural» y los que quieren señalar la posibilidad de una maternidad «humana» pero que condujo a una vida totalmente especial y única como la de Jesús, en el misterio profundo de las vidas vividas en la presencia real de Adonai («mi Señor», según la lengua hebrea).
También, en un intento de hacer más creíbles las diversas posturas, se encuentran aquí y allá afirmaciones 'sorpendentes'. Incluso Joseph Ratzinger, que también defiende el dogma de la virginidad de María, cree que la doctrina de la divinidad de Jesús no se vería afectada si hubiera nacido de un matrimonio humano normal.
Pero, ¿es realmente esencial ponerse de acuerdo sobre la narración más que sobre su significado real y sustancial para la fe? ¿No es más pertinente para el acto de fe ponerse de acuerdo en la caridad sobre la sustancia de las narraciones? ¿No es mejor relativizar las cuestiones secundarias para afirmar la importancia enteramente nueva e innovadora de esa vida y presencia decisivas que llamamos, entre los cristianos, Cristo Jesús? ¿No es esa precisamente la intención de la definición del dogma de la maternidad y virginidad de María?
Estos argumentos nos llevan a enfrentarnos hasta el punto de preparar una nueva «guerra de los cien años»... No hay más que leer las reflexiones en algunos comentarios… Verdaderamente desconcertante...
¿Por qué un dogma sólo debe interpretarse en un sentido «realista» y «exclusivista»? ¿Un 'dogma', es decir, una 'verdad de fe', una 'opinión (doxa) no discutible para los creyentes' implica una narrativa única e intolerante?
Las verdades de fe se cuentan por cada uno y para cada uno, según las sensibilidades, las experiencias y la fe, desde el «devoto» hasta el «pensador»... Las narraciones sirven para vivir la fe, no para idealizarla. Los dogmas son los fundamentos compartidos de la fe, no los resúmenes maximalistas de las experiencias.
La fe cristiana es para todos; sus relatos son diversos; su finalidad, única: la experiencia y la presencia de Dios en la vida. Sin embargo, es evidente que también deberíamos ser más capaces de narrar según una mentalidad simbólica y religiosa y no a través de las estrechas redes del cientificismo teológico y del racionalismo catequético.
Deberíamos volver a la sabiduría de los antiguos Padres que trataron de sentar las bases de la Iglesia y de los propios dogmas.
Un antiguo obispo y teólogo griego, Padre de la Iglesia, escribió: «Cuando, tras la fría estación invernal, amanece la luz de la suave primavera, la tierra germina y reverdece de hierbas, las ramas de los árboles se adornan con nuevos brotes, y el aire comienza a brillar con el esplendor de Helios. La multitud de pájaros se eleva en el éter, todos rebosantes de sus melismas. Pero, atención, para nosotros hay una primavera celestial, y es Cristo que nace como un sol del seno de la Virgen. Él ha puesto en fuga las frías nubes de tormenta del demonio, y ha despertado a la vida los corazones adormecidos de los hombres, disolviendo con sus rayos de sol la niebla de la ignorancia. Elevemos, pues, nuestro espíritu a la brillante y bendita magnificencia celestial de este esplendor» (San Juan Crisóstomo, In Christi Natalem, PG 61, 763).
Se podría debatir mucho sobre estas palabras.
Pero aquí basta con retomar el significado fundamental: para el cristianismo primitivo está claro que «la Navidad no es otra cosa que una Pascua celebrada por adelantado» (Hugo Rahner).
Que la alegría pascual de la próxima Navidad sea la única fuerza que una a los cristianos, aunque cada uno prefiera distintos relatos y narraciones de la única fe.
Que esta alegría compartida sea también un lugar de diálogo sereno y nunca de enfrentamientos. Los relatos unívocos ya han producido tanta violencia y tantas guerras también y sobre todo de los monoteísmos; y esto los cristianos no nos lo podemos permitir en absoluto: sería una blasfemia.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF



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