Una aproximación a la teología y práctica de la indulgencia según el Papa Francisco
El término “indulgencia” se asocia a menudo con el de abuso - basta recordar los siglos XV y XVI - en los que entra en uso el verbo "lucrar" (antes verbo latino), todavía conocido hoy y que significa "ganar dinero". Fue uno de los resortes que desencadenó la Reforma Protestante. Abuso que fue reconocido por Pablo VI en la Constitución Apostólica Indulgentiarum doctrina (1967): “Desgraciadamente, a veces los abusos se infiltraron en el uso de las indulgencias, tanto... por concesiones inapropiadas... como por "beneficios ilícitos" que llevan el nombre de indulgencia. Pero la Iglesia, condenando y corrigiendo tales abusos, "enseña y establece que debe conservarse el uso de las indulgencias porque son sumamente beneficiosas para el pueblo cristiano y aprobadas autorizadamente por los sagrados concilios...”.
La definición de «indulgencia», formulada por primera vez en el documento del Papa León X (decreto Cum postquam, 1518) se encuentra en la Regla 1 de Indulgentiarum doctrina: “La indulgencia es la remisión ante Dios de la pena temporal por los pecados, ya remitidos en cuanto a la culpa, que el fiel, debidamente dispuesto y bajo ciertas condiciones, adquiere por intervención de la Iglesia, la cual, como ministro de la redención, dispensa y aplica autorizadamente el tesoro de las satisfacciones de Cristo y de los santos”. Esta fórmula se reproduce fielmente en el Código de Derecho Canónico de 1983 (nn. 992-997) y en el Catecismo de la Iglesia Católica de 1992 (nn. 1471-1479).
El jubileo de 2025, “Peregrinos de la Esperanza”, que se inaugura el 24 de diciembre de 2024, reaviva la cuestión de la indulgencia. La Bula de convocatoria del Jubileo, Spes non confundit (https://www.vatican.va/content/francesco/es/bulls/documents/20240509_spes-non-confundit_bolla-giubileo2025.html) publicada por el Papa Francisco, vuelve a presentar la doctrina clásica, pero siempre con una nueva perspectiva. El Papa Francisco aborda el tema de la indulgencia en su relación con Dios como forma de misericordia: «La indulgencia, en efecto, permite descubrir cuán ilimitada es la misericordia de Dios. No sin razón en la antigüedad el término “misericordia” era intercambiable con el de “indulgencia”, precisamente porque pretende expresar la plenitud del perdón de Dios que no conoce límites». El Papa Francisco siempre ha tratado de subrayar el cuidado de Dios por el pecador de tal manera que como puede verse al continuar la lectura: «Durante el último Jubileo extraordinario instituí los Misioneros de la Misericordia, que siguen realizando una misión importante. Que durante el próximo Jubileo también ejerciten su ministerio, devolviendo la esperanza y perdonando cada vez que un pecador se dirige a ellos con corazón abierto y espíritu arrepentido. Que sigan siendo instrumentos de reconciliación y ayuden a mirar el futuro con la esperanza del corazón que proviene de la misericordia del Padre». Esto subraya el hecho de que la indulgencia debe percibirse como el acercamiento misericordioso de Dios a los pecadores.
Al asociar tan estrechamente la misericordia y la indulgencia divina, se impide que esta última sea autónoma; al contrario, se la reconecta con su fuente, es decir, el amor de Dios por la humanidad. Este cambio de énfasis es muy importante porque aleja expresiones como «ganar», «obtener», «ganar indulgencia». El Papa Francisco siempre ha preferido expresiones como «vivir la indulgencia», «experimentar» la misericordia de Dios y su indulgencia a través de la mediación de la Iglesia. En este nuevo «clima», y al evitar determinadas expresiones, y preferir otras, el Papa se aleja de un legalismo difícil de gestionar.
Si bien la indulgencia había sido definida como la "remisión de las penas temporales", es decir, la remisión de las consecuencias de los pecados cometidos que nos habrían hecho pasar algún tiempo en el purgatorio, la ausencia tanto de este horizonte con sus expresiones típicas de la definición clásica de indulgencia, el Papa Francisco utiliza otras fórmulas que significan lo mismo pero de otra manera: "el pecado deja huella", "consecuencias", "humanidad débil y a traída por el mal", "efectos residuales del pecado". Al mismo tiempo podemos ver que el término “remisión” es sustituido por “perdón”.
Casi queriendo liberar la doctrina de la indulgencia de su horizonte jurídico, Francisco afirma: “Esa experiencia colma de perdón no puede sino abrir el corazón y la mente a perdonar. Perdonar no cambia el pasado, no puede modificar lo que ya sucedió; y, sin embargo, el perdón puede permitir que cambie el futuro y se viva de una manera diferente, sin rencor, sin ira ni venganza. El futuro iluminado por el perdón hace posible que el pasado se lea con otros ojos, más serenos, aunque estén aún surcados por las lágrimas”.
