martes, 7 de enero de 2025

La dulzura en la Iglesia.

La dulzura en la Iglesia 

«Comprender el presente, entenderlo, para comprender el futuro; en camino, no parados -¡los muertos están parados! -, en camino con la Iglesia». Esta es la exhortación que el Papa Francisco dirigió en su audiencia a la Unión de Santa Catalina de Siena de las Misioneras de la Enseñanza hace unos días.

«A veces en mi vida he encontrado algunas monjas que tenían cara de vinagre -dijo el Papa-, y esto no es afable, esto no es algo que ayude a atraer a la gente. El vinagre es feo y las monjas con cara de vinagre, ¡no hablemos de eso!». 

El Papa Francisco nos obsequia a menudo con expresiones un tanto curiosas. Recuerdo que una vez confesó que dormía «como un tronco». En otra ocasión dijo que 'Jesús se convirtió en una serpiente'... Es bien sabido que muchas de sus declaraciones son polémicas tanto por las palabras que utiliza como por el mensaje que transmite. Ahora viene la recomendación hecha a las monjas de no tener 'cara de vinagre'. Habría que estar familiarizado con el español nativo del Papa Francisco y quizás se encontraría que algunos dichos que dicen bien en español, fallan un poco en la traducción literal al italiano. 

De hecho, no todos en todas las latitudes estarán familiarizados con la imagen de la cara de vinagre. Y uno tiene que hacer el esfuerzo de entender discretamente bien lo que significa. El sabor agrio del vinagre nos hace comprender que el Papa Francisco recomienda, precisamente, evitar la dureza y la aspereza en las relaciones con los demás. Interesante, por cierto, que lo agrio del vinagre se refiera al rostro, y que apunta, ciertamente también, al habla, pero no menos a la mirada y a todas esas imperceptibles reacciones físicas que se concentran en el rostro y delatan nuestro estado de ánimo. 

El Papa Francisco se dirige a las mujeres y a las monjas. Es probable que piense que en una mujer y en una monja el vinagre del rostro se hace aún más duro porque contrasta con la expectativa de dulzura y afabilidad que, en el sentir tradicional, se espera especialmente de la figura femenina. No sé hasta qué punto esto sigue siendo cierto. Creo que es cierto que muchos siguen pensando así. 

Lo cual plantea grandes problemas. Las figuras clásicas del mundo eclesiástico son principalmente el obispo, el sacerdote y los religiosos, figuras masculinas. Ellos «mandan» y «hacen». En consecuencia, no se asocian directamente con la afabilidad y la dulzura. Afabilidad y dulzura que, por otra parte, son recomendadas, por el Papa y no sólo por él, a las figuras femeninas de las monjas. Que haya curas afables y monjas con cara de vinagre es posible. Pero no son la regla. 

Así que la pregunta se vuelve intrigante: ¿dónde habita la dulzura en la Iglesia? Si es cierto que la dulzura es principalmente una característica femenina, significa que la dulzura habita sobre todo en las periferias de la Iglesia, no en el corazón. Es decir, en la Iglesia hay más preocupación por hacer mucho que por hacer bien, más por las muchas cosas que hay que realizar que por el estilo en realizarlas. 

Quizá por estas razones se habla tanto del papel de la mujer -y, por tanto, de la religiosa- en la Iglesia. Es como obedecer a una especie de anhelo oculto de una Iglesia más acogedora, más confortable, más dulce. 

Jesús visitaba a menudo y con gusto a sus amigos de Betania. Allí estaba Lázaro, a quien había llamado para que saliera de la tumba. Pero de Lázaro no se dice ni lo que hizo ni lo que dijo. De sus dos hermanas, en cambio, se sabe que una, Marta, era buena en las tareas domésticas y que a la otra, María, le encantaba escuchar a Jesús. El calor, la dulzura familiar de Betania eran femeninos. Y Jesús se encontraba a gusto allí. 

Una hermosa provocación para la Iglesia de hoy. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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