La Navidad desde el punto de vista de San José
Lo confieso. Mi primer nombre es “José”. Y tengo a este Santo una querencia muy particular. Me pusieron su nombre. Es mi santo patrono.
Siempre tengo miedo de no encontrar ya a José entre las figuras del Belén. Temo que se haya ido quién sabe dónde, harto de estar en el escaparate aunque sólo sea una vez al año. De hecho, la especialidad de José es esconderse, desaparecer, pasar desapercibido.
Y a veces tengo la impresión de que lo consigue incluso como figurita. Incluso había desaparecido del canon de la Misa, o más bien nunca había estado allí, y nadie percibió la enormidad de ese olvido.
Fue necesaria la ingenua valentía del Papa San Juan XXIII, al comienzo del Concilio (13 de noviembre de 1962), para incluir finalmente su nombre.
Precisamente por su extraordinaria capacidad de no dejarse ver, de no estar en el candelero, de no aparecer nunca en primer plano, los artistas lo han maltratado a menudo retratándolo como un anciano barbudo (barba blanca, por supuesto), incluso decaído, con las carnes flácidas, y en tal caso surge la duda impertinente de si es realmente él quien protege a su esposa y a su Niño, o si no es más bien este anciano, que se sostiene penosamente con un bastón, quien necesita cuidados y apoyo. Un niño listo lo confundiría fácilmente con el abuelo del Niño Jesús.
Pero José lleva ya dos milenios acostumbrado a aguantar esto y más, y San Pablo VI diría: “San José es el modelo del último de aquellos a quienes el cristianismo eleva a grandes alturas”.
San José es el modelo último de que el cristianismo suscita grandes destinos.... es la prueba de que para ser buenos y auténticos seguidores de Cristo no hacen falta 'grandes cosas', sino verdaderas y auténticas. Sólo hay que decir que hoy, por desgracia, las 'virtudes comunes' son muy poco comunes.
San José, en todo caso, se revela como un hombre capaz de ser 'más hombre' sin necesidad de realizar hazañas extraordinarias.
Sin embargo, su lugar en el pesebre está en la penumbra. Ningún foco le ilumina, por el amor de Dios. Yo diría que sólo en la sombra está la figura de San José.
Me atrevo a insinuar el significado de la presencia de San José en el pesebre. Destaco algunos elementos.
En primer lugar, es una criatura de ocultación. Realiza una tarea preciosa, insustituible, pero sin pretender aparecer, sin brillar con luz propia, ganando admiración, ganando reconocimiento. Su acción es discreta. El ejercicio mismo de su autoría paterna es de discreción, de reserva.
Hoy, la sociedad del espectáculo, con su afán generalizado de aparecer, el prurito de las apariciones públicas, afecta también a amplios sectores de la Iglesia e influye en no pocas personas del mundo eclesial, a todos los niveles.
Hay personas que, antes de hacer, se preocupan por dar a conocer. Las seducciones de una cámara e televisión, de un micrófono o, simplemente, del cuaderno de un periodista son irresistibles.
Un tam-tam publicitario intrusivo acompaña desmesuradamente a lo que de forma un tanto abusiva se denomina “buenas obras” (realmente serían buenas obras si se practicaran en secreto, como advierte Jesús en Mt 6,1-18; por otra parte, antaño se solía decir que “el ruido no hace bien y el bien no hace ruido”).
Me parece que el sentido común de la "decencia" está desapareciendo en cierta caridad exhibida, alardeada, publicitada, instrumentalizada. Jesús recomienda: «cuando deis limosna, no hagáis sonar la trompeta antes de....» .(Mt 6,2).
Hoy se tiene la impresión de que a la infame trompeta, condenada y silenciada por el Evangelio, se la ha vuelto a llamar al servicio, se la ha pulido, revalorizado y, por considerarla insuficiente, se le han puesto refuerzos de tambores, platillos, trombones, pífanos, trompas, bombos, altavoces y similares. Y sobre todo violines. Con el resultado de producir un concierto ensordecedor y decididamente desagradable.
Seguro que San José huiría despavorido.
En lugar de una caridad «secreta», oculta, tímida, modesta, humilde, tenemos una caridad espectacular, ruidosa, fatua, publicitada más allá de los límites de la decencia, o al menos del buen gusto. Lo mismo ocurre en otros ámbitos.
Asistimos, por ejemplo, a penosos espectáculos de divinidad, a fenómenos de protagonismo desmesurado. El equivalente de la exposición del Santísimo Sacramento en la Iglesia para ciertos individuos se ha convertido en la exhibición habitual de sí mismos en estudios de televisión, salas de conferencias e incluso estadios. Qué tristes son ciertos personajes, quizá vestidos con hábito, que hacen de divos solistas…
Con el pretexto de dar «buenas noticias», de dar a conocer lo bueno y no sólo lo malo que hay en el mundo, hay individuos que, en cuanto deciden hacer algo, lo primero que hacen es crear un gabinete de prensa encargado de transmitir la información a todos los medios de comunicación de su entorno. Más que «buenas noticias» dan noticias de ellos mismos…
También me pregunto si alguien en la Iglesia tendrá el valor de esconderse -al menos un poco- en compañía de San José...
En un famoso discurso, Bossuet dijo: “Los apóstoles son como lámparas, para mostrar a Jesucristo al mundo: José es el velo para cubrirlo, y bajo ese velo se esconde la virginidad de María y la grandeza del Salvador de las almas”.
Yo diría que bajo ese velo se oculta también la grandeza de San José.
José hizo lo que el ángel del Señor le había ordenado... (Mt 1,24) El ángel no dio a José una explicación completa. Sin embargo, él obedece. Acepta una realidad misteriosa (y atormentadora) en su vida, no descarta el misterio.
Nos gustaría verlo todo claro, tener la explicación de todo, obtener una solución convincente a cualquier problema. Exigimos elegir, tomar decisiones sólo después de eliminar las más mínimas dudas. Razonamos, discutimos, aclaramos y luego hacemos (y tal vez no hacemos, nos contentamos con decir…).
Justo lo contrario que San José. Al fin y al cabo, San José repite la actitud de los judíos a la hora de aceptar o no las exigencias de la ley: «Lo que el Señor ha mandado, lo haremos y lo entenderemos» (Ex 24,7).
Según la pedagogía bíblica, primero hay que hacer y luego comprender. Nosotros, por el contrario, pretendemos comprender y luego, si acaso, hacer. San José, como los judíos piadosos, primero hace y sólo después comprende. Tampoco es seguro que entendiera siempre… porque no entendían sus palabras, señala el Evangelio de Lucas con ocasión de encontrar a Jesús de doce años en el Templo.
¿Qué trabajo hacía San José exactamente? Difícil, casi imposible de determinar con precisión. Artesano, carpintero, herrero, un poco de todo… En un entorno de gente pobre, hacían falta estos expertos «apañados manitas», capaces de reparar, ajustar, arreglar, remendar, recomponer cualquier cosa.
Hoy, sin embargo, sobre todo con la llegada de la electrónica, ya no se arregla nada. Cuando algo deja de funcionar, se tira. Es más fácil -e incluso más barato- comprar un electrodoméstico nuevo que reparar el que se ha atascado.
¡Y si al menos aprendiéramos el arte de San José! Tras los inevitables accidentes, los encontronazos, cuando algo se rompe o se atasca, tener la paciencia y la delicadeza de reparar las averías, intentar remendarlas, ver qué falla, remendarlo, recomponerlo, resistiendo a la tentación de «echar a la gente», descartarla, ignorarla, declarando que ya no hay nada que hacer...
Sobre todo, deberíamos, mientras montamos nuestro Belén, molestar a San José para que arregle todo lo que no funciona. No tanto en el belén… Sino en nuestra vida de creyentes... o de presuntos creyentes...
Dios mío, ¡qué de remordimientos me lanza el manso y tímido San José cuando lo coloco en el lugar que le corresponde en la cueva de Belén! Aparentemente tranquilizador, bondadoso, comprensivo, en realidad resulta ser un personaje más incómodo que cualquier otro. No puedo esperar que me salga barato... Me veo obligado a hacer un ajuste de cuentas bastante exigente, e infructuoso para mí.
¿Se refería Jesús a él cuando hablaba de
criados inútiles? «.... Cuando hayáis
hecho todo lo que se os ha ordenado, decid: Somos siervos inútiles. Hemos hecho
todo lo que teníamos que hacer» (Lc 17,10).
Yo, en cambio, me considero muy útil, incluso indispensable, insustituible.
Necesito hacerme valorar, apreciar, tener en cuenta. Apenas puedo resistir la
tentación de mostrarme. Siento una inclinación irresistible a «ser tenido en cuenta y a contar». Temo no aprender nunca el
difícil arte de desaparecer. Señor, hazme descubrir la alegría de trabajar en
la oscuridad, sin público. Sométeme al arte y al ejercicio frecuente y complejo
de la ocultación. Concédeme el certificado de «insignificancia y minoridad».
Reconozco que necesito renunciar al orgullo, a la arrogancia, a la vanidad, a la altanería, a la presunción, a la ambición. Querido Jesús, si quieres utilizarme para hacer algún bien, permíteme cumplir con mi deber, humildemente, a conciencia, con docilidad a tu palabra y pasión, hasta el final. Pero luego déjame tener siempre la sagacidad de apartarme, sin esperar los aplausos, y si me quedo en el escenario, que Tú me apartes con discreción. Amén.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF





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