domingo, 12 de enero de 2025

Hijos en el Hijo.

Hijos en el Hijo

Uno de los pocos acontecimientos narrados por todos los evangelios, el bautismo de Jesús, es relatado por Lucas de una manera única y singular. No nos muestra el acontecimiento en sí, nos informa de que tuvo lugar y se detiene en lo que sucede después, cuando Jesús está reunido en oración. La mayoría de los biblistas relacionan esta singularidad con la del pasaje en el que Lucas nos cuenta, el único que lo hace, el hallazgo de Jesús en el templo. 

Es como si quisiera mostrarnos las etapas de la toma de conciencia de Jesús de su identidad, de su condición de hijo de Dios. Como todos los hombres, Jesús fue tomando conciencia de lo que era. Y Lucas, después de mostrarnos primero una etapa, en el pasaje del bautismo parece mostrarnos el momento en que este proceso de desarrollo llega a su fin. 

Pero para llegar ahí, Lucas establece un contexto muy preciso, que nos permite un significado muy especial de este pasaje del bautismo de Jesús. Nos dice, a diferencia de los demás evangelistas, que Jesús fue bautizado junto con «todo el pueblo». Cosa extraña, como para subrayar cómo en este «gesto» se unen todos los israelitas y Jesús mismo, que casi los representa. 

Esto nos recuerda, pues, que también nosotros estamos «representados» por Jesús, tanto más cuanto que estamos «injertados» (Rom 11,17) en Cristo. Por tanto, lo que Lucas dice de Jesús y de lo que le sucede a Él se aplica también a nosotros. En este pasaje del bautismo de Jesús en el Jordán, también nosotros estamos llamados a completar nuestros dolores de parto para tomar conciencia de quiénes somos y de nuestra misión. 

Pero incluso antes de eso, Lucas nos señala que esa misma gente tenía una expectativa casi espasmódica del Mesías. Tanto es así que «en sus corazones hablaban dentro de sí» si se trataba de Juan. Un eco muy claro del grito de salvación al que, sobre todo la tercera parte del libro de Isaías, había sabido dar voz: «¿Dónde está, Señor, el temblor de tu ternura y de tu misericordia? No te obligues a la insensibilidad (...) Vuelve por amor de tus siervos, por amor de las tribus, tu heredad (...) ¡Si rasgaras los cielos y bajaras!» (63, 15.17.19). 

En este clima de desgarrador anhelo de salvación, Jesús está «orando». Lucas utiliza un verbo muy preciso que debería traducirse por “bien quisiera pedir a Dios...”, lo que indica literalmente una voz alta y desgarrada con que se expresa el orante. Una oración, pues, no de alabanza ni de acción de gracias, sino de súplica, apremiante y fuerte. 

Jesús, por tanto, parece realmente asumir aquel grito del pueblo, formulado por Isaías, y lo presenta a Dios como un grito agónico: ¡No podemos más, Señor, responde por tanto! 

Yo creo que, en el corazón de muchos, creyentes y no creyentes, se vislumbra cada día más ese mismo grito. Nos sentimos inundados y abrumados por la violencia y la arrogancia, que también se han despejado social y culturalmente. Nos sentimos atemorizados por la posibilidad de guerras globales, y muchos parecen desearlas en lugar de temerlas. Nos sentimos desconcertados e impotentes ante la lucha de las religiones (incluido el cristianismo), las filosofías, las artes y las ciencias, por ofrecer direcciones de luz. Y sentimos realmente el mismo grito que surge del fondo de nuestras almas: ¡no más, Señor, respóndenos! 

«Rasgó (desgarró) el cielo». La primera señal de la respuesta de Dios es exactamente lo que pedía el grito de Isaías. En Jesús, los cielos se han rasgado. El «velo del templo» se ha rasgado (Lc 23,45) y ahora el acceso a Dios es posible. También en nosotros, pues, se ha abierto el cielo y dentro de nosotros podemos encontrar el acceso a Dios y a su amor: «el Reino de Dios está dentro de vosotros» (Lc 17,21). 

De nosotros depende tomar conciencia de ello y darnos permiso para empezar por nosotros mismos y por las relaciones más queridas que tenemos, para hacer realidad esa salvación tan reclamada. Empezando quizás por cruzar esa «abertura», simbolizada por la puerta del Jubileo de la Esperanza. 

Se cuenta esta anécdota de Santa Teresa de Calcuta. Un periodista le preguntó un día: «Pero realmente... esta Iglesia va tan mal, ¿no cree usted también? ¿Qué podemos hacer para mejorarla?». Y Santa Teresa: '¡Ah, mira, muy sencillo: empecemos por ti y por mí! Vete a casa y empieza a querer a tu familia'. 

«El Espíritu Santo descendió sobre él, en forma de cuerpo, como una paloma». El segundo signo de la respuesta de Dios es, de nuevo, lo que afirmaba Isaías: si descendiera... ¡y desciende! Pero viene con dos caracteres muy específicos. Primero, la paloma, que recuerda simbólicamente las formas del amor de Dios a los hombres: hacer la paz con la humanidad (Gn 8,11) y crear con los hombres un amor íntimo y total (Ct 2,14) sin doblez (Mt 10,16). Y luego, el cuerpo, en su concreción, que es «templo del Espíritu Santo» (1 Co 6,19) cuya ofrenda es el «culto espiritual» (Rm 12,1) del creyente. 

Se nos pide, por tanto, que tomemos conciencia del amor íntimo, confiado y pacificador que Dios nos tiene sin peros. Y que este amor resuena en primer lugar en nuestro cuerpo, primera palabra de Dios que se nos ha dado. 

Sinceramente es hora de reconocer el valor a nuestra corporeidad, como lugar donde vive la fe, lugar donde aprendemos cómo Dios nos habla y cómo tendemos a responder. No es casualidad que las formas espirituales que hoy tienen «atractivo» estén todas relacionadas con la experiencia de lo trascendente sólo cuando se percibe en las reverberaciones, emocionales, sensoriales, corporales, operativas, de nuestros cuerpos. Y esto ya lo sabía la Biblia, ¡mucho antes que estas formas actuales! 

«Tú eres mi hijo, el amado, en ti me alegro». El tercer signo de la respuesta de Dios es aún más evidente. Aquí, la voz no se dirige al pueblo (como en Mateo), sino a Jesús mismo, y es la confirmación de lo que Cristo ha logrado en su camino de autoconciencia: ser el amado, en quien el padre deposita su felicidad y en quien confía plenamente. Por tanto, es verdad que Dios sí confía en nosotros, y en nosotros deposita su confianza hasta el fondo, mucho más allá de lo que confiamos en nosotros mismos. «¡Mirad qué amor nos ha dado el Padre, para que seamos llamados hijos de Dios! Y verdaderamente lo somos». (1 Jn 3,1). 

Qué difícil es reconocer nuestra identidad, alcanzar la plena conciencia de nosotros mismos. Nos limitamos, porque no nos atrevemos a creer en la altura del amor que Dios nos tiene. ¡Demasiado bueno para ser verdad! Sin embargo, Dios no se cansa de acompañarnos pacientemente, dándonos el tiempo, el sufrimiento, el amor, las crisis, los regalos, las sorpresas, las relaciones que necesitamos para convencernos de quiénes somos… hijos en el Hijo. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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