La pena del pecado de la que se hablaba en teología -y como decía Karl Rahner- está presente en el hombre arrepentido y se manifiesta en el sufrimiento de la contradicción que permanece entre el esfuerzo interior por el bien y la persistencia del deseo y del comportamiento opuestos a él. La superación de esta pena sólo puede entenderse como un proceso de maduración personal a través del cual, paso a paso, cada energía del ser humano es integrada por la decisión de la persona libre.
La indulgencia se presenta así como aquello que permite un proceso de maduración. Las huellas dejadas por el pecado en la memoria, la imaginación y el cuerpo pueden seguir alimentando la tentación, la debilidad,... En este sentido, el cristiano es a la vez pecador y justo (simul peccator et justus), pero esta condición contradictoria no es definitiva porque la sanación progresa bajo el influjo de la gracia y sostenida por la compasión, misericordia, ternura del Padre.
Beneficiarse de la indulgencia paterna de Dios es, pues, particularmente revelador más allá de términos técnicos y clásicos como expiación, reparación, mérito,… La doctrina de la indulgencia desarrolló en su época un sistema de solidaridad, es decir, la transferencia de los méritos de Cristo y de los santos a los penitentes con el fin de aligerar su expiación personal. Es una práctica antigua que se encuentra también en la doctrina Indulgentiarum de Pablo VI: “Y como los sufrimientos que padecían los mártires por la fe y por la ley de Dios eran considerados de gran valor, los penitentes solían recurrir a los mártires a dejarse ayudar por sus méritos, para obtener de los obispos una reconciliación más rápida”. El Papa Francisco prefiere concentrar la mejor doctrina cristiana en la expresión del mismo Pablo VI: “Cristo… es «nuestra ‘indulgencia’ ”. El "tesoro de la Iglesia" no es otro sino Cristo.
La expresión clásica de "tesoro de la Iglesia" no aparece a la hora de hablar de la indulgencia. Lamentablemente, este concepto se entendió como un depósito bancario, vinculado a la idea más bien comercial de un intercambio de méritos. Tal visión, si no recuerda firmemente la centralidad del acto redentor de Cristo del que proviene todo mérito, corre el riesgo de sugerir que la fuente de la salvación son los méritos de los justos. Pablo VI, en su tiempo, había intentado corregir una distorsión similar recordando la única mediación de Cristo: “el "tesoro de la Iglesia"”. Y ésta es la expresión que recuerda expresamente el Papa Francisco en su Bula de Convocatoria de este Jubileo.
Al no decir que el pecador deba expiar o satisfacer sino subrayar el perdón como liberación para crecer en la fe, en la esperanza, en el amor, el Papa Francisco nos invita no tanto a mirar al pasado para reparar lo que ha sido destruido por el pecado, sino que nos dirige a mirar hacia adelante para cambiar el futuro y vivir de una manera diferente. Ya no se trata de una compensación o de una especie de compensación, sino de una invitación a entrar en un dinamismo vital de conversión, de vida nueva, sin rencor, sin ira ni venganza. Porque solamente un futuro iluminado por el perdón hace posible que el pasado se lea con otros ojos, más serenos, aunque estén aún surcados por las lágrimas. La indulgencia debe entenderse como una ayuda para vivir mejor, para actuar en el amor, para crecer, más que como un medio para liberarse de un castigo. De este modo la indulgencia no nos hace mirar hacia atrás, sino que nos empuja hacia nuestra realización. Es una forma de percibir la indulgencia más medicinal que legal.
La gracia de la indulgencia responde a la necesidad de purificación, de curación, de restauración, de reunificación en relación con el pecado que está en nosotros y en los demás. Y esto subraya con razón la necesaria purificación de las huellas del pecado en la memoria y en el cuerpo, en la medida en que obstaculizan la libertad personal. Además, si la indulgencia produce tal efecto, no es sólo para devolver al penitente al estado anterior al pecado, sino mucho más para situarlo en una dinámica de vida nueva. La sanación espiritual, lejos de ser un fin en sí misma, permite retomar el camino; la indulgencia es una ayuda para seguir caminando, como peregrino, avanzando y progresando en la vida personal de fe.
La ausencia casi prácticamente total de aquellas expresiones relacionadas con la doctrina clásica parece sorprendente porque esta doctrina ya había sido reformulada recientemente y, desde el documento de Pablo VI de 1967, por el Código de Derecho Canónico de 1983 y el Catecismo de la Iglesia Católica de 1992. Pero el Papa Francisco, en línea con su anterior Misericordiae vultus (2015), sigue haciendo más hincapié en un enfoque espiritual que presta más atención al hombre, un enfoque libre de toda pesadez jurídica y contable. Estos énfasis nos invitan a repensar teológicamente la doctrina de la indulgencia a partir de la misericordia y la indulgencia del Padre.
De este modo, el Papa Francisco ha continuado cambiando el vocabulario para hacer más comprensible la antigua doctrina de una indulgencia que permite descubrir cuán ilimitada es la misericordia de Dios: la “indulgencia” pretende expresar la plenitud del perdón de Dios que no conoce límites.
P. Joseba Kamiruaga Mieza
CMF
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