El Jubileo de la Esperanza como propuesta alternativa
Pienso que muchos de nosotros nos preguntamos estos días: "¿qué nos depara el nuevo año?" Una pregunta que surge de la observación de que la vida en nuestro planeta parece cada vez más amenazada, entre pandemias, guerras, amenazas nucleares, desastres climáticos, crisis económicas, … Ante esto, es normal preguntarnos: "¿Podría haber soluciones positivas a esta situación global tan alarmante?"
Por lo tanto, los deberes que tenemos hacia quienes nos suceden nos obligan a reflexionar sobre los peligros de un mundo cambiante que al mismo tiempo nos insta a afrontar nuevos desafíos buscando alternativas constructivas. Las cosas suceden tan rápido y se acumulan, nos rodean y cambian continuamente el conjunto de lo que nos rodea, que nos resulta imposible hacer predicciones. No se trata de una crisis de pensamiento sino de su incapacidad para concentrarse, dada la masa de información que nos llega y que nos sumerge en una especie de sonambulismo.
Estoy convencido de que necesitamos una brújula que nos oriente en el mar en el que nos vemos obligados a navegar. Una brújula que nos ayude a comprender la historia que estamos viviendo, ante la marea del avance del nuevo conservadurismo rampante en Europa que ante los nuevos retos económicos tranquiliza y al decir que pretende conservar deja que se derriben nuestras certezas y garantías sociales. Estamos ante un conservadurismo que ignora y niega la degradación medioambiental de nuestro planeta y los problemas humanos de la inmigración. El propio progresismo atraviesa un momento difícil que le incapacita para interpretar y traducir en un diseño político el malestar que experimenta la gente corriente, la que necesita un trabajo decente y justamente remunerado para vivir con dignidad.
Día tras día, nos damos cuenta de que no sólo estamos viviendo un periodo de crisis generalizada que afecta a todas las propuestas de reforma, sino que es la propia idea de democracia la que parece estar cayendo en la espiral del burocratismo, desbordada por la toma del poder por parte de los superricos y las sociedades dominadas por el deseo de tener siempre más dinero. Un deseo tan amplio y profundo que niega la utilidad misma del dinero como instrumento de intercambio de bienes. En este clima, no nos sorprende que el humanismo se vea desbordado por el odio, la violencia y las guerras, que se niegue la realidad de un planeta devastado por la omnipotencia del beneficio, que se ignore la posibilidad de epidemias.
Al hacer esta lista, no me uno al ejército de catastrofistas para los que todo va mal, sino que a diario intento ver lo bueno que surge a nuestro alrededor, sólo quiero intentar dejar clara la necesidad de un despertar de las conciencias y que nos comprometamos a cuestionar a las clases dirigentes, a menudo poco preparadas y cada vez más incultas, a captar la emergencia de la cuestión ecológica como central para el futuro y a conseguir que el trabajo sea considerado el factor social más significativo para la dignidad de las personas. Ésta, con todos sus problemas y retos, debemos esforzarnos por convertirla en una época de esperanza.
Sabemos que es precisamente durante las grandes crisis culturales cuando las fuerzas y los pensamientos regresivos se vuelven más poderosos. Ya no podemos aceptar pasivamente las nuevas estrategias del poder, que hoy, en comparación con el pasado, se sirve de posibilidades de control electrónico y tecnológico sin precedentes y aún más peligrosas. Tampoco podemos descuidar, por otra parte, los peligros del trans-humanismo y de la inteligencia artificial, que, si llegara a gobernar cualquier aspecto de nuestras vidas en el futuro, acabaría por dominarnos.
Deberíamos asistir entonces a una metamorfosis antropológica en la que lo humano se convertiría simultáneamente en metahumano, sobrehumano y posthumano: con las nuevas posibilidades de intervención biológica (células madre, modificaciones del ADN y de los telómeros, órganos artificiales, etc.) esta visión transhumana propone el diseño de una prolongación de la vida humana sin envejecimiento. Pero esto no es más que una mitología de las élites ricas.
La finalidad de la vida no puede ser aumentar el poder de lo humano (lo que ya está provocando la degradación ecológica y nuestra perdición), sino fortalecer las relaciones humanas. Contra el sueño de dominación, se trata de dominar la dominación para dejar sitio y hacer surgir un nuevo pensamiento hecho de conocimientos científicos y filosóficos, religiosos, que puedan promover el valor y la esperanza.
En la tarde-noche del 24 de diciembre el Papa Francisco abrió la Puerta Santa de la Basílica de San Pedro iniciando así este Jubileo de la Esperanza. Otras Puertas Santas se han abierto y se están abriendo. Es una provocación para los cristianos y para el mundo. Es una buena noticia.
Los últimos pontífices han intentado devolver al Jubileo su sentido porque conocían la trágica situación del mundo. Y pienso que hoy son necesarias las palabras del Evangelio, las Bienaventuranzas, el Buen Samaritano,…, que hoy están silenciadas por la forma en que se han afrontado las últimas guerras, por los naufragios que se han dejado ahogar. ¿Valen estas palabras hoy? ¿Podrán atraer a la gente? ¿Podemos volver a proponerlas incluso sin esperar que los resultados respondan a nuestras expectativas sociales, políticas y culturales?
Hay afirmaciones del Evangelio que tienen implicaciones concretas para la organización de la vida en sociedad y que se oponen frontalmente a la lógica económica y política del liberalismo occidental. Se trata, en efecto, de entender el Evangelio como una lectura de las preguntas que interpelan a nuestra humanidad y de hacer que éstas no se agoten, sino que estén constantemente presentes. Son preguntas que plantean la necesidad de una transformación social vinculada a una transformación interior y a una verdadera revolución.
El término revolución está asociado en la historia a explosiones de violencia asesina… En cambio, la que debemos desear y practicar debe ser distinta de cualquier connivencia con la violencia porque sabemos que la violencia es contagiosa, que se desarrolla en torbellinos mortíferos. La verdadera transformación sólo es radical si pasa por la no violencia. La fidelidad en la catástrofe es la opción obvia porque rechaza, niega y repudia la desesperación, la apatía y el activismo violento. Contra todo nihilismo debemos dedicarnos a la realización de la justicia, la solidaridad y la fraternidad y tener fe en el futuro incluso cuando está bloqueado.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
